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Archive for 28 octubre 2009


En ninguna otra época de la historia de la Iglesia se habló tanto acerca de la reforma y se hizo tan poco como en el siglo XV. Los abusos eran tan notorios como lo eran la necesidad e intención de corregirlos. La causa más evidente del fracaso de todos los esfuerzos bienintencionados fue la debilidad y falta de resolución del poder ejecutivo. El movimiento conciliar fue incapaz de coordinar el deseo universal de reforma, mientras el papado del Renacimiento, empantanado en la práctica de esquemas dinásticos y en el poder político italiano, no era capaz de reformarse a sí mismo y mucho menos podía iniciar una renovación significativa más allá de los Alpes. Pero aun una Curia regenerada y un papa enérgico y generoso hubieran sido impotentes contra el naciente nacionalismo que dividió a Europa en estados mutuamente hostiles, con una conciencia de sí mismos en constante crecimiento, cada uno con una fuerte monarquía, y todos tratando de reducir al mínimo la influencia papal sobre los problemas internos. Tanto el galicanismo en Francia, como la España recién unificada o la monarquía Tudor en Inglaterra, se esforzaron por lograr la sumisión del clero.

Sin embargo, el horizonte no era desesperadamente oscuro. Los representantes del Humanismo cristiano, que fueron muchos y brillantes, dieron una prueba convincente de que la nueva erudición no era de ninguna forma incompatible con la fe y la piedad tradicional y el éxito impresionante de las reformas locales o regionales dan testimonio del entusiasmo religioso de miles de almas piadosas. A más de nuevas órdenes como los jesuatos (1360) y los jerónimos (1373), los franciscanos «observantes» llegaron a tener tanto éxito como los mínimos, Orden más austera, fundada en Calabria por san Francisco de Paula alrededor de 1457. Los benedictinos, diezmados por la commenda, encontraron una salida rechazando los títulos abaciales y organizándose dentro de congregaciones bajo una centralización firme y una disciplina estricta. El abad Ludovico Barbo († 1443) de Santa Giustina, en Padua, inició esta política destinada a tener éxito. El movimiento se difundió por toda Italia y después que se le uniera Monte Cassino en 1504, fue conocido como la Congregación casinense. El mismo movimiento inspiró a los benedictinos austríacos de Melk, quienes propagaron en forma efectiva una organización semejante por toda Baviera y Suabia. En España, la Congregación benedictina de Valladolid (1492) triunfó contra la commenda con las mismas armas de los italianos; es decir, que convirtió las abadías en prioratos bajo un superior elegido únicamente para un período breve. En Alemania, la reforma monástica mejor conocida y más efectiva fue la de Bursfeld, cerca de Göttingen, que fue comenzada alrededor de 1433 por el abad Juan Dederoth. Hacia 1530, esta Congregación había reunido noventa y cuatro abadías benedictinas bien disciplinadas a todo lo largo del país. En los Países Bajos y en la Renania se sumaron a los «Hermanos de la vida común» numerosas comunidades de beguinas y begardos. Entre todas estas comunidades sobresale la reforma de los canónigos agustinos de Windesheim, inspirada por Gerardo Groote; los canónigos, a su vez, ejercieron influencia sobre el movimiento cisterciense de la misma zona.

En la segunda mitad del siglo XV, la situación de la Orden cisterciense era similar a la de toda la Iglesia; pero en pequeña escala. En realidad, no fueron escasos los decretos de reforma, pero, por entonces, la autoridad del Capítulo General estaba tan reducida por la escasa asistencia y tan limitada por las fronteras nacionales, que el éxito de cualquier renovación dependía más del liderazgo y de las iniciativas locales, que de las ineficaces declaraciones emanadas de Cister. De hecho, el Abad de Cister estaba entre los primeros que explotaron en beneficio propio el vacío creado por un Capítulo debilitado. Reorganizada la monarquía papal y el naciente absolutismo real animaron a Cister, sin duda alguna, a asumir un control más firme sobre la administración de la Orden, y tales intentos encontraron un eco aprobador en la Curia. Ya en 1438, Eugenio IV se dirigía a Juan Picart de Cister como «abad general». Posteriormente, figuran en el mismo siglo títulos honoríficos similares en numerosos documentos, hasta que en 1499 el Capítulo General reconoció a Juan de Cirey como «padre supremo de la Orden». Sin embargo, no hubo intención de modificar la constitución de la Orden, y las medidas extraordinarias tomadas por el abad de Cister estaban respaldadas generalmente por el Capítulo.

Los celosos protoabades, en particular el de Claraval, observaban con consternación las manifiestas ambiciones de Cister. Pedro de Virey de Claraval (1471-1496), siguiendo el ejemplo de alguno de sus predecesores, libró una ininterrumpida batalla contra Cister y el Capítulo General durante toda su administración. La larga y enconada disputa llegó hasta el parlamento de París, y la secesión de Claraval y sus filiaciones amenazaba convertirse en un cisma permanente. En Roma prevaleció la influencia de Juan de Cirey, y en 1483 Inocencio VIII firmó una bula declarando la unificación de las sedes abaciales de Cister y Claraval, bajo el control de Cirey. Nunca se llevó a la práctica este decreto tan radical. En cambio, Virey dimitió en 1496, y su sucesor, Juan Foucalt, consiguió establecer mejores relaciones con Cister.

Sin duda alguna, la mayor ambición de Juan de Cirey fue la tan necesaria reforma de su Orden. No sólo era una persona de gran talento e infatigable energía, sino que gozaba del favor tanto de Roma como de París. Luis XI le otorgó, a él y a sus sucesores, el título de «consejero nato del Parlamento de Borgoña» y en 1484 tuvo el privilegio de concurrir como delegado a los Estados Generales en Tours. En 1487, Inocencio VIII le confía la reforma cabal de toda la Orden, recalcando especialmente la asistencia a los Capítulos Generales, visitas regulares, las obligaciones de los abades comendatarios y la administración de tributos e impuestos dentro de la Orden. Justamente este tópico había envenenado las relaciones entre Cister y Claraval. Anticipándose al éxito, y como muestra de su gran estima, el mismo Pontífice le confiere en 1489 el privilegio excepcional de administrar órdenes menores, y aun el diaconato, a todos los cistercienses.

El rey Carlos VIII de Francia se hizo eco del llamamiento papal en favor de una reforma religiosa, y alrededor de 1493, convocó una convención de obispos y dirigentes de distintas órdenes en Tours. El abad Cirey desempeñó un papel activo durante las negociaciones y señaló que, antes de tomar medida alguna, era imprescindible garantizar la libertad de las elecciones abaciales, reprimir el poder de los abades comendatarios y extirpar la corruptela de presentar recursos ante la justicia secular. Sin embargo, insistía una y otra vez en que las declaraciones de principios generales no eran suficientes y, si se quería que la reforma tuviera éxito, debía esbozarse y llevarse a cabo un plan concreto de acción dentro de cada orden. En cuanto a los cistercienses, Cirey señalaba con satisfacción que el movimiento reformador, ya en evidencia desde unos veinte o treinta años atrás, había dado fruto, pero tenía la firme determinación de eliminar los abusos con toda la fuerza a su disposición.

El rey Carlos, ocupado en su malhadada expedición a Italia, no pudo poner en práctica el proyecto de reforma religiosa universal, pero Cirey, que no conocía el miedo, apoyó una convención de cuarenta y cinco abades franceses en el Colegio de San Bernardo de París, a inicios de 1494. El resultado fue un detallado esquema de reforma cisterciense, los «Artículos de París», que constituyen dieciséis párrafos en los que se tratan los temas más importantes. En el preámbulo, los abades niegan cualquier intención de introducir novedades radicales, dado que «reformar no quiere significar la incorporación de innovaciones de última moda, sino, con más propiedad, una modificación de costumbres y normas inspiradas en la vida de los Santos Padres. En realidad, si tuviéramos la intención de introducir nuevas formas de vida, no sería una reforma, esto es, una vuelta a la forma primitiva de vida, sino la fundación de una nueva orden religiosa». Los miembros de la convención admitieron que muchos de los abusos castigados eran consecuencias de las guerras, pestes, intervenciones laicas, abades incapaces o comunidades corrompidas, pero ellos se comprometían a efectuar la renovación deseada «en el todo como en sus partes, en los miembros como en la cabeza, tanto en asuntos espirituales como temporales».

El documento comenzaba con reglamentaciones relativas al Oficio Divino, luego recordaba a los abades sus tareas, urgía la realización de los capítulos de faltas, recalcaba la necesidad de los estudios, ordenaba retirar las chimeneas de los dormitorios, prescribía visitas regulares, resaltaba la virtud de la pobreza y la eliminación de toda renta o propiedad privada, insistía en la estricta clausura, renovaba las reglamentaciones de la Benedictina relativas a la administración fiscal, y aun incluía un párrafo sobre la reforma de las monjas cistercienses. De sumo interés es el nuevo estatuto sobre abstinencia. Después de 1475, cuando Sixto IV había permitido al Capítulo General otorgar dispensa sobre la abstinencia perpetua, se había autorizado a comer carne los martes, jueves y domingos, excepto en Adviento, Cuaresma y desde el domingo de Septuagésima hasta Pascua y días de abstinencia especificados por la Iglesia o por las leyes de la Orden. Finalmente, anticipándose a cualquier resistencia activa, el documento ordenaba a los abades «construir o reparar buenas y sólidas cárceles en sus monasterios, como medio de severo castigo contra los transgresores y aquéllos que negaran obediencia a este documento de santa reforma».

Como una consecuencia importante de los «Artículos de París», se dictó el 11 de agosto un nuevo cuerpo de reglamentaciones para el Colegio de San Bernardo en París, documento de extraordinario valor histórico, porque arroja luz sobre la vida y organización interna de la gran institución de estudios superiores, todavía floreciente en aquella época.

El Capítulo General de 1494 alabó y aprobó los «Artículos de París», aunque demoró su ejecución hasta el Capítulo de 1495, debido a «imposibilidades» de ejecución local, no especificadas. No se puede realizar ninguna evaluación de los resultados de la reforma a la luz de la evidencia con que contamos. Dado que la Orden era incapaz de extirpar la fuente del mal – el sistema comendatario –, no se pudo observar ninguna renovación rápida ni en Italia ni en Francia. En otros países donde era bien evidente el éxito de la reforma, el proceso se había originado bajo inspiración local mucho antes de 1494.

La posteridad tiene que agradecer a Claudio de Bronseval, secretario del abad Edmundo de Saulieu de Claraval, las escasas pinceladas que revelan las condiciones imperantes en algunas abadías francesas a fines de 1531. Ambos emprendieron un viaje para la visita regular por España y Portugal, pero antes de llegar a los Pirineos pidieron hospitalidad en varios monasterios cistercienses de Francia. En la Prée encontraron una comunidad pequeña, «pero los hermanos eran realmente buenos y piadosos». Sin embargo, en Benisson-Dieu, los visitantes fueron testigos de la «mayor miseria» causada por «los monjes que ignoraban por completo el latín, los oficios divinos y el ritual de la Orden, así como las reglas de cortesía y civilización». Las instalaciones de la abadía estaban en condiciones igualmente malas. Por otro lado, la pequeña abadía de Franquevaux estaba bien conservada, pero encontraron a un solo religioso, que se titulaba prior. Resultó que había sido mandado allí por el comendatario hacía solamente tres meses y, peor todavía, era franciscano, que simplemente vestía el hábito cisterciense sin haber pasado siquiera un año de noviciado. El buen fraile reveló que otros dos tenían residencia legal en la casa, pero uno estaba a fuera, ocupado en una cacería de conejos y el otro, en los prados buscando huevos. En Valmagne, otrora gran abadía cerca de Montpellier, Bronseval alabó al piadoso abad comendatario, pero se refiere a los monjes como revoltosos e ignorantes. Fontfroide, a despecho de su larga trayectoria bajo encomienda, seguía habitada todavía por veinticinco monjes, que estaban bien dispuestos, pero «alejados de las observancias» de la Orden; tenían, por ejemplo, un dormitorio dividido en pequeñas celdas individuales, muchas de las cuales poseían estufas. Villelongue tenía una comunidad de doce monjes bajo un abad regular, un excelente anciano, quien quería dimitir después de cuarenta años en el cargo. Ardorel era una casa pequeña, pero bien construida, donde el abad regular era un «hombre bueno y fervoroso».

El movimiento reformador más pujante del siglo XV fue iniciado en Castilla alrededor de 1425, por un ex-ermitaño, Martín de Vargas. Su enérgica decisión condujo a la organización de una congregación cisterciense independiente. De ella hablaremos en el capítulo siguiente.

En los Países Bajos, la renovación de las formas de piedad inspiró algunas fundaciones cistercienses en los siglos XIV y XV. Sin embargo, esta materia ha sido tan descuidada que en la actualidad sólo se puede dar de ello una imagen basada en conjeturas. La primera de las mismas fue la abadía de Eytheren en Holanda, aijada por la abadía alemana de Ebrach en 1342. Varios desastres hicieron que fuera trasladada a Ysselstein, cerca de Utrecht, para ser reducida a priorato, y convertirse finalmente en una casa afiliada a Camp (1394). La propia Camp apadrinó otra comunidad en 1382, establecida en la abandonada Marienkroon, anteriormente monasterio de monjas cistercienses, en Holanda, cerca de los límites con Brabante. En 1386, en otra casa de monjas vacía, vio la luz el pequeño priorato de Marienhave en Warmond, cerca de Leiden, también bajo el patronazgo de Camp. La guerra alteró la vida de la comunidad recién restaurada en 1412 por monjes de Eytheren, conocida por entonces como Ysselstein (Ijsselstein).

A comienzos del siglo XV, un devoto sacerdote secular, Juan Clemme, con algunos de sus «hermanos simples y pobres», fundó una pequeña comunidad situada en Sibculo , una región inhospitalaria de Overyssel, no lejos de Deventer. En 1407 abrazaron la regla de san Agustín, pero en 1412 se unieron a los cistercienses. Tres años después estableció una relación de visitas mutuas con Ysselstein y Warmond y, de común acuerdo, decidieron seguir el camino estrecho de pobreza, soledad y fidelidad a la Regla. Siguiendo el estilo de su existencia sin pretensiones insistieron en «una dieta frugal y ropas baratas» y renunciaron hasta a la ambición de ser elevados al rango de abadía. Sus jornadas giraban en torno de la celebración de la liturgia y el trabajo manual; más aún, en su amor por la soledad, hicieron voto de no dejar nunca los recintos de sus monasterios. Trataron de defenderse de las influencias exteriores corruptoras por la estricta limitación de sus miembros y la libre elección de sus priores. Juan de Martigny (1405-1428), abad de Cister, notaría ciertas «novedades» en sus vidas, pero las reconocía como un «pequeño rebaño», bastante semejante al que se reunió alrededor del abad Roberto cuando la fundación de Cister. Es más probable, no obstante, que la devotio moderna, poderosa corriente de renovación espiritual que prevalecía en toda la región, fuera la real inspiradora del movimiento.

Así se constituyó el núcleo de un círculo de prioratos interrelacionados, conocidos como la «Congregación de Sibculo », que florecieron bajo la protección de la gran abadía renana de Camp. El Capítulo General tuvo muy poco que ver con la organización. En el Capítulo de 1424, se mencionó por primera vez la posibilidad de la incorporación de dos casas en Westfalia, Gross y Klein-Burlo, pero se formalizó la existencia legal de la Congregación sólo hacia fines del siglo XV.

En 1446, ocurrió un hecho trascendental en la vida de la nueva congregación, con la fundación de Saint-Sauveur (Salvatorsklooster) en Amberes. Debe su existencia a la generosidad de un mercader rico y piadoso, Pedro Pot, y fue poblada por ocho monjes y cuatro hermanos conversos provenientes de Ysselstein. Saint-Sauveur se convirtió bien pronto en un centro fervoroso de estricto ascetismo y en el término de cuarenta años fundó otros cuatro prioratos, todos ubicados en la misma zona (Mariendouck, Hemelspoort, Marienhof y Bethleen). En 1448, Marienhave envió siete monjes a Waerschoot respondiendo a la petición de un devoto caballero, Simón Utenhove, quien ingresó en la nueva casa como hermano lego. La misma Marienhave fundó todavía otro priorato, Monnikendam, en 1465, cerca de Haarlem.

En 1448, Camp incorpora las casas que anteriormente habían pertenecido a los guillermitas ermitaños de San Guillermo de Maleval, de Gross-Burlo y Klein-Burlo, ambos en la diócesis de Münster e ingresaron por la misma época en la Congregación de Sibculo . Las dos casas, aisladas del resto de la Orden, habían sufrido dificultades en el plano moral y financiero y, dado que seguían ya muchas costumbres cistercienses, la solución lógica era su fusión con los cistercienses. Las dos casas eran pequeñas (Gross-Burlo tenía sólo diez miembros), pero su unión con la Congregación de Sibculo les posibilitó un siglo de prosperidad y reforma llena de éxito. Recibían a sus priores de Sibculo. El nuevo prior de Gross-Burlo, Gerlach von Kranenburg, debió haber sido un monje realmente santo y entregado, porque sus contemporáneos le llamaban «un segundo Bernardo».

En el mismo año de 1448, Camp tomó posesión de un convento deshabitado, que había pertenecido a monjes cistercienses, el de Bottenbroich, en la diócesis de Colonia. En 1480, los monjes de Bottenbroich adquirían y poblaban a su vez Mariawald, en la misma diócesis.

Mientras tanto, había otras fuerzas de renovación activas en Flandes. En 1414, las dos grandes abadías de Villers y Aulne tomaban posesión de un monasterio deshabitado de monjas en Moulins, donde promovieron conjuntamente el establecimiento de una nueva comunidad de monjes bajo el abad Juan de Gesves, que fuera anteriormente monje de Aulne. En 1430, monjes de Aulne y Cambron se establecieron en otro convento extinto de monjas cistercienses, el de Jardinet. El primer abad de esta comunidad fue el eminente Juan Eustaquio de Mons, anterior prior de Moulins. Debió haber sido no sólo un gran asceta, sino también un guía carismático de almas. Durante su administración, atrajo a Jardinet a cuarenta y seis monjes y treinta y cinco conversos; en el año de su retiro (1477), la comunidad contaba con cincuenta y un miembros. Moulins y Jardinet se unieron para patrocinar el establecimiento de otras tres casas: las de Nizelle, en 1441; Boneffe, anteriormente monasterio femenino, en 1461; y Saint-Remy, en Rochefort, en 1464. Jardinet extendió ampliamente su influencia bajo Juan Eustaquio; proporcionó abades a varios monasterios y confesores a un cierto número de conventos de monjas, estando en íntima relación con los benedictinos de Gembloux y Saint-Martin de Tournay. Jardinet persistió en esa floreciente condición hasta el comienzo de la sublevación holandesa contra el régimen español, hacia 1560.

Esta racha poco común de nuevas fundaciones, en un momento en el cual las abadías francesas e italianas luchaban simplemente por sobrevivir, atrajo finalmente la atención del Capítulo General de 1489, aun cuando la iniciativa surgiera en esa oportunidad de Camp, preocupada por el status legal de un gran número de prioratos asociados. Los padres capitulares no ignoraban que la forma de vida de esos prioratos «era algo diferente de la manera habitual de la Orden. Sin embargo, dado que las desviaciones eran necesarias, debido a las costumbres diferentes de la región», no les negaron su aprobación. El mismo Capítulo aprobó una serie de ordenanzas en siete párrafos para la correcta administración de la «Congregación de Sibculo ». De acuerdo con la misma, se reconocía oficialmente la paternidad de Camp; las casas estaban autorizadas a realizar reuniones anuales y decidir sus propios asuntos, aunque sus Estatutos debían ser mandados a Cister para su aprobación. Se permitía a las casas continuar siendo prioratos, y los tres priores decanos (los de Ysselstein, Sibculo y Marienhave) debían ser elegidos por las comunidades, pero confirmados por el abad de Camp. Aunque algunas de estas casas estuvieran en «grandes ciudades» o cerca de las mismas, debían observar estricta clausura. Finalmente, por idéntica razón, el mismo Capítulo insistía en que los hermanos legos de la Congregación debían ser llamados donati o familiares.

¿Cuáles fueron las circunstancias específicas que motivaron estas fundaciones poco comunes? ¿Qué programa o espiritualidad explicaba su éxito? Ante la falta de estudios preliminares, sólo se pueden aventurar contestaciones aproximadas, que podrán ser modificadas con pruebas de mayor peso.

En el caso de la «Congregación de Sibculo», es muy poco probable que Camp tomara la iniciativa e hiciera los fundaciones con el personal a su disposición. Las comunidades pequeñas eran, con toda probabilidad, grupos espontáneos de almas afines, quizás begardos, quienes, al pasar como sospechosos ante las autoridades que los hostilizaban, buscaban refugio bajo la sombra protectora de Camp. A causa del renombre de la gran abadía, sumado a su padrinazgo voluntario, varios monasterios de monjas abandonados fueron puestos a disposición de las comunidades. La ubicación urbana o suburbana, la presencia de cierto número de laicos, pero en forma distinta a la de los antiguos hermanos legos, la preferencia por los prioratos, en contraposición con las abadías de mayores pretensiones, las normas de estricto ascetismo, todo parece indicar que la fuente de inspiración fue la devotio moderna y que la forma de vida dentro de las casas estaba conformada sobre los modelos propuestos por los begardos, o los «Hermanos de la vida común».

Las abadías flamencas anteriormente mencionadas tuvieron, en apariencia, un papel más directo en la fundación de Moulins y Jardinet. Es un hecho, que Villers y Aulne tuvieron una misma y fructífera asociación con beguinas y hay otros indicios de que los monjes estaban bien dispuestos hacia la nueva espiritualidad, como, por ejemplo, respecto al mantenimiento de las instituciones educativas en Moulins, Nizelle y Boneffe, realizado dentro del espíritu del humanismo cristiano.

El espíritu de reforma se puso muy en evidencia en toda Alemania. Marienrode, cerca de Hildesheim, había estado en decadencia durante la primera mitad del siglo XIV, pero, gracias a la benéfica intervención de la abadía de Riddagshausen, logró recuperarse después de 1378 debido a una sucesión de abades capaces y fervientes. Uno de ellos, Enrique von Berten (1426-1462), autor del notable Chronicon Marienrodense, restauró la economía arruinada, reconstruyó la iglesia dañada, y aumentó substancialmente los miembros de la comunidad. Cuando asumió su cargo encontró sólo veintiséis monjes en la casa; en tanto que, durante su abadiato admitió a treinta y seis miembros nuevos. Amigo personal del cardenal Nicolás de Cusa (quien visitó la abadía en 1450), trabajó con él por la reforma de la Iglesia en Alemania, y participó en el Concilio de Basilea (1438).

El vigor de las abadías alemanas se puso de manifiesto por su activa participación en la reforma de los monasterios húngaros. En este país, un gran rey humanista, Matías Corvino (1458-1490), tomó la iniciativa y se dirigió al Capítulo General cisterciense pidiendo ayuda para dar nueva vida a las «comunidades, en un estado lamentable de languidez y próximas a su extinción». El Capítulo de 1478 apeló a la ayuda de los abades alemanes, que respondieron con un generoso ofrecimiento de personal. Por lo menos veintidós abadías prometieron importantes contingentes de monjes para ser enviados a Hungría, Bebenhausen, Ebrach y Heilsbronn expresaron su voluntad de establecer «monasterios completos con su abad», lo que, significaba por lo menos trece monjes. Como preparación para esa empresa, los abades alemanes realizaron dos reuniones en Würzburg, y en 1480, más de un centenar de monjes embarcaron en Regensburg rumbo a Hungría, por el Danubio. Las crónicas de las décadas siguientes atestiguan claramente la enérgica acción de los alemanes. Uno de ellos, Jodoc Rosner, llegó a ser abad de Pilis, y recibió una autorización especial del Capítulo General para visitar y reformar las otras comunidades del país. Sin embargo tuvo un éxito efímero. A consecuencia de la derrota sufrida de la batalla de Mohács (1526), el centro vital de Hungría fue ocupado por los turcos y, durante las dos centurias siguientes, el país se convirtió en un sangriento campo de batalla. Hacia mediados del siglo XVI, todos los monasterios húngaros estaban deshabitados, y permanecieron en este estado hasta que fueron restaurados a comienzos del siglo XVIII.

Por ese entonces, Alemania se convertía en el escenario de una violencia crónica desatada por Lutero al intentar reformar la iglesia, independizándose de Roma. La rebelión campesina de 1525 no hizo otra cosa que iniciar las guerras civiles y religiosas que, de forma intermitente, asolaron el suelo de Alemania hasta 1648. Durante las primeras etapas de la lucha, fueron saqueadas e incendiadas varias abadías cistercienses; otras, ubicadas dentro de los territorios pertenecientes a príncipes protestantes, fueron suprimidas por decreto. No existía un plan general por lo que hace a procedimiento, todo dependía de la actitud de los monjes, de la reacción de las poblaciones cercanas y del humor del príncipe».

Hacia 1503, la gran Ebrach contaba todavía con setenta y cinco miembros, pero el nuevo abad, Juan Leiterbach, no hizo nada para prevenir la irrupción de las nuevas doctrinas. Durante la Guerra de los Campesinos (1525), la abadía fue saqueada por completo, los monjes huyeron, y dieciocho de ellos no volvieron más. Se supo que quince de ellos se pasaron al luteranismo, y algunos se casaron. Una visita episcopal en 1531, cuando Leiterbach fue por último depuesto, registró veinticinco monjes y tres hermanos legos, aunque cuatro nombres estaban marcados como apóstatas. Posteriormente, en la misma centuria, no sólo Ebrach se recobró sino que llegó a ser el centro floreciente del arte y la piedad barrocos.

En Bebenhausen (Württemberg), cuando murió el último abad católico en 1534, los mismos monjes se dividieron: veinte permanecieron católicos, dieciocho simpatizaron con los luteranos. Los católicos se vieron obligados a partir buscando refugio en los monasterios que quedaban en Austria y Baviera. Los azares de la guerra les permitieron volver en 1549, cuando eligieron un nuevo abad, quien fue a su vez depuesto y reemplazado por un luterano en 1560. Después del Edicto de Restitución en 1629 los monjes de Salem pudieron recuperar Bebenhausen, hasta que tuvieron que huir ante el ataque de los suecos en 1632. Los inquebrantables cistercienses volvieron de nuevo en 1634, aunque la Paz de Westfalia (1648) otorgó finalmente a los luteranos la muy disputada abadía. Destino similar aguardaba a los monjes de Heilsbronn, Herrenalb, Königsbronn y Maulbronn.

Como resultado del avance del protestantismo en la Alemania del norte, los monjes fueron expulsados por la fuerza o desertaron voluntariamente de sus monasterios. En el caso de Loccum (Hannover), los monjes continuaron su vida comunitaria, aunque aceptaron todos gradualmente el nuevo credo, iniciando así una forma especial de monacato luterano. La vida diaria y la vida litúrgica permanecieron casi intactas durante el siglo XVI. Más aún, el abad luterano delegó su representación al Capítulo General de 1601 en uno de sus coabades católicos. En 1658, se cambió el lenguaje de la liturgia monástica por el alemán, pero no se abandonó el celibato hasta comienzos del siglo XVIII. El abad Gerardo Molan (1677-1722), dirigente clerical luterano de la mejor reputación, fue un íntimo colaborador de Leibnitz en su intento de unificación de las iglesias cristianas. Posteriormente, la abadía fue transformada en un seminario luterano y, como tal, todavía desempeña un papel distinguido en la vida espiritual e intelectual del luteranismo alemán.

De las ciento cuatro abadías cistercienses que existían a comienzos del siglo XVI en tierras germanas, cuarenta y cinco fueron víctimas de la Reforma. Las otras sobrevivieron, y algunas llegaron a gozar de gran prosperidad, hasta la secularización final en la época napoleónica. En 1573-74, Nicolás I Boucherat, abad de Cister, visitó treinta y tres de las abadías sobrevivientes de Alemania, Flandes y Suiza, y encontró que la mayoría estaba en condiciones satisfactorias. El número significativo de novicios en muchas comunidades era un índice claro de un futuro más venturoso. En 1629, cuando después de la terminación triunfante de la etapa «danesa» de la Guerra de los Treinta años, firmó el emperador Fernando II su Edicto de Restitución, los cistercienses germanos eran suficientemente fuertes como para reclamar y volver a ocupar once de sus anteriores abadías, las que debieron ser abandonadas de nuevo a consecuencia de la victoria protestante de 1648.

La Reforma secularizó todas las abadías cistercienses en su zona de influencia en Noruega, Suecia, Dinamarca, y posteriormente Holanda y los Estados Bálticos, y redujo a cuatro las ocho casas que había en Suiza.

En ningún otro país la Reforma y la disolución de los monasterios encendió una controversia tan larga y apasionada como en Inglaterra. Aunque una revisión bien documentada de todo el material disponible ha aclarado la mayoría de los detalles históricos, el juicio sobre los motivos y la posible justificación de la violencia y destrucción que la acompañó, será siempre una cuestión discutida. Los valles, ahora llenos de paz, lo mismo que la conciencia colectiva de la nación muestran todavía las cicatrices. Pocos observadores pueden permanecer en silencio frente a las ruinas melancólicas, pero la respuesta depende del estado mental o de la creencia religiosa de cada generación.

Hay consenso general entre los historiadores para aceptar que, desde mediados del siglo XIV, el monacato inglés tuvo que sobrellevar las cargas de la disminución de sus miembros, la economía que se desplomaba, la disciplina relajada, y una opinión pública adversa. Las causas del malestar han sido estudiadas en otro capítulo, pero hay dos factores, por lo menos, que parecen ser privativos de Inglaterra. Uno es la ausencia del sistema comendatario, y el otro es el relativo aislamiento respecto de las corrientes religiosas continentales. El primero fue altamente beneficioso, aunque los abades ingleses llegaron a ser considerados como señores de la propiedad monástica, mientras que el gobierno real consideraba habitualmente a las grandes abadías como fuente fácil de recursos en cualquier emergencia. El aislamiento insular, agravado por la Guerra de los Cien Años y el Gran Cisma, privó sin embargo a los monjes ingleses del efecto estimulante de los distintos movimientos que excitaban a una reforma en Italia, España, los Países Bajos y la zona del Rhin.

Los cistercienses de Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda compartieron el aislamiento de las otras instituciones religiosas. Su presencia en el Capítulo General era excepcional; abades ingleses nombrados por el Capítulo General efectuaban las visitas regulares a esas casas. Por consiguiente, las relaciones con Cister se limitaban a un intercambio ocasional de correspondencia, y al envío de alguna contribución monetaria. De esta forma, en la época de la Disolución, los cistercienses ingleses no obtenían ningún beneficio de ser todavía miembros nominales de una organización internacional; tenían que defenderse lo mejor que podían.

Sin embargo, no se debe exagerar la importancia de los problemas. Mientras que, hacia fines del siglo XIV, una casa cisterciense común albergaba un promedio de quince miembros, al comenzar el siglo XVI este número se había elevado a diecinueve. Entre los abades había buen número de hombres probos y, en vísperas de la Disolución, la moral de las comunidades cistercienses era quizá más alta que la de cualquier otra orden monástica, excepto los cartujos. Fountains, bajo la larga y benéfica administración del abad Marmadukc Huby (1494-1526), constituyó el ejemplo sobresaliente. Aun sus celosos cohermanos, los abades, tuvieron que admitir que «era un promotor de la disciplina, cultivaba la religión, era un vigoroso restaurador de las casas arruinadas en nuestros días, y puede decirse con toda seguridad que, en tales materias, ninguno de nosotros tiene su experiencia en nuestro país». Gozó de la gran estima de Enrique VII y, en sus últimos años, estuvo en buenas relaciones con el poderoso ministro de Enrique VIII, el cardenal Wolsey. Benefactor generoso del Colegio de San Bernardo de Oxford, erigió además de otras edificaciones en Fountains, la gran torre que aún se conserva, un monumento digno de la generosidad de quien lo construyó. Todavía más notable fue el crecimiento del personal de la abadía. Cuando fue elegido abad, había solamente veintidós monjes en la casa; en 1520 había cincuenta y dos monjes profesos, entre ellos cuarenta y un sacerdotes. La falta de documentación apropiada nos impide considerar el nivel de espiritualidad y disciplina en Fountains pero un aumento tan espectacular de vocaciones muy difícilmente se puede explicar sin suponer un alto grado de devoción y orden.

En la mayoría de los otros casos, la evidencia con que contamos es insuficiente para una evaluación digna de confianza de la condición general antes de 1535, a la vez que las crónicas posteriores, realizadas por visitadores reales, cuya tarea era descubrir los abusos monásticos generalizados, no merecen confianza alguna. Sin embargo, parecería que el pecado de los cistercienses ingleses no era la inmoralidad general, sino la general mediocridad. Se puede suponer que, cuando se aproximó el fin, la cobarde obediencia silenciosa con que los monjes se sometieron a la voluntad real fue resultado, no sólo de falta de heroísmo, sino también de falta de fervor y de fidelidad a su propia vocación. De todos modos, las generalizaciones, aun en este punto, pueden inducir a interpretaciones erróneas. En 1536, cuando los comisionados preguntaron a los monjes si deseaban hacer uso de la dispensa de sus votos, o preferían perseverar en la vida monástica, comunidades cistercienses enteras optaron por lo último. La información sobre este tema es escasa, pero, por lo menos, eso es lo que sucedió en Garendon, Stoneleigh y Stanley, mientras que, en Netley, sólo un monje quiso salir, y dos en Quarr.

Las condiciones locales, buenas o malas, no ejercieron influencia alguna en la marcha del procedimiento controlado con mano firme por el hábil e inescrupuloso Tomás Cromwell, poderoso ministro del rey Enrique después de su ruptura con Roma. A comienzos de 1536, un decreto real suprimía todas las casas religiosas con menos de doce miembros, o con una renta anual de menos de 200 libras. Veintidós casas cistercienses, la mayoría galesas, cayeron víctimas de esta ley. Los abades y priores recibían una pensión, mientras los monjes de dichas comunidades podían elegir entre unirse al clero secular, o ser transferidos a una de las abadías restantes. Dado que sólo disponemos de datos parciales, es imposible determinar cual fue la opción de la mayoría de los monjes cistercienses. De los cinco casos mencionados, se puede deducir que la mayoría prefirió ser transferida a otras casas de la Orden. En algunos casos, y después del pago de sumas importantes, se permitió a ciertas comunidades continuar unidas. Se otorgó tales permisos a Neath, Whitland y Strata Florida en Gales, pero esta tregua duró sólo tres años. Entre los superiores pensionados, el abad Alynge de Waverley fue bien resarcido y se mudó al Colegio cisterciense de Oxford. El abad Austen de Rewley recibió una pensión de veintidós libras, y se mudó a Cambridge, para «estudiar la palabra de Dios con sinceridad».

¿Fue la supresión de las casas pequeñas algo que se planeó simplemente como preliminar táctico a la destrucción total del monacato? Probablemente no. Wolsey había llevado a cabo un proyecto similar entre 1524-1528 sin tales implicaciones. La relativa facilidad del procedimiento y la ausencia de resistencia peligrosa alentó al gobierno para pasar adelante, donde estaba la riqueza segura.

La única manifestación de repudio contra el gobierno real y expresión de simpatía hacia los monjes fue la «Peregrinación de la Gracia», una serie de levantamientos locales desde el otoño de 1536 a la primavera de 1537. Cierto número de casas cistercienses se vieron involucradas, ya sea en forma voluntaria o bajo presión. Se atribuye a un monje de Sawley el haber compuesto la marcha entonada por los «peregrinos». Pero los rebeldes estaban mal organizados; los nobles poderosos rechazaron unírseles, y Enrique VIII no tuvo mayor dificultad en sofocar el movimiento brutalmente. «Todos los monjes y canónigos que tuvieran algún grado de culpabilidad, ordenó el rey a sus agentes, sean encadenados sin mayor dilación o ceremonia para ejemplo terrible de los otros». Siete abades cistercienses, sumados a cierto número de monjes, fueron ejecutados (Roberto Hobbes de Woburn, Tomás Bolton de Sawley, Guillermo Thirsk de Fountains, Adam Sedbar de Jervaulx, Tomás Carter de Holm Cultram, Juan Paslew de Whalley, Juan Harrison de Kerkstead); al paso que es desconocida la suerte de otros.

En un principio, se creyó que el abad Roberto Hobbes fue ejecutado por su complicidad con la «Peregrinación de la Gracia», mas murió en verdad por su fe. Había tomado a sus monjes el juramento requerido por el Acta de Supremacía de 1534, pero se arrepintió y los instó a mantenerse fieles a Roma. Después de la ejecución de los cartujos por este mismo crimen, se dirigió a sus monjes en Capítulo de la siguiente forma: «Hermanos: ésta es una época peligrosa, tal azote no se ha sufrido nunca desde la pasión de Cristo» y ordenó recitar diariamente el salmo 78: «¡Dios mío!, los gentiles han entrado en tu heredad.. . » Después de una serie de incidentes similares, fue denunciado a Cromwell por un ex-monje, el párroco de Woburn. Aunque era un anciano de salud quebrantada, fue ejecutado con dos de sus monjes. Woburn fue demolido totalmente, pero el roble donde, de acuerdo con la tradición, fue colgado el Abad, quedó allí, como un testimonio mudo de su martirio, hasta las primeras décadas del siglo XIX.

Jorge Lazenby de Jervaulx debe recordarse entre los monjes cuya ejecución no tuvo nada que ver con el levantamiento, sino que fue resultado exclusivamente de sus convicciones religiosas. A mediados de 1535, un predicador de la nueva doctrina pronunció un sermón en la iglesia abacial contra el papa; Lazenby se levantó y lo desafió en público. Posteriormente, cuando se le interrogó sobre el incidente, «dio gracias a Dios, que le concedió espíritu y audacia suficiente para decir eso». Fue conducido a Middleham Castle, donde defendió de nuevo frente a la muerte, como señala el magistrado, a «aquel ídolo y sanguijuela de Roma, tan obstinada y reciamente, como no vi nunca en toda mi vida algo semejante». Durante el juicio, admitió haber mantenido relaciones amistosas con los igualmente inflexibles cartujos de Mount Grace, donde había tenido una visión de la Santísima Virgen. No hay ninguna evidencia documentada de su ejecución, pero se relata que un monje viejo de Jervaulx, Tomás Madde, decía que se había llevado y ocultado la cabeza de unos de sus hermanos de la misma casa, que había sufrido la muerte antes de someterse a la supremacía real.

La «Peregrinación de la Gracia», lo mismo que las costosas empresas del rey en el extranjero, justificaba la presión en constante aumento sobre las abadías restantes, para que cedieran «voluntariamente» todas sus propiedades al gobierno. Uno a uno asintieron los aterrorizados abades, intuyendo que era su última oportunidad de negociar con Cromwell. Hacia fines de 1539, el monacato había desaparecido de la iglesia inglesa y comenzó inmediatamente la destrucción total de claustros e iglesias, porque los nuevos propietarios querían asegurarse de que no hubiera posibilidad alguna de retorno para los monjes, aun si cambiara el ambiente religioso. Uno de ellos expresó lisa y llanamente: «El nido ha sido destruido, no sea que los pájaros puedan construirlo a la vuelta». La vajilla y las joyas engrosaron el tesoro real, conjuntamente con los manuscritos más valiosos de las bibliotecas. El moblaje y todo lo que se pudiera sacar, desde las piedras del piso hasta los ornamentos y candelabros fueron malvendidos al instante, en pública subasta. Únicamente se conservaron aquellos edificios que parecían tener utilidad inmediata. Sir Arturo Darcy, encargado del desmembramiento de Jervaulx, describió en términos elocuentes las comodidades de la abadía que se adaptaba perfectamente para albergar la yeguada real. Se esbozaron distintos planes para el uso futuro de los bienes confiscados, pero, en definitiva, todas las propiedades monásticas terminaron en manos de la nobleza, ávida de tierras. Los nuevos propietarios se convirtieron en los más fieles puntales de la política eclesiástica de Enrique. Esto hizo que la restauración monástica bajo la reina María resultara completamente irrealizable.

A los abades que condescendieron con la Disolución se les otorgaron generosas pensiones. El abad Juan Ripley de Kirkstall recibió 66 libras anuales, y se le permitió permanecer en la portería de su monasterio. Los monjes fueron menos afortunados, aun si no había cargos en su contra. Como promedio, recibían 5 libras de pensión, lo que era apenas suficiente para vivir. Muchos de los que estaban todavía en condiciones de emplearse, buscaron posiciones entre las filas del clero secular. Los monjes de las comunidades donde el abad o alguno de sus miembros había estado implicado en algún acto de desacato fueron echados, sin la menor previsión para su futuro. Tal fue el caso de veinticinco miembros de Whalley, aunque, a fin de cuentas, la mayoría terminó por encontrar algún cargo en la clerecía. En Furness dejaron sin pensión a treinta y tres monjes, y de acuerdo con las crónicas de que disponemos, sólo seis encontraron empleo. Por supuesto, no se tomó ninguna previsión respecto de los numerosos sirvientes y trabajadores de las granjas.

En Escocia la confiscación de la propiedad monástica comenzó en 1560, bajo el firme control de Juan Knox y sus presbiterianos, pero hasta 1587 no transfirió el Parlamento escocés esos bienes a la corona. En el siglo XVI, la mayoría de las casas cistercienses escocesas estaba en manos de abades comendatarios, y eran desde todo punto de vista más débiles que las inglesas. La más grande, Melrose, contaba todavía con treinta y un miembros en 1534, pero la disciplina monástica, especialmente en lo que concernía a la pobreza, distaba mucho de ser satisfactoria. Hacia mediados de siglo, las condiciones se deterioraron aún más. La abadía estaba bajo el poder de un bastardo de Jaime V, que tenía la obligación de conservar por lo menos dieciséis monjes, pero que se negaba a cumplirla, e incluso desfalcaba la suma separada para la reparación del claustro arruinado.

En 1565, el abad comendatario de Dundrennan, Eduardo Maxwell, convirtió simplemente el monasterio en su propiedad privada y se casó; pero dio voluntariamente a sus ex-monjes una pensión. Los de Balmerino fueron menos afortunados. Se prometió una pensión sólo a aquéllos, entre los quince monjes, que abrazaran la nueva fe; los otros debían ser expulsados sin compensación. Es probable que, bajo tales circunstancias, la mayoría de los monjes profesaron el presbiterianismo, por lo menos de acuerdo con la crónica.

En Irlanda no se pudo imponer la Disolución más allá del territorio bajo el efectivo dominio de Inglaterra, «el cerco», es decir Dublín y sus alrededores. Por desgracia, quedaban incluidas en él Mellifont y Saint Mary’s Abbey, las únicas casas bajo disciplina regular. Otras comunidades subsistían más allá de este límite, con frecuencia en forma clandestina, hasta la sangrienta invasión de Oliverio Cromwell en 1650.

Anticipándose a la Disolución, el abad regular de Holy Cross (Santa Cruz), cerca de Tipperary, Guillermo Dwyer, concertó un acuerdo privado digno de admiración. Alrededor ya de 1533, muchas posesiones de la abadía fueron arrendadas por largo plazo a personas bien dispuestas hacia los monjes. Luego, en 1534, Dwyer, renunció como abad en favor de un lego casado, Felipe Purcell, quien tomó el título de «preboste» de Holy Cross. No sólo estaba dispuesto a compartir las rentas abaciales con Dwyer, sino que les permitía a los monjes permanecer en la abadía. Estos no fueron obligados a dispersarse hasta 1563, poco después de que la reina Isabel concediera la abadía a su primo, el conde de Ormond. De esta forma, la abadía no fue nunca suprimida, y formalmente sobrevivió el título abacial hasta 1751, añadido a los nombres de varios individuos.

En Francia, el gobierno real, que ya controlaba férreamente los beneficios de la Iglesia, se resistía con firmeza a la difusión del calvinismo, pero durante la débil administración de Catalina de Médicis y sus hijos enfermizos, los hugonotes ganaron considerable terreno. Las «Guerras de Religión» (1559-1598) acarrearon miseria y destrucción, sólo comparables con la devastación de la Guerra de los Cien Años. Los monasterios que siempre se suponen ricos y llenos de medios, se convirtieron en el centro de atracción de la soldadesca sin ley de ambos bandos. Mas los monjes no estaban amenazados únicamente por la destrucción física. En 1561, en los Estados Generales de Pontoise, y luego en la «Conferencia de Poissy», se escucharon voces poderosas exigiendo la secularización completa de la propiedad monástica, para proveer al gobierno empobrecido de fondos bélicos. Teniendo fresco en la memoria lo ocurrido en Inglaterra, el clero asustado votó abultadas contribuciones, que terminaron por perpetuarse en la forma de «donativos voluntarios» anuales. Muchas de las abadías, incluyendo las cistercienses, que ya estaban empobrecidas, eran incapaces de pagar las sumas asignadas, y se vieron obligadas a vender valiosas propiedades monásticas.

Mientras tanto, la administración central de la Orden llegaba a un estancamiento virtual. Durante la guerra, el Capítulo General se reunió únicamente siete veces (1560, 1562, 1565, 1567, 1573, 1578 y 1584) con asistencia de muy pocos abades. En 1560, pudieron llegar a Cister solamente trece. La propia casa madre estuvo en constante peligro. La antigua abadía fue saqueada en 1574 por las tropas del Príncipe Condé, en 1589 por Guillermo de Tavannes, y en 1595 por los soldados del Mariscal Biron. La peor de todas fue la devastación de 1589. Durante una semana entera, los hugonotes destruyeron todo, profanando hasta las tumbas en la iglesia. Los daños sumaron 600.000 libras. El hecho, tal como está registrado en la magistratura de Dijon, nos da un precioso panorama de la abadía, todavía grande y floreciente. Se consideró que la planta monástica era defendible, y se albergó dentro de la misma a un contingente de cien soldados, pagados por la abadía. Sin embargo, estos mercenarios huyeron sin presentar resistencia, al acercarse el enemigo. Muchos de los monjes, aterrorizados, siguieron su ejemplo. Por entonces, el personal del monasterio consistía en doscientos cincuenta y cuatro personas: sesenta monjes profesos, doce novicios, treinta conversos y cierto número de familiares, servidores y trabajadores. La abadía propiamente dicha tenía ciento cincuenta y ocho habitantes, rodeada de dieciséis talleres de artes y oficios, necesarios para el mantenimiento de la misma. Los establos albergaban ciento sesenta y dos caballos.

El saqueo y la destrucción fueron sistemáticos. Algunos de los monjes, y los hermanos que cayeron en manos de los saqueadores, fueron torturados para forzarlos a revelar lugares donde podían ocultarse valores. Los objetos recolectados, incluyendo las campanas y el plomo del techo de la iglesia, fueron acarreados en trescientos carros. Los treinta y cinco altares de la iglesia, con todas sus pinturas y esculturas, fueron totalmente demolidos. Las ocho granjas que rodeaban a la abadía fueron devastadas de la misma forma. De acuerdo con estimaciones moderadas, se calcula que, por lo menos la mitad de las abadías francesas, sufrieron un destino similar.

Al mismo tiempo, los calvinistas holandeses estaban haciendo su propia guerra contra los católicos españoles. Las abadías se convirtieron en el objetivo favorito de los nuevos iconoclastas. El resurgimiento monástico del siglo XV terminó bruscamente. La vida monástica se tornó tan precaria, aun en Flandes, que muchas comunidades buscaron refugio dentro de las ciudades fortificadas. En 1565, fue destruida la abadía más grande y rica de la región: Les Dunes. En 1578, cuando casi se había completado su reconstrucción, los calvinistas la atacaron de nuevo. Ya no pudo recobrarse de este desastre. Hasta las piedras de la casa fueron sacadas para fortificar Dunkirk y Nieuport. Los monjes sobrevivientes encontraron asilo, primero en una de sus propias granjas, Bogaerde, y luego, en 1621, la abadía se trasladó de forma permanente a Brujas, donde los monjes ocuparon un edificio que anteriormente pertenecía a la abadía de Ter Doest, suprimida hacía poco.

Cuando, por último, llegaron a su fin las guerras de religión, los anales cistercienses cerraron la historia de esta era trágica con la desaparición de ciento ochenta abadías, víctimas indefensas de la codicia y la violencia.

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  1. http://www.youtube.com/watch?v=qJKFFSJqhl0 (Jubilus Rhythmicus De Nomini Jesu IV)
  2. http://www.youtube.com/watch?v=9b-vLMOB-Ac&feature=PlayList&p=4A74055C5DD2D34A&playnext=1&playnext_from=PL&index=16    (Responsorium In Nativitate Verbum Caro Factum Est.)
  3. http://www.youtube.com/watch?v=73K5iidydmA&feature=related (Motette Anima Mea ~ Descendi In Hortum ~ Alma Redemptoris Mater)

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templari

 

http://www.youtube.com/watch?v=q-Un0VlY8y8

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PRÓLOGO

             A Hugo, caballero de Cristo y maestre de su milicia, Ber­nardo de Claraval, abad sólo de nombre: lucha en noble combate.

            Una, y dos, y hasta tres veces, si mal no recuerdo, me has pedido, Hugo amadísimo, que escriba para ti y para tus com­pañeros un sermón exhortatorio. Como no puedo enristrar mi lanza contra la soberbia del enemigo, deseas que al menos haga blandir mi pluma, e insistes en que os ayudaría no poco, le­vantando vuestros ánimos, ya que no me es posible hacerlo con las armas.

            Hasta ahora lo he diferido, no por menospreciar tu peti­ción, sino para no ser tildado de precipitación y ligereza, por dejarme llevar de mis primeros impulsos. Pensaba también que otro más capaz que yo podría hacerlo mejor y que no debía entremeterme en un asunto de tanto interés y tan vital, para que al final saliera algo mucho menos provechoso. Pero des­pués de esperar en vano tanto tiempo, me decido a escribir lo que yo pueda. Si no, terminarías creyendo que ya no se trataba de incapacidad mía, sino de mala voluntad. Ahora el lector dirá si le he dejado satisfecho. Hice cuanto pude para colmar tus deseos; no será culpa mía si alguien lo tiene que rechazar totalmente o no encuentra lo que esperaba.

I. SERMÓN EXHORTATORIO A LOS CABALLEROS TEMPLARIOS

            1. Corrió por todo el mundo la noticia de que no ha mu­cho nació una nueva milicia precisamente en la misma tierra que un día visitó el Sol que nace de lo alto, haciéndose visible en la carne. En los mismos lugares donde él dispersó con bra­zo robusto a los jefes que dominan en las tinieblas, aspira esta milicia a exterminar ahora a los hijos de la infidelidad en sus satélites actuales, para dispersarlos con la violencia de su arrojo y liberar también a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David su siervo.

            Es nueva está milicia porque jamás se conoció otra igual, porque lucha sin descanso combatiendo a la vez en un doble frente: contra los hombres de carne y hueso, y contra las fuerzas espi­rituales del mal. Enfrentarse sólo con las armas a un enemigo poderoso, a mí no me parece tan original ni admirable. Tamp­oco tiene nada extraordinario ‑aunque no deja de ser laudab­le presentar batalla al mal y al diablo con la firmeza de la fe; así vemos por todo el mundo a muchos monjes que lo hacen por este medio. Pero que una misma persona se ciña la espada, valiente, y sobresalga por la nobleza de su lucha es­piritual, esto sí que es para admirarlo como algo totalmente insólito.

            El soldado que reviste su cuerpo con la armadura de acero y su espíritu con la coraza de la fe, ése es el verdadero valiente y puede luchar seguro en todo trance. Defendiéndose con esta doble armadura, no puede temer ni a los hombres ni a los demonios. Porque no se espanta ante la muerte el que la desea. Viva o muera, nada puede intimidarle a quien su vida es Cristo y su muerte una ganancia. Lucha generosamente y sin la me­nor zozobra por Cristo; pero también es verdad que desea morir y estar con Cristo porque le parece mejor.

            Marchad, pues, soldados, seguros al combate y cargad va­lientes contra los enemigos de la cruz de Cristo, ciertos de que ni la vida ni la muerte podrá privarnos del amor de Dios que está en Cristo Jesús, quien os acompaña en todo momento de peligro diciéndoos: Si vivimos, vivimos para el Señor, y si. morimos, morimos para el Señor. ¡Con cuánta gloria vuelven los que han vencido en una batalla! ¡Qué felices mueren los márti­res en el combate! Alégrate, valeroso atleta, si vives y vences en el Señor; pero salta de gozo y de gloria si mueres y te unes íntimamente con el Señor. Porque tu vida será fecunda y glo­riosa tu victoria; pero una muerte santa es mucho más apeteci­ble que todo eso. Si son dichosos los que mueren en el Señor, ¿no lo serán mucho más los que mueren por el Señor?

 

            2. Siempre tiene su valor delante del Señor la muerte de sus santos, tanto si mueren en el lecho como en el campo de batalla. Pero morir en la guerra vale mucho más, porque tam­bién es mayor la gloria que implica. ¡Qué seguro se vive con una conciencia tranquila! Sí; ¡qué serenidad se tiene cuando se espera la muerte sin miedo e incluso se la desea con amor y es acogida con devoción! Santa de verdad y de toda garantía es esta milicia, porque está exenta del doble peligro que amenaza casi siempre a la condición humana, cuando Ya causa que de­fiende una milicia no es la pura defensa de Cristo.

            Cuantas veces entras en combate, tú que militas en las filas de un ejército exclusivamente secular, deberían espantarte dos cosas: matar al enemigo corporalmente y matarte a ti mismo espiritualmente, o que él pueda matarte a ti en cuerpo y alma. Porque la derrota o victoria del cristiano no se mide por la suerte del combate, sino por los sentimientos del corazón. Si la causa de tu lucha es buena, no puede ser mala su victoria en la batalla; pero tampoco puede considerarse como un éxito su resultado final cuando su motivo no es recto ni justa su in­tención.

            Si tú deseas matar al otro y él te mata a ti, mueres como si fueras un homicida. Si ganas la batalla, pero matas a alguien con el deseo de humillarle o de vengarte, seguirás viviendo, pero quedas como un homicida, y ni muerto ni vivo, ni vence­dor ni vencido, merece la pena ser un homicida. Mezquina victoria la que, para vencer a otro hombre, te exige que su­cumbas antes frente a una inmoralidad; porque si te ha venci­do la soberbia o la ira, tontamente te ufanas de haber vencido a un hombre. Puede ser que haya que matar a otro por pura autodefensa, no por el ansia de vengarse ni por la arrogancia del triunfo. Pero yo diría que ni en ese caso sería perfecta la victoria, pues entre dos males, es preferible morir corporal­mente y no espiritualmente. No porque maten al cuerpo muere también el alma: sólo el alma que peca moriirá.

II. LA MILICIA SECULAR

             3. Entonces, ¿cuál puede ser el ideal o la eficacia de una milicia, a la que yo mejor llamaría malicia, si en ella el que mata no puede menos de pecar mortalmente y el que muere ha de perecer eternamente? Porque, usando palabras del Apóstol: El que ara tiene que arar con esperanza, y el que trilla con esperanza de obtener su parte.

           Vosotros, soldados, ¿cómo os habéis equivocado tan es­pantosamente, qué furia os ha arrebatado para veros en la necesidad de combatir hasta agotaros y con tanto dispendio, sin  más salarlo que el de la muerte o el del crimen? Cubrís vues­tros caballos con sedas; cuelgan de vuestras corazas telas bellí­simas; pintáis las picas, los escudos y las sillas; recargáis de oro, plata y pedrerías bridas y espuelas. Y con toda esta pom­pa os lanzáis a la muerte con ciego furor y necia insensatez. ¿Son éstos arreos militares o vanidades de mujer? ¿O crees que por el oro se va a amedrentar la espada enemiga para respetar a hermosura de las pedrerías y que no traspasará los tejidos de seda?

Vosotros sabéis muy bien por experiencia que son tres las cosas que más necesita el soldado en el combate: agilidad con reflejos y precaución para defenderse; total libertad de movi­mientos en su cuerpo para poder desplazarse continuamente; y decisión para atacar. Pero vosotros mimáis la cabeza como las damas, dejáis crecer el cabello hasta que os caiga sobre los ojos; os trabáis vuestros propios pies con largas y amplias ca­misolas; sepultáis vuestras blandas y afeminadas manos dentro de manoplas que las cubren por completo. Y lo que todavía es más grave, porque eso os lleva al combate con grandes ansie­dades de conciencia, es que unas guerras tan mortíferas se jus­tifican con razones muy engañosas y muy poco serias. Pues de ordinario lo que suele inducir a la guerra  ‑a no ser en vuestro caso‑  hasta provocar el combate es siempre pasión de iras incontroladas, el afán de vanagloria o la avaricia de conquistar territorios ajenos. Y estos motivos no son suficientes para poder matar o exponerse a la muerte con una conciencia tran­quila.

 III. LA NUEVA MILICIA

            4. Mas los soldados de Cristo combaten confiados en las batallas del Señor, sin temor alguno a pecar por ponerse en peligro de muerte y por matar al enemigo. Para ellos, morir o matar por Cristo ¿o implica criminalidad alguna y reporta una gran gloria. Además, consiguen dos cosas: muriendo sirven a Cristo, y matando, Cristo mismo se les entrega como premio. El acepta gustosamente como una venganza la muerte del ene­migo y más gustosamente aún se da como consuelo al soldado que muere por su causa. Es decir, el soldado de Cristo mata con seguridad de conciencia y muere con mayor seguridad aún.

            Si sucumbe, él sale ganador; y si vence, Cristo. Por algo lleva la espada; es el agente de Dios, el ejecutor de su reproba­ción contra el delincuente. No peca como homicida, sino ‑di­ría yo‑ como malicida, el que mata al pecador para defender a los buenos. Es considerado como defensor de los cristianos y vengador de Cristo en los malhechores. Y cuando le matan, sabernos que no ha perecido, sino que ha llegado a su meta. La muerte que él causa es un beneficio para Cristo. Y cuando se la infieren a él, lo es para sí mismo. La muerte del pagano es una gloria para el cristiano, pues por ella es glorificado Cristo. En la muerte del cristiano se despliega la liberalidad del Rey, que le lleva al soldado a recibir su galardón. Por este motivo se alegrará el justo al ver consumada la venganza. Y podrá decir: Hay premio para el Justo, hay un Dios que hace Justicia sobre la tierra. No es que necesariamente debamos matar a los paga­nos si hay otros medios para detener sus ofensivas y reprimir su violenta opresión sobre los fieles. Pero en las actuales circunstancias es preferible su muerte, para que no pese el cetro de los malvados sobre el lote de los justos, no sea que los justos extiendan su mano a la maldad.

            5. Si al cristiano nunca le fuese lícito herir con la espada, ¿cómo pudo el precursor del Salvador aconsejar a los soldados que no exigieran mayor soldada que la establecida y cómo no condenó absolutamente el servicio militar? Si es una profesión para los que Dios destinó a ella, por no estar llamados a otra más perfecta, me pregunto: ¿quiénes podrán ejercerla mejor que nuestros valientes caballeros?

            Porque gracias a sus armas tenemos una ciudad fuerte en Sión, baluarte para todos nosotros; y arrojados ya los enemi­gos de la ley de Dios, puede entrar en ella el pueblo justo que se mantiene fiel. Que se dispersen las naciones belicosas; ojalá sean arrancados todos los que os exasperan, para excluir de la ciudad de Dios a todos los malhechores, que intentan llevarse las incalculables riquezas acumuladas en Jerusalén por el pue­blo cristiano, profanando sus santuarios y tomando por here­dad suya los territorios de Dios. Hay que desenvainar la espa­da material y espiritual de los fieles contra los enemigos soli­viantados, para derribar todo torreón que se levante contra el conocimiento de Dios, que es la fe cristiana, no sea que digan las naciones: ¿Dónde está su Dios?

 

            6. Una vez expulsados los enemigos, volverá él a su casa y a su parcela. A esto se refería el Evangelio cuando decía: Vuestra casa se os quedará desierta. Y se lamenta con las pala­bras del profeta: He abandonado mi casa y desechado mi he­redad. Pero hará que se cumplan también estas otras profecías: El Señor redimió a su pueblo y lo rescató de una mano más poderosa. Vendrán entre aclamaciones a la altura de Sión y afluirán hacía los bienes del Señor, Alégrate ahora Jerusalén, y fíjate cómo ha llegado el día de tu salvación. Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusalén, que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén; el Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones. Doncella de Jerusal, ¿no habías caído y no tenías quien te levantara? Ponte en pie, sacúdete el polvo, Jeru­salén cautiva, hija de Sión. Ponte en pie, sube ala altura, mira el consuelo y la alegría que te trae tu Dios. Ya no te llamarán «abandonada», ni a tu tierra «devastada»; porque el Señor te prefiere a ti y tu tierra será habitada. Levanta los ojos en torno y mira: Todos éstos se reúnen para venir a ti. Este es el auxilio que te envía desde el santuario.

Por medio de ellos se te está cumpliendo la antigua prome­sa: Te haré el orgullo de los siglos, la delicia de todas las eda­des; mamarás la leche de los pueblos, mamarás al pecho de los reyes. Y más abajo: Como a un niño a quien su madre consue­la, así os consolaré yo; en Jerusalén seréis consolados, Ya veis con qué testimonios tan antiguos y tan abundantes se aprueba esta nueva milicia y cómo lo que habíamos oído lo hemos visto en la ciudad de Di os, del Señor de los ejércitos.

Pero es importante, con todo, no darles a estos textos una interpretación literal que vaya contra su sentido espiritual. No sea que dejemos de esperar a que se realice plenamente en la eternidad lo que ahora aplicamos al tiempo presente por to­mar al pie de la letra las palabras de los profetas. Pues lo que ya estamos viendo haría evaporarse la fe que tenemos en lo que aún no vemos; la pobre realidad que ya poseemos nos haría desvalorar todo lo demás que esperamos, y la realidad de los bienes presentes nos haría olvidar la de los bienes futuros. Por lo demás, la gloria temporal de la ciudad terrena no des­truye la de los bienes celestiales, sino que la robustece, con tal de que no dudemos un momento que es sólo una figura de laotra Jerusalén que está en los cielos, nuestra Madre.

 IV. LA VIDA DE LOS CABALLEROS TEMPLARIOS

             7. Digamos ya brevemente algo sobre la vida y costum­bres de los caballeros de Cristo, para que les imiten o al menos se queden confundidos los de la milicia que no lucha exclusi­vamente para Dios, sino para el diablo; cómo viven cuando están en guerra o cuando permanecen en sus residencias. Así se verá claramente la gran diferencia que hay entre la milicia de Dios y la del mundo.

            Tanto en tiempo de paz como en tiempo de guerra, obser­van una gran disciplina y nunca falla la obediencia, porque, como dice la Escritura, el hijo indisciplinado perecerá: Pecado de adivinos es la rebeldía, crimen de idolatría es la obstinación; van y vienen a voluntad del que lo dispone, se visten con lo que les dan y no buscan comida ni vestido por otros medios. Se abstienen de todo lo superfluo y sólo se preocupan de lo imprescindible. Viven en común, llevan un tenor de vida siem­pre sobrio y alegre, sin mujeres y sin hijos. Y para aspirar a toda la perfección evangélica, habitan juntos en un mismo lugar sin poseer nada personal, esforzándose por mantener la unidad que crea el Espíritu, estrechándola con la paz. Diríase que es una multitud de personas en la que todos piensan y sienten lo mismo, de modo que nadie se deja llevar por la voluntad de su propio corazón, acogiendo lo que les mandan con toda sumisión.

            Nunca permanecen ociosos ni andan merodeando curiosa­mente. Cuando no van en marchas ‑lo cual es raro‑, para no comer su pan ociosamente se ocupan en reparar sus armas 0 coser sus ropas, arreglan los utensilios viejos, ordenan sus cosas y se dedican a lo que les mande su maestre inmediato o trabajan para el bien común. No hay entre ellos favoritismos; las deferencias son para el mejor, no para el más noble por su alcurnia. Se anticipan unos a otros en las señales de honor. Todos arriman el hombro a las cargas de los otros y con eso cumplen la ley de Cristo. Ni una palabra insolente, ni una obra inútil, ni una risa inmoderada, ni la más leve murmura­ción, ni el ruido más remiso queda sin reprensión en cuanto es descubierto.

            Están desterrados el juego de ajedrez o el de los dados. Detestan la caza, y tampoco se entretienen ‑como en otras partes‑ con a captura de aves al vuelo. Desechan y abominan a bufones, magos y juglares, canciones picarescas y espectáculos de pasatiempo, por considerarlos estúpidos y falsas locuras. Se tonsuran el cabello, porque saben por el Apóstol que al hombre le deshonra dejarse el pelo largo. Jamás se rizan la cabeza, se bañan muy rara vez, no se cuidan del peinado, van cubiertos de polvo, negros por el sol que les abrasa y la malla que les protege.

 

            8. Cuando es inminente la guerra, se arman en su interior con la fe y en su exterior con el acero sin dorado alguno; y armados, no adornados, infunden el miedo a sus enemigos sin provocar su avaricia. Cuidan mucho de llevar caballos fuertes y ligeros, pero no les preocupa el color de su pelo ni sus ricos aparejos. Van pensando en el combate, no en el lujo; anhelan la victoria, no la gloria; desean más ser temidos que admira­dos; nunca van en tropel, alocadamente, como precipitados por su ligereza, sino cada cual en su puesto, perfectamente organizados para la batalla, todo bien planeado previamente, con gran cautela y previsión, como se cuenta de los Padres.

            Los verdaderos israelitas marchaban serenos a la guerra. Y cuando ya habían entrado en la batalla, posponiendo su habi­tual mansedumbre, se decían para sí mismos: ¿No aborreceré, Señor, a los que te aborrecen; no me repugnarán los que se te rebelan? Y así se lanzan sobre el adversario como si fuesen ovejas los enemigos. Son poquísimos, pero no se acobardan ni por la bárbara crueldad de sus enemigos ni por su multitud incontable. Es que aprendieron muy bien a no fiarse de sus fuerzas, porque espe­ran la victoria del poder del Dios de los Ejércitos.

            Saben que a él le es facilísimo, en expresión de los Macabeos, que unos pocos envuelvan a muchos, pues a Dios lo mis­mo le cuesta salvar con unos pocos que con un gran contingente; la victoria no depende del número de soldados, pues la fuerza llega del cielo. Muchas veces pudieron contemplar cómo uno perseguía a mil, y dos pusieron en fuga a diez mil. Por esto, como milagrosamente, son a la vez más mansos que los corderos y más feroces que los leones. Tanto que yo no sé  cómo habría que llamarles, si monjes o soldados. Creo que

para hablar con propiedad, sería mejor decir que son las dos cosas, porque saben compaginar la mansedumbre del monje con la intrepidez del soldado. Hemos de concluir que realmente       es el Señor quien lo ha hecho y ha sido un milagro patente. Dios se los escogió para sí y los reunió de todos los confines de la tierra; son sus siervos entre los valientes de Israel, que  fieles y vigilantes, hacen guardia sobre el lecho del verdadero Salornón. Llevan al flanco la espada, veteranos de muchos combates.

  (Obras Completas de San Bernardo de Claraval, Edición Bilingüe, Edición preparada por los monjes cistercienses de España, Tomo I, BAC,  nº 444, Madrid 1993-2ª,  págs.  494-543).

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Historiadores de la antigua generación, que escribieron acerca de las condiciones monásticas antes de la Reforma, prefirieron usar términos como «declinar», «decadencia» o «corrupción» indicando que las órdenes en cuestión fueron las causantes de su propia ruina por negligencia perezosa o deliberada relajación de sus normas de disciplina iniciales. Los síntomas de la decadencia cisterciense, si éste fuera el término correcto, son todos completamente obvios. La preocupación del Capítulo General por el agudo incremento de los casos de indisciplina, no fue de ninguna manera la prueba más espectacular de la gravedad de los problemas. La expansión frenada, la disminución de vocaciones y los hermanos legos en vías de desaparición, son factores más tangibles y más influyentes para formarse un juicio desfavorable sobre la situación de la Orden en los siglos XIV y XV.

Entre 1250 y 1300, la Orden fundó cincuenta casas nuevas; durante la primera mitad del siglo XIV el número de fundaciones bajó a diez; de 1350 a 1400 las crónicas registran sólo cinco. En Flandes, la gran abadía de Las Dunas alcanzó su máximo de población en 1300 con doscientos once monjes de coro y más de quinientos legos. Hacia el fin del siglo XIV, el número de monjes se había reducido a sesenta y uno y no había ningún converso. Himmerod, en la zona del Rhin, tenía sesenta monjes y doscientos hermanos legos al alborear el siglo XIII; en 1371, se reunieron únicamente trece sacerdotes para una elección abacial. Una abadía modesta de Francia, Aiguebelle, contaba en las postrimerías del siglo XIII treinta y seis habitantes, entre ellos unos ocho o diez legos; en 1326, había solamente dieciséis monjes; hacia 1350, se redujeron a catorce, y en 1447, a diez. Después de 1418, las crónicas de Aiguebelle no mencionan más a ningún lego.

Un estudio del número de clérigos en la Inglaterra medieval indica que la Orden cisterciense alcanzó su cifra más alta en los primeros años del siglo XIV, con mil seiscientos cincuenta y seis monjes. Hacia 1381, el total disminuyó hasta ochocientos veinticuatro, aunque posteriormente, en el siglo XV las cifras comenzaron a ascender nuevamente, alcanzando a mil en vísperas de la Disolución. En otros países también puede observarse un aumento tardío, pero no debe existir duda sobre la gran merma de vocaciones a todo lo largo del siglo XIV.

Las causas de esta decadencia deben buscarse en algo mucho más profundo que la falta de observancia de ciertas normas; más aún, es muy posible que la multiplicación de problemas disciplinares no fueran la causa, sino un síntoma del cambio drástico operado en el medio ambiente social, donde las abadías existían como elementos extraños, reliquias del pasado sin ningún mensaje significativo para una sociedad que ya no las comprendía. Un problema similar, aunque de menor gravedad, pudo solucionarse en el siglo XIII adoptando nuevas modalidades educativas, cuando los monjes simplemente se vistieron un nuevo ropaje académico sobre sus cogullas. Pero la civilización de la Alta Edad Media pronto dejó atrás las orgullosas universidades, a los mendicantes, que pese a su popularidad extraordinaria, sufrieron una crisis aún mayor que las órdenes monásticas.

La nueva era no puede considerarse en modo alguno como antirreligiosa; al contrario, las devociones populares y las cofradías piadosas alcanzaron un nuevo clímax de fervor. Pero se dio la extraña paradoja de que la nueva expresión de la piedad era con frecuencia anticlerical, daba gran énfasis al papel del laicado y trataba de establecer una relación más íntima y profundamente personal entre Dios y el creyente, sin el estorbo de los votos y del elaborado ritual de las actividades diarias de los monjes. Todo esto dio por resultado la aparición de asociaciones informales de devotos hombres y mujeres laicos que, viviendo en casas comunes en medio de la ciudad, se dedicaban a la meditación y obras de caridad. La figura sobresaliente de este movimiento fue Gerardo Groote (1340-1384) de Deventer, cuyos seguidores fueron conocidos como «los Hermanos de la vida común», aunque ellos se negaron categóricamente a formar una nueva «orden» bajo título alguno. La Imitación de Cristo fue la expresión más sublime de la nueva espiritualidad, la devotio moderna. Es un trabajo de encanto y simplicidad inimitables, aunque su humilde autor, Tomás de Kempis (1380-1470) no hizo más que recoger la sabiduría religiosa de un cierto número de sus congéneres.

Se podría decir, a título de aproximación puramente teórica al problema, que si las antiguas órdenes, incluyendo a los cistercienses, hubieran querido mantenerse al tanto de la vida religiosa, asegurar su popularidad y el aflujo de vocaciones, tendrían que haber abrazado las nueva formas de espiritualidad y devoción. No obstante, en la práctica, la adaptabilidad de una orden religiosa está estrictamente limitada por sus propias tradiciones, en especial por aquellos elementos estructurales que no pueden modificarse continuamente sin correr el riesgo de una pérdida de la identidad de la Orden. Como puede descubrir cualquier lector imparcial de los protocolos del Capítulo General, la Orden cisterciense hizo valerosos esfuerzos por mantener un nivel razonable de disciplina, mientras se aseguraba el aflujo de las vocaciones indispensables para sobrevivir. Los cistercienses sobrellevaron la crisis, pero es innegable que la mayoría de aquellos que se unieron a las antiguas abadías, no lo hicieron porque encontraron allí la oportunidad de desarrollar su propia vida espiritual de perfección, sino porque esos monasterios ofrecían todavía una vida respetable con una seguridad y confort relativos. Todos los que se inclinan a culpar a la Orden o a sus dirigentes de las consecuencias indeseables, pero inevitables, de tal situación, pasan por alto el hecho que las órdenes monásticas eran componentes integrales de la vieja sociedad feudal, y su destino estaba marcado por la sociedad en la que se habían originado. El monacato decayó a la par que el feudalismo. Ninguna organización religiosa ligada en forma tan íntima a las estructuras básicas de una sociedad, como los cistercienses, podría prosperar en un mundo donde los ideales que le habían dado origen no tenían ya vigencia. La simple supervivencia de órdenes en una época que otras instituciones medievales quedaron en el camino, debe ser tomada como un signo de vitalidad excepcional, que salvó los valores espirituales del monaquismo para que pudieran alcanzar una nueva vida, para cuando se diera en el futuro una atmósfera social más favorable.

Sumados a estos problemas que amenazaban a su misma existencia, había innumerables causas externas que agravaban la crisis en casi todas las comunidades monásticas. El papado de Aviñón, en alianza con el gobierno real de Francia, ejerció una presión financiera intolerable sobre la Orden, en el preciso momento en que el cambio del sistema económico-social acababa de arruinar la floreciente agricultura cisterciense. Las abadías siempre en crisis financiera, comenzaron a incorporar parroquias en gran cantidad, como fuente de ingresos, aunque la legislación primitiva adoptara medidas rigurosas contra los monjes que ejerciesen un ministerio activo fuera de sus comunidades. Una forma de soslayar el dilema era asalariar sacerdotes seculares, que trabajaban como tenientes curas en parroquias, a cambio de un sueldo relativamente reducido, mientras el grueso de las entradas podía enriquecer a la abadía correspondiente. Por esta misma razón, miembros de las órdenes mendicantes recibidos dentro de la Orden cisterciense, y después de su profesión, se dedicaron a la cura pastoral.

El Gran Cisma de Occidente (1378-1417) aisló a Cister del resto de la Orden, haciendo que el Capítulo General fuera ineficaz durante una generación. El romano pontífice Urbano VI (1378-1389), lo mismo que su sucesor Bonifacio IX (1389-1404) prohibieron todo contacto entre las casas leales a Roma y Cister, que, como el resto de Francia, reconocía al papa de Aviñón, Clemente VII. En lugar de Cister, los papas romanos promovieron capítulos generales y nacionales en otros lugares, que eran principalmente ocasión para recaudar de forma efectiva las contribuciones de la Orden al Papa. De este modo, entre 1382 y 1408, se realizaron por lo menos catorce sesiones del Capítulo General fuera de Francia; tres en Roma (1382, 1383, 1390); dos en Viena (1393, 1397): una en Nüremberg (1408), una en Worms (1384) y siete en Heilsbronn (1394, 1398, 1400, 1402, 1403, 1406, 1407). Para remediar la falta de administración central, Urbano VI designó a un italiano como «Abad de Cister», a varios abades sucesivamente como «abades de Morimundo», y conservó a un «Vicario General» para toda la Orden en Roma. Bonifacio IX continuó la misma política; su «vicario general» fue Juan Castiel, abad de Brondolo, responsable de la organización de cierto número de los capítulos mencionados anteriormente. En 1409, tras el Concilio de Pisa, el Capítulo General retornó por primera vez a Cister, donde, de acuerdo con uno de los participantes, se reunieron doscientos veintiocho abades.

También se agregaron capítulos nacionales a las asambleas generales. Durante el cisma, los abades de Inglaterra, Escocia e Irlanda fueron alentados a convocar ese tipo de sesiones en 1381 y 1386. Los capítulos de 1394 y 1400 tuvieron lugar en Saint Mary Graces, en Londres, y en 1401, Bonifacio IX ordenó que se celebraran capítulos nacionales ingleses cada tres años bajo la presidencia del Abad de Waverley o del de Furness. La relación de las abadías inglesas y galesas con Cister no mejoró, ni siquiera después de terminado el cisma. En 1437, en vista de las continuas hostilidades, los abades volvieron a las disposiciones que prevalecían bajo Bonifacio IX, y elevaron una súplica al papa Eugenio IV para poder reunir capítulos trienales entre ellos mismos, de tal forma «que pudieran corregir y legislar, decidir y ordenar, a medida que surgieran las necesidades, en todo lo que fuera pertinente a la reputación y desarrollo de la Orden». Se aceptó la petición para tres años.

El Concilio de Constanza (1414-1418) restauró la unidad de la Cristiandad occidental, pero la ejecución por hereje de Juan Huss, un profesor de teología con mucha ascendencia, en Praga, desató la guerra de los husitas (1419-1436). Los ejércitos rebeldes, bien organizados, sembraron el terror en muchas partes de Austria, Bohemia, Moravia y Silesia, destruyendo en esas provincias unas treinta abadías cistercienses. Las que sufrieron más profundamente fueron las ricas abadías de Silesia, y por lo menos seis de ellas (Leubus, Heinrichau, Kamenz, Rauden, Himmelwitz, Grüssau) fueron saqueadas por completo repetidas veces, con grandes pérdidas de vidas. Las abadías quedaron vacías durante muchos años, mientras su total ruina económica fue un obstáculo para su reconstrucción, aún después de conseguida la paz. Por esta causa, fue sólo en 1448 cuando se pudieron reanudar los oficios divinos en Leubus, después de un lapso de dieciocho años. El cronista de la abadía lo explica así: «El abad Esteban de Leubus ordenó a su comunidad que reanudara el canto de todas las horas canónicas y del oficio de difuntos. En su benevolencia, el propio señor Abad ofrece a sus monjes todos los días la medida acostumbrada de buena cerveza, que él mismo suele beber». Pero en todas partes la recuperación fue precaria, debido a las luchas prolongadas por la sucesión dinástica al trono de Bohemia, y a la peste que reaparecía con frecuencia.

Alemania fue escenario de la anarquía, sin ninguna protección legal contra el azote de la guerra privada o el bandolerismo generalizado, durante la mayor parte del siglo XIV. Las abadías cistercienses, en su aislamiento rural, eran siempre un blanco tentador para el pillaje de las bandas de ladrones en busca de presa fácil. En tales circunstancias, se hizo difícil la vida monástica disciplinada y a veces aun la mera supervivencia. Entre algunos ejemplos trágicos, puede citarse el de la grande y próspera abadía de Lehnin, en Brandenburgo, que por cierto no fue un caso aislado. En 1319, con el consentimiento obvio de las autoridades vecinas, esta abadía fue ocupada por una banda de criminales armados, quienes, aterrorizando a los monjes, obligaron a la elección de uno de los suyos como abad por tres períodos sucesivos, permaneciendo seguros en la misma hasta 1339. La convirtieron en fortaleza y la usaron como base para expediciones de pillaje, mientras ataban o encerraban en prisión a los monjes que protestaban.

En esta misma turbulenta centuria, los señores feudales alemanes intentaron forzar la sumisión de cierto número de abadías cistercienses, bajo pretexto de «protección». La rica Maulbronn fue elemento de disputa entre los condes de Württemberg y del Palatinado, en el siglo XIV. El monasterio fue poderosamente fortificado y convertido en guarnición, ya sea por uno o por otro de los rivales, haciendo casi imposible la vida monástica pacífica. Con el tiempo, merced a la intervención imperial, prevalecieron los derechos de los condes (posteriormente duques) de Württemberg, quienes no dudaron en exigir por la fuerza a los indefensos monjes ciertos beneficios económicos y jurisdiccionales, aunque nominalmente el emperador retuviera el título de «abogado y defensor supremo y verdadero» de Maulbronn. Finalmente, en 1504, el emperador Maximiliano reconoció a Maulbronn como parte del territorio de Württemberg, donde toda la administración secular, incluyendo la «instrucción alta y baja», pertenecía al duque Ulrico.

Un destino similar aguardaba a Herrenalb, en la diócesis de Spira, y a Königsbronn, apadrinada por los Habsburgos, en la diócesis de Augsburgo. Aunque ambas abadías habían recibido originariamente garantías de libertad frente a la intervención feudal, los gobernantes de Württemberg nunca renunciaron a su título de protectores. Durante los siglos XIV y XV, por la diplomacia o por la fuerza, se las arreglaron para imponer su «protección» sobre las abadías, por la cual los monjes tenían que pagar asumiendo distintas obligaciones legales y fiscales. La naturaleza lucrativa de esa protección está bien demostrada por el hecho que en una de las fases de la contienda jurisdiccional, en 1313, el emperador Carlos IV transfirió temporalmente al Conde de Helfenstein la defensa de Königsbronn, a cambio del pago de 600 marcos de plata. Después de que el duque Ulrico I de Württemberg (1498-1550) abrazara la Reforma luterana, se completó simplemente el proceso de secularización de Maulbronn, Herrenalb, y Königsbronn.

Más afortunada fue la populosa Salem, en Suabia. El desorden general causó mucho daño después de la caída de los Hohenstaufen, así que, en 1263, el abad Eberardo II estudió la posibilidad de dispersar su comunidad. La sucesión de Rodolfo de Habsburgo (1273) abrió sin embargo las puertas a la recuperación. Bajo el abad Ulrico II (1282-1311), las entradas anuales aumentaron de 300 a 1.000 marcos, y hacia 1311, el monasterio albergaba nuevamente a 310 monjes y hermanos. En 1314, la doble elección de Luis de Baviera y Federico de Habsburgo desató una guerra civil que duró otra generación. Salem tomó partido al lado de los Habsburgos y el papado, exponiendo las propiedades monásticas a los ataques repetidos de la oposición. El abad Conrado de Enslinger (1311-1337) fue dos veces secuestrado para obtener rescate. Las deudas del monasterio llegaron a 8.000 florines, y en 1322, el abad pidió la aprobación papal para la incorporación de tres parroquias. Mientras tanto, la abadía abonaba gruesas sumas por la totalmente ineficaz protección militar de los condes de Heiligenberg; el abad gastó 300 libras por este concepto sólo el año 1327.

Finalmente, en 1348, Carlos IV de Luxemburgo, a poco de ser elegido, revocó la protección ejercida por la familia Heiligenberg y declaró que él y sus sucesores serían los únicos protectores de la abadía. Una cédula imperial de 1354, otorgaba a la abadía amplias inmunidades fiscales y judiciales, que fueron aumentadas posteriormente, en 1485, por el emperador Federico III. Por ellas, Salem se convirtió en una «abadía imperial» (Reichsunmittelbar) independiente, lo que se simbolizaba por la participación de los abades en las dietas imperiales. En ese entonces y en circunstancias similares, las casas bávaras de Kaisheim y Waldsassen obtuvieron también el status de «abadías imperiales».

Después del colapso del poder imperial, Italia se convirtió en el campo de batalla de una guerra perpetua entre las ambiciosas ciudades-estado, mientras los establecimientos monásticos sufrían la misma suerte que en Alemania. San Galgano, la abadía cisterciense más grande de Toscana, buscó en 1262 la protección de Siena, pero durante el siglo XIV fue víctima de las continuas escaramuzas entre Siena y Florencia. En 1365, el famoso condottiere inglés al servicio de Florencia, Sir John Hawkwood, capturó San Galgano y sentó allí sus reales. En 1397, el único habitante del otrora popular santuario era el abad, Lodovico di Tano, que se vio obligado a vender la propiedad monástica poco a poco, para poder pagar los exorbitantes impuestos papales.

En Inglaterra y en las regiones de Francia dominada por los ingleses, la autoridad de Cister estaba harto restringida, mucho antes de declararse la Guerra de los Cien Años. Las visitas regulares se tornaron imposibles, y muchas abadías fueron víctimas indefensas de la rapacidad de la política fiscal en ambos países. Ocurría con frecuencia que los abades bajo el gobierno inglés se vieran impedidos de concurrir al Capítulo General o mandar su contribución a Cister, y la visita regular de los padres inmediatos franceses a Inglaterra se hizo o imposible o inútil. El resultado inevitable fueron abusos difundidos y sin castigo. Bindon, en el Dorset, puede servir durante el período de 1306-1337 como triste ejemplo de estas intolerables condiciones. El abad Juan Montecute, después de varios años de mal gobierno, fue obligado a dimitir en 1316, y reemplazado por Rogelio Hornhull. Pero pocos años después, Montecute y ocho monjes más abandonaron la comunidad y se aliaron con simpatizantes laicos locales, atacaron y conquistaron el monasterio, se llevaron todos los objetos de valor, conjuntamente con el sello, y tomaron como rehenes a algunos monjes que se resistieron. Dado que Juan Chidley, abad de Ford y «padre» de Bindon no podía o no quería intervenir, Rogelio Hornhull pidió ayuda a Eduardo III (1327-1377), quien ordenó al Conde de Devon restaurar el orden y recobrar los objetos robados. El hecho que esta orden tuviera que ser repetida cuatro veces indica, sin embargo, que no se cumplió; probablemente porque la población local apoyaba a los rebeldes. Finalmente, en 1331, Montecute fue capturado con algunos de su pandilla, luego escaparon y fueron recapturados, pero se los consideró peligrosos, aún en prisión, razón por la cual el rey Eduardo pidió a Guillermo, abad de Cister, que los desterrara a un lugar más seguro y proveyera a Bindon de otro padre inmediato, porque se sospechaba que Juan Chidley de Ford tenía interés en el retorno de Montecute.

Todos estos incidentes dan sólo una idea anticipada de lo que iba a suceder a escala nacional. después de la declaración de la Guerra de los Cien Años en 1337. Cister se encontró aislada del resto del mundo. La asistencia al Capítulo anual quedó restringida, la mayor parte del tiempo, a las abadías más cercanas de Borgoña. Las crónicas del Capítulo reflejan claramente la profunda frustración de los participantes que observaban como las condiciones existentes en toda Francia empeoraban cada vez más y no existía ninguna esperanza de solución efectiva. Los documentos de que disponemos, en una monótona relación de la completa e interminable destrucción, no dejan lugar a duda sobre que virtualmente todas las comunidades estuvieron expuestas, en una u otra circunstancia, al vandalismo de las tropas errantes o de los mercenarios merodeadores. El saqueo y el incendio premeditados eran agravados frecuentemente por el asesinato. Los monjes, aterrados, huyeron hacia plazas fortificadas, dejando vacíos los monasterios durante años enteros. En 1364, los monjes de Cister se vieron obligados a buscar refugio en Dijon, donde la abadía tenía una casa llamada «Lamonoye». Luego, pidieron a Urbano V que les permitiera quedarse y realizar los oficios divinos en ese lugar hasta el fin de las hostilidades. Respondiendo a esta súplica, el Papa otorgó un permiso a todos los cistercienses de Francia para trasladarse a lugares más seguros, y autorizaba a los monjes a instalar y transportar altares portátiles donde quiera que fueran, para poder llevar a cabo sus oficios religiosos. Las tierras de los monasterios quedaron sin cultivar y, dada la falta de fondos, las abadías eran incapaces aun de hacerse cargo de sus muy reducidas comunidades. Los monjes, empujados por el hambre, erraban con frecuencia de aldea en aldea mendigando comida. Tal fue el caso de los monjes de Boulancourt, quiénes, después de la destrucción total de la abadía en 1381, sobrevivieron gracias a la caridad, dejando vacío el claustro durante veintidós años.

Las visitas regulares sufrieron una interrupción, y los abusos se multiplicaron, en especial cuando, por medio del dinero o de la violencia, un hombre indigno lograba el cargo de abad. El Capítulo General ya no tuvo más medios efectivos para intervenir; con demasiada frecuencia las autoridades locales eran cómplices, y condiciones, que en los buenos tiempos hubieran sido inconcebibles, prevalecieron indefinidamente. Como datos informativo son suficientes algunos de los incidentes mejor documentados.

Guyenne, en el sudoeste, fue disputada continuamente por ambos bandos, convirtiéndose en el escenario trágico de los peores desórdenes y destrucción. En Candeil, alrededor de 1372, el número de monjes disminuyó de sesenta a doce, pero tampoco se pudo proveer de lo necesario a estos pocos porque, mediante simonía, un intruso indigno llegó a ser abad. Bernardo, que así se llamaba, pasaba su tiempo jugando a los dados, perdiendo cientos de florines de una vez, manteniendo a tres concubinas, se entregaba a la caza y habitualmente estaba en guerra; se lo acusaba formalmente de un homicidio y, de acuerdo con la crónica, se culpaba a varios de sus monjes de delitos similares. Pero lo más característico de la falta de comunicación y control imperantes, es que el Capítulo General no pudo prestar atención al escándalo. Fue el papa Gregorio XI quien, después de inútiles amonestaciones, ordenó al Obispo de Albi y al Abad de Grandselve que tomaran medidas enérgicas contra el abad causante del escándalo. No se sabe como terminó el incidente, pero es muy dudoso que Grandselve estuviera en condiciones de dar una ayuda significativa. En verdad, Grandselve era la abadía más poderosa y poblada de la zona, pero en 1349 se había empobrecido a tal extremo, que la casa era incapaz de mantener a sus miembros, y hasta el gobierno francés ordenó a sus cobradores de impuestos pasar de largo por la abadía. En 1357, el papa Inocencio VI escribió una carta a las autoridades inglesas bajo Eduardo, el «Príncipe Negro», pidiendo consideración para Grandselve, al borde de un desastre completo. Todavía en 1364, Urbano V se refería a la misma como «el más devastado de todos los monasterios de la región, debido a las terribles guerras y pestes». Esas tierras, que una vez fueran ricas, se convirtieron en campos de batalla y hasta fueron arruinadas sus propiedades urbanas; en 1367, los habitantes de Burdeos demolieron dos casas de su posesión, y usaron las piedras para reparar las fortificaciones.

Las visitas regulares, aun cuando se las ordenaba y llevaba a cabo, no constituían un éxito en modo alguno. El derrumbamiento moral y financiero de Bonnefontaine, en 1364, necesitaba de una visita, que el mismo abad Guido pidió. Sin embargo, un monje disidente, Juan de Hermontville, fomentaba una oposición violenta dentro de la abadía y, cuando arribaron los abades de Signy, Foigny y Valroy, encontraron las puertas cerradas. Al segundo grupo de visitadores, les fue todavía peor; los rebeldes los tomaron prisioneros e hicieron lo mismo con su superior. Este caso, conocido por todos en Aviñón, tampoco fue registrado por el Capítulo General. Aunque en 1374, ordenó Gregorio XI al Abad de Cister que pacificara la turbulenta comunidad, pero faltan detalles de la acción posterior.

El subsiguiente cisma de la Iglesia, al que puso fin el retorno de Urbano VI a Roma en 1377, hizo más profunda la atmósfera de pesimismo y desamparo existente en Cister. Los pocos Padres que concurrieron al Capítulo General de 1390, al tratar de describir el estado de la Orden, hacían suyas las palabras del sermón escatológico de Cristo (Mt 24, 12): «…cuando la noche desciende sobre el mundo, como dijo Nuestro Señor, “por haberse multiplicado la maldad, la caridad de muchos se enfriará”. Esta es la razón por la que tan pocos escapan del naufragio de este mundo con el salvavidas que significa la conversión y la santa religión». Reconocían al mismo tiempo que, debido en gran parte a la falta de visitas regulares, «las casas y los monasterios de ambos sexos pertenecientes a nuestra Orden estaban terriblemente deformados, desolados y casi aniquilados, tanto espiritual como materialmente, que en esos días difícilmente conservó alguno la piedad, la religiosidad sincera, o aun vestigios de las observancias de nuestra Orden…»

Estas condiciones empeoraron aún más durante las primeras décadas del siglo XV, cuando la lucha se convirtió en una feroz guerra civil entre los habitantes de Armagnac y Borgoña. La presencia de Juana de Arco (1429) mejoró la suerte de Francia, pero la ley y el orden volvían muy lentamente.

Las condiciones imperantes en Aiguebelle alrededor de 1440, atestiguan claramente que el gobierno de la Orden iba todavía sin rumbo fijo, en medio de problemas de difícil manejo. Juan d’Hostel, anteriormente fraile dominico, fue admitido ilegalmente en esa abadía; luego, en 1441, fue elegido abad, mientras su antecesor ocupaba todavía ese cargo. Al año siguiente, el Capítulo General aprobó su admisión, pero declaró que no podía ser electo para desempeñar el cargo abacial. Sin embargo, logró un férreo control sobre la abadía, y lo mantuvo hasta 1445, cuando el Abad de Morimundo, durante su visita regular, lo excomulgó a él y a sus principales puntales y le ordenó comparecer ante el Capítulo General de ese año. Sin embargo, el intruso desafió el emplazamiento y logró la renuncia formal de su predecesor, por donde el Capítulo General de 1446 no sólo lo reconocía como abad legítimo, sino que lo comisionó también para visitar algunos monasterios de monjas cistercienses. Mas la administración de Juan d’Hostel resultó tan desastrosa, que fue depuesto nuevamente en 1448, y su antecesor reinstalado como abad. Este hombre inquieto rehusó someterse y continuó creando tantos problemas en la abadía, que el Capítulo de 1450 lo excomulgó como «un rebelde contumaz y conspirador».

La elección de miembros de otras órdenes religiosas como abades no era en forma alguna un hecho excepcional, cuando prometía ventajas materiales a los monjes, faltos de recursos. Fueron así electos benedictinos en Benisson-Dieu (1419), Sept-Fons (1419), Les Pierres (1436) y Dalon (1443).

Mientras Francia iniciaba el camino de su reconstrucción bajo Luis XI (1461-1483), Inglaterra caía en una larga y sangrienta guerra civil, la «Guerra de las dos rosas» (1455-1485), que agobió a los ya muy afectados establecimientos monásticos. La asistencia regular al Capítulo General continuó siendo imposible. Un solo abad, Lázaro de Padway, representó a sus congéneres en 1471, y nos lega, en un relato al Abad de Buckfast, una descripción del viaje, llena de aventuras desagradables, «encuentros con enemigos armados, ladrones, grandes peligros, trabajos, temores, molestias y ansiedades». Varios abades alemanes en viaje a Cister fueron capturados por bandoleros en Morimundo, maltratados y conservados prisioneros para cobrar rescate, a pesar de sus pasaportes, salvando únicamente sus vidas. Lázaro aceptó el desafío de proseguir su viaje a Cister, únicamente porque tenía «un corazón de león en su pecho». De regreso a su país pasó por Reims, donde, según escribió, «todos se maravillaban de mi buena suerte y audacia, llegando sano y salvo después de haber atravesado una región infectada de merodeadores y salteadores de caminos».

Unidas a las calamidades interminables de las guerras, hay que recordar que abundaron en el siglo XIV catástrofes naturales en una escala sin precedentes. Entre 1315 y 1317 toda Europa fue asolada por el hambre; treinta años después, el primer gran brote de peste bubónica, la Peste Negra, se propagó por el continente, cobrando las vidas de por lo menos un tercio de la población, en un lapso de tres años. Entre las comunidades monásticas, la proporción de muertes parece haber alcanzado los dos tercios de sus habitantes. Millares de seres humanos fueron marcados por el terror y el desamparo y reducidos a un estado de profunda desesperación. Las consecuencias sociales y económicas condujeron a una ola de insurrecciones de los campesinos y no pocos disturbios en las ciudades que únicamente sirvieron para avivar el espectro de la inminente ruina.

En 1349, el azote de la plaga fue muy duro en Meaux, en el Yorkshire. Como nos cuenta Thomas Burton († 1437), abad y cronista, con cáustico sentido del humor, el desastre fue precedido por un presagio siniestro. El viernes anterior al Domingo de Ramos (27 de marzo), los monjes estaban cantando el Magnificat en el coro, cuando un terrible terremoto los arrojó de sus lugares exactamente en el momento que llegaban al verso: «Derriba del trono a los poderosos». Al comenzar ese año, la abadía contaba con cuarenta y tres monjes, incluyendo al abad y siete conversos; de todos ellos sólo diez monjes sobrevivieron a la epidemia. Lo peor acaeció en agosto, cuando en un mismo día murieron cinco monjes y el Abad Hugo. En Newenham, en Devon, murieron treinta monjes y tres legos entre 1348 y 1349; el Abad Gualterio y dos monjes fueron los únicos sobrevivientes.

En la abadía de Poblet, durante 1348, murieron dos abades sucesivamente, a los que se sumaron cincuenta y nueve monjes y treinta conversos.

Adwert, la gran abadía holandesa, que al alborear el siglo contaba cien monjes y doscientos legos, pagó tributo a la peste en 1350 con la vida de cuarenta y cuatro monjes y ciento veinte conversos. No se conoce la población de la floreciente Pontigny anterior a esos años fatales, pero en 1366 la comunidad contaba únicamente con diecisiete miembros. Al hacer la visita regular a Hungría en 1356, el abad Sigfrido von Waldstein de Rein (1349-1367), nos describe las condiciones en que estaban once abadías: una de ellas, Ercsi, totalmente abandonada. Otras dos, Pásztó y Bélháromkút tenía sólo tres monjes, incluyendo a los abades, y todas las restantes estaban en extremo despobladas. Waldstein, en su informe al rey Luis I, sugería invitar a extranjeros para poblarlas y el retorno obligatorio de los monjes que vagaban por todo el territorio. Los brotes posteriores de la plaga fueron devastadores por igual. En el lapso de tres meses, en el año 1419, la abadía francesa de Vauclair perdió once miembros.

El impacto que la Peste Negra causó en la vida monástica fue mucho más allá de la reducción de miembros o las penurias económicas. Para poder mantener el personal mínimo, el Capítulo General de 1349 permitió que se hiciera la profesión sin completar el año de noviciado, siempre que el candidato tuviera por lo menos catorce años y supiera los Salmos de memoria. Es difícil determinar hasta qué punto llegó una probable reducción de los requisitos morales, pero sin duda la búsqueda de vocaciones llegó a los más bajos niveles sociales. La nobleza desapareció prácticamente entre las filas de los monjes en el siglo XIV. Por ejemplo, en Himmerod, donde a lo largo de los siglos XII y XIII la nobleza estaba bien representada aun entre los legos, hacia mediados del siglo XIV, únicamente burgueses componían la comunidad. Enrique von Randeck, muerto en 1330, fue el último abad noble de Himmerod. Durante los siglos XIV y XV, la lista de monjes sólo arroja cuatro nombres vinculados con familias de la pequeña nobleza local.

Pero el gradual reemplazo de abades elegidos libremente por abades comendatarios fue a la larga mucho más dañina para el monacato que todas las otras calamidades combinadas. El término deriva de «encomienda», esto es el acto de otorgar un beneficio, tal como una abadía, in commendam, lo que implica la misión de administrar o proteger una propiedad eclesiástica vacante. Las primeras prácticas medievales de encomienda se convirtieron justamente en el blanco de los reformadores, y, en la época de la fundación de Cister, el problema era algo que parecía pertenecer al pasado. Sin embargo, a mediados del siglo XIII, en particular bajo Clemente IV (12651268), el derecho de libre elección se vio de nuevo comprometido por la doctrina de los poderes papales ilimitados (plenitudo potestatis), que incluía el derecho de «provisión» de todos los beneficios. Los nombramientos papales en territorios distantes continuaron siendo técnicamente imposibles por un largo tiempo, pero Nicolás II 1 (12771280) insistió en que todas las designaciones debían ser confirmadas por la Curia. El sistema de nombramientos papales directos dio un gigantesco paso adelante durante las décadas de Aviñón. Bajo crecientes presiones financieras, los papas convirtieron tales derechos en fuentes de ingresos, otorgando «bulas» de nombramiento o confirmación de elección a cambio de gratificaciones importantes. Juan XXII (1316-1334) se reservó para sí mismo todos los nombramientos en Italia, y la misma política se desarrolló en otros territorios bajo Benedicto XII y Clemente VI (1342-1352). Cuando a este último se le recordó que tales prácticas no tenían precedentes, se dice que respondió: «nuestros predecesores no tomaron conciencia de que eran papas». Durante el Gran Cisma de Occidente, tanto Roma como Aviñón explotaron los nombramientos papales hasta sus límites extremos, no sólo por razones financieras, sino también para ganar adictos leales. El impuesto que debían pagar alcanzaba normalmente al tercio de las entradas anuales de la prebenda. Bonifacio IX reglamentó en 1399 que aquellos que no abonaran la suma establecida dentro de los dos meses, perderían todo derecho a obtener la posición deseada. Los más favorecidos con el nuevo sistema fueron los sobrinos de los papas, cardenales y otros personajes de rango en la Curia, muchos de los cuales acumulaban gran cantidad de fáciles y ventajosos beneficios. Pocos de esos «abades comendatarios» cuidaban de pasar algún tiempo en sus monasterios, porque su mayor interés radicaba en la recaudación de las rentas abaciales.

La naturaleza abusiva de tales disposiciones no sólo era evidente para las abadías afectadas, sino también para los distintos gobiernos foráneos, resentidos por el hecho que extranjeros ausentes gozaran de substanciosos ingresos. En Inglaterra, ya por 1307, el Estatuto de Carlisle intentó limitar los nombramientos papales, y en 1351, el Estatuto of Provisors defendía los derechos de los electores ingleses y los privilegios reales en materia de patronato. En el Concilio de Constanza (1417), fue muy discutido el tema de las provisiones y encomiendas papales, pero en lugar de prohibir definitivamente los abusos, surgieron modificaciones poco enérgicas. El fracaso de Constanza sólo sirvió para dar coraje a los gobiernos civiles para competir con las ambiciones papales en lo relativo al control de beneficios. A todo lo largo del siglo XV, las elecciones abaciales libres se convirtieron en raras excepciones.

En Francia, la Pragmática Sanción de Bourges (1438) adoptó una posición muy decidida contra la intervención papal en nombramientos eclesiásticos, pero en realidad no defendió el principio de libre elección, pues dejaba abierta la puerta para que el poder real ejerciera presión en forma de «benevolentes recomendaciones». El Papado nunca aceptó los términos de este documento, que fue renovado por Luis XI en 1461. Sin embargo, para los monjes casi no había diferencia en que fuera el rey o el papa quien los privara del derecho de gobernarse sin la constante intervención externa. Esto era lo que justamente señalaba el Parlamento de París en un memorial dirigido a Luis XI en 1467:

«Las rentas de las prebendas son sacadas del país; y los mismos beneficios se enfrentan a la bancarrota; ha desaparecido toda forma de disciplina regular en los monasterios; los oficios divinos se llevan a cabo impropiamente y sin devoción, perjudicando las intenciones de los fundadores y disminuyendo las oraciones debidas a las almas de los benefactores monásticos. Así como se están arruinando los establecimientos materiales, lo mismo acontece con los espirituales. Esas condiciones son comunes entre los monjes, quienes, a causa de la pérdida de disciplina, caen en una vida relajada y frecuentemente reniegan de sus votos… como ovejas errantes sin pastor. A menos que las prebendas vuelvan a los abades regulares, será imposible invertir la ruinosa tendencia que prevalece tanto en lo espiritual como en lo material.»

En los Estados Generales de 1483, se reiteraron las mismas objeciones motivadas por causas idénticas, pero sin resultado. En España, las condiciones no eran mucho mejores. En 1475, el rey Juan II de Aragón exigía a Sixto IV el nombramiento de uno de sus nietos, un bastardo de 6 años, para la sede metropolitana de Zaragoza. Durante cierto tiempo, denegó el Papa esta escandalosa petición, pero otorgó a la criatura una renta proveniente de los beneficios de la catedral. En el Sínodo de Burgos (1511), los obispos españoles alzaron sus voces contra los abades comendatarios nombrados por el Papado, pero el mal tenía raíces muy profundas, y continuó.

Las valientes resoluciones del V Concilio de Letrán (1514) reclamaban la abolición de las encomiendas, pero fueron revocadas por León X, quien, a consecuencia de su derrota en Marignano, se rindió a Francisco 1 de Francia, y en el Concordato de Bolonia (1516) legalizó el control real sobre los nombramientos abaciales. En principio, el rey se comprometía por ese documento a nombrar para tales cargos únicamente a monjes mayores de veintitrés años; pero en la práctica, ni él ni sus sucesores respetaron estas restricciones. Por el contrario, llegó a ser común el nombramiento de laicos y aun de niños. En 1517, el Papa intentó modificar el Concordato para eximir a las órdenes monásticas, pero el rey ignoró el breve papal. En 1531 Clemente VII concedió formalmente la abolición de las elecciones abaciales, exceptuando las de las casas madres: en el caso de los cistercienses únicamente Cister. El Concilio de Trento hizo un intento decisivo por eliminar los desastrosos abusos del sistema de encomiendas, dado que se lo reconocía perfectamente como uno de los mayores escollos para cualquier reforma monástica. Sin embargo, el gobierno real no tenía ninguna voluntad de cooperar. Los cánones del Concilio nunca fueron promulgados en Francia, y el sistema siguió dominando la vida monástica hasta la Revolución Francesa. La única concesión, otorgada en 1558 y luego confirmada por la Ordenanza de Blois en 1579, fue la garantía de elecciones libres en las principales abadías de la Orden: Cister, La Ferté, Pontigny, Claraval y Morimundo. Hacia fines del siglo XVI, la gran mayoría de abadías cistercienses en Francia eran retenidas in commendam, aunque ocasionalmente el rey nombrara a miembros de la Orden como abades, mientras que otros comendadores bien intencionados vestían voluntariamente el hábito cisterciense y luego gobernaban sus monasterios como abades regulares. Por esta razón, es difícil dar una cifra exacta de abadías bajo abades regulares o comendatarios. Pero por lo menos un 80% de todas las casas francesas languideció siempre bajo abades comendatarios durante todo el transcurso del siglo XVII.

Desde el comienzo, la Orden cisterciense estuvo alerta de los peligros del sistema de encomiendas, aunque sus dirigentes nunca tuvieron los medios necesarios para detener o retardar la marcha de los acontecimientos. Dejando a un lado las quejas y protestas mencionadas por las crónicas, los únicos logros tangibles del Capítulo General fueron la confirmación de los privilegios cistercienses y otras ineficaces garantías concedidas generosamente por la Curia después del pago de pringues derechos. De esta forma, Juan XXIII prometía solemnemente en 1415, que únicamente nombraría a cistercienses en las abadías vacantes de la Orden y anularía todos los nombramientos anteriores dados a extraños, excepto los otorgados a cardenales. Documentos similares, o incluso más prometedores, fueron firmados por Nicolás V (1447-1455), de tal suerte que el Capítulo General de 1458 anunciaba jubilosamente que, de acuerdo «con los privilegios de nuestra Orden, renovados y confirmados muy recientemente por el Supremo Pontífice, ninguna persona, ni siquiera un cardenal, puede dirigir como comendatario ninguno de los monasterios de nuestra Orden».

Hechos penosos contradijeron el optimismo de los Padres. Los primeros nombramientos papales para abadías cistercienses bajo Juan XXII (1316-1334) tuvieron lugar en Italia, pero pronto se ejercieron presiones similares en todas partes del Imperio, Francia y España, aun cuando los primeros casos de «provisiones» recayeron sobre algún cisterciense. Así, en 1320, la sede abacial de Ebrach fue otorgada a Alberto de Anfeld, quien pagó 800 florines por el favor (servitium commune). En 1338, el nuevo Abad de Salem, Ulrico Sargans debía enviar 1.650 florines a Aviñón. De acuerdo con los registros papales de la misma época, se instituyeron en forma similar los abades de Wettingen, Altzelle, Villers y Orval. Durante el Cisma, siguieron Kaisheim, Lützel, Heilsbronn, Val-Saint-Lambert, Morimundo, Georgenthal, Neuzelle, Grüssau y Kamenz.

En Hungría, las familias nobles dirigentes dispusieron libremente de las abadías cistercienses durante todo el siglo XV. En Irlanda prevalecían condiciones similares, mientras en Escocia los reyes reclamaban el derecho de nombrar a los abades. De los veinte abades y priores cistercienses que participaron en el Parlamento escocés en 1560, catorce eran comendatarios. Únicamente en Inglaterra no prosperó el sistema de encomiendas. La posición específica de Inglaterra tiene su razón principal en el hecho de que la interferencia papal efectiva en las elecciones abaciales se inició en Aviñón, cuando estaba por comenzar la guerra de los Cien Años. Dado que los ingleses sospechaban que el Papa actuaba habitualmente como agente al servicio de Francia, resistieron abiertamente cualquier intento del mismo para intervenir en los asuntos eclesiásticos de su país.

En Francia, no obstante las garantías, las abadías más importantes fueron perdiendo su independencia, una tras otra. En 1470, le llegó el turno a La Ferté, aunque después de dos años de argumentaciones legales se permitió ejercer el cargo de abad a un cisterciense. Al mismo tiempo, Balerne, Fontfroide, Bonnecombe, Ourscamp, Bonnevaux y Grandselve, entre otras, cayeron bajo el gobierno de comendatarios. El Capítulo de 1473, profundamente alarmado, decidió enviar a Roma a una delegación de abades de la mayor jerarquía, encabezados por el propio abad de Cister, Humberto de Losne (1462-1476). Se dice que el papa Sixto IV (1471-1484) y su corte escucharon con lágrimas en los ojos el alegato de los abades, pero la bula firmada el 11 de marzo de 1475 reiteraba simplemente las limitaciones y promesas tradicionales. Por ella se prohibía a los comendatarios reducir el número de monjes, debían alimentar y vestir decentemente a la comunidad, conservar los edificios en condiciones adecuadas, defender los privilegios y derechos de la abadía, les estaba prohibida la enajenación de bienes monásticos y, finalmente, cuando su nombramiento, debían prestar juramento de respetar y defender los puntos arriba mencionados. Es muy discutible que este documento mereciera los 6.000 ducados gastados por la legación en Roma.

El futuro dio razón a los escépticos, pero el sucesor del abad Humberto no era uno de ellos, se llamaba Juan de Cirey (1476-1501), que previamente había sido abad de Balerne, y uno de los participantes de las negociaciones en Roma. Era un hombre de buenas intenciones, ambicioso y enérgico, pero confió demasiado en la influencia de sus relaciones romanas, y en la eficacia del nuevo aflujo de bulas papales para beneficio de la Orden. Obtuvo de Sixto IV trece documentos de este tipo, y otros dieciséis de Inocencio VII (1484-1492). gastando en ello una verdadera fortura y dejando tras de sí una deuda formidable. El único resultado concreto de sus esfuerzos fue la publicación de la primera colección impresa de los Privilegios cistercienses en 1491, la Collecta quorumdam privilegiorum Ordinis Cisterciensis.

Mientras la Curia permanecía inflexible, crecían las esperanzas de un cambio en la política gubernamental de Francia después de la muerte de Luis XI (1483). Anticipándose a la enérgica acción del joven Carlos VIII (1483-1498), los insurrectos locales expulsaron por la fuerza a cierto número de comendatarios, hecho que mereció la desaprobación de los Estados Generales de 1484. El rey-niño escuchó diplomáticamente la interminable lista de quejas, pero no hizo nada. Por entonces, el drenaje de los bienes monásticos hacia Roma y París se había hecho tan simple y lucrativo que no se podía esperar ningún esfuerzo honesto para mejorar la triste situación de las que en otro tiempo fueron grandes abadías y ahora marchaban inexorablemente a la decadencia.

A las abadías cistercienses en Italia les fue peor todavía que las francesas. Todas, sin excepción, fueron víctimas de la codicia de los oficiales de la Curia durante el siglo XV. Las estadísticas de que disponemos se refieren únicamente al siglo XVI, pero las condiciones trágicas son el resultado obvio de un siglo de negligencia total.

Nicolás Boucherat, que visitó personalmente como Procurador General las casas de la Orden en los Estados Papales y el Reino de Nápoles y Sicilia en 1561, nos lega en su informe una imagen patética de la desastrosa influencia del infortunado sistema. Cada uno de los treinta y cinco monasterios estaba bajo un abad comendatario. En todas partes, los edificios ofrecían un aspecto deteriorado, muchos de ellos en ruinas. Dieciséis monasterios estaban desiertos por completo; en algunos otros vivían unos pocos sacerdotes seculares, o miembros de otras órdenes. El total de la población cisterciense de esas treinta y cinco casas en conjunto albergaba a ochenta y seis monjes, que subsistían en la miseria, sin ningún vestigio de disciplina regular u oficio litúrgico. Otra visita regular en 1579 reveló condiciones similares imperantes en Lombardía y Toscana donde unos diecisiete monasterios estaban luchando desesperadamente contra sus abades comendatarios por su simple subsistencia.

Contratos entre los comendatarios y los monjes hicieron posible un cierto mejoramiento local. Probablemente tal fue el caso de Tre Fontane, en Roma. Esta abadía había estado bajo gobierno comendatario desde 1383, y hacia el siglo XVI el famoso monasterio e iglesia había llegado a un estado tan escandaloso de negligencia que el papa León X tuvo que intervenir en 1519. Después de la renuncia del cardenal Rafael Riario, el Papa nombró a su sobrino, Juliano de Médicis, como nuevo comendatario, pero le impuso un contrato con Tre Fontane, emitido en forma de bula. Consecuentemente, la «mesa del abad» (mensa abbatialis) estaba separada de la «mesa de los monjes» (mensa conventualis), es decir se apartaba una cantidad específica para que la comunidad viviera, 400 ducados de oro, que se suponían suficientes para doce monjes. Los monjes tenían libertad para elegir a su propio prior, responsable de la disciplina y administración interna. Aunque no se le permitía al comendatario alterar la suma destinada a la mesa de los monjes, podía reducir proporcionalmente el número de monjes, en casos de pérdidas económicas importantes.

De lo anteriormente expuesto, se deduce claramente que la ruina material de los establecimientos no fue en modo alguno la única consecuencia del gobierno de los comendadores, tal vez ni siquiera la más penosa. En ausencia de un abad, no podían llevarse a cabo algunos de los oficios litúrgicos tradicionales, no podía aplicarse la disciplina con rigor, y aún el status social de la comunidad estaba destinado a declinar. Cuando el abad comendador, que en sí era un extraño, trataba realmente de interferir en la vida diaria de los monjes, las condiciones se tornaban con frecuencia intolerables. El Capítulo General insistió siempre en la naturaleza puramente nominal del nombramiento del comendatario, cuyo único derecho consistía en retirar su parte de las entradas del monasterio. Todas las otras responsabilidades eran transferidas al prior, quien en las primeras épocas había sido elegido en la mayoría de los casos; pero, con el correr del tiempo, fue nombrado por el padre inmediato de la comunidad in commendam. Sin embargo, no podía realizar las visitas regulares, ni estaba autorizado para sentarse en el Capítulo General; de esta forma, la administración de la Orden se debilitó tanto como el sistema de frenos y controles. La asistencia al Capítulo General disminuyó en forma drástica durante el siglo XV, y durante la primera mitad del siglo XVI el número de abades nunca excedió de cincuenta; en 1541, sólo se reunieron dieciocho.

Además, aunque en apariencia resultara ventajoso estipular una cantidad fija de dinero, la «mesa de los monjes», con el correr del tiempo fue muy perjudicial. Los tratados estipulaban siempre un número definitivo de monjes para ser albergados en la abadía. Dado que los intereses financieros del comendatario exigían que éstos fueran los menos posibles, y los monjes no estaban en condiciones de mejorar esa cuota, no existía ninguna posibilidad de crecimiento o desarrollo. Empeorando el panorama, la fuerte inflación de los siglos XVI y XVII mermó mucho el valor adquisitivo de las entradas por contrato y, por esta misma razón, los propios monjes estuvieron frecuentemente tentados de mantener vacías las plazas del convento, para así poder economizar mejor sus magras raciones.

No es necesario aclarar que esa atmósfera de lobreguez perpetua difícilmente podía atraer presuntas vocaciones. Aun haciendo esfuerzos los monjes, poco se podía esperar, excepto mantener un nivel mínimo en cuanto al número, disciplina y economía. Existía una posibilidad de auténtica renovación, pero únicamente en las abadías bajo abades regulares, o en Congregaciones que habían logrado eliminar con éxito la autoridad del comendatario.

 

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