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Archive for 30 noviembre 2009


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Los Cistercienses en el siglo XX

El relato histórico de la Orden cisterciense durante las primeras tres cuartas partes del siglo XX no se puede reducir a la enumeración de unas pocas tendencias dominantes. Aunque el nuevo siglo comenzó como una continuación normal de la época precedente, el estallido de la Primera Guerra Mundial introdujo una era de violencia y destrucción, tanto física como moral sin precedentes, que llegó a su clímax en el holocausto de la Segunda Guerra Mundial. Después de treinta años de agonía se ha acallado el estruendo de las bombas, pero no se ha conseguido la consolidación de la paz anhelada. No son sólo la prolongada guerra fría, la confrontación entre las fuerzas del comunismo y la democracia, los que evitan el restablecimiento de una condición que ha sobrevivido en las memorias de la vieja generación como «normalidad». Hacia mediados del siglo, se hizo evidente que las bases éticas, los valores sobre los cuales podría reconstruirse el equilibrio al estilo antiguo, estaban hechos añicos sin remedio. El cuestionamiento profundo de todas las normas heredadas continuó a lo largo de toda la década del 60, sin encontrar una base para un nuevo consenso. Finalmente, surgió la idea de una «sociedad pluralista», en la cual podían coexistir conceptos variados y hasta contradictorios. Esto parecería conducirnos a admitir que las preguntas han sobrepasado a las respuestas posibles, y no hay ya esperanza de encontrar un nuevo credo por el que valga la pena morir. Para cualquier que haya estudiado la historia de las instituciones y civilizaciones, esta suposición plantea otras cuestiones fundamentales: ¿puede una «Iglesia pluralista» servir como núcleo de una nueva civilización? ¿Puede concebirse una civilización fuera de un contexto firme de valores absolutos, sin una convicción bien arraigada en la autoridad?

El estudio de una orden religiosa dividida, dentro de un mundo siempre turbulento, es una tarea arriesgada, dado que el mismo cronista es forzosamente parte. Las disputas decisivas sobre valores

y principios llegaron hasta las grandes abadías, que se habían mantenido en el siglo XIX como remansos de paz, fuera del alcance del tiempo. Dado que algunas preguntas fundamentales quedan todavía sin respuesta, no hay posibilidad de examinar el pasado inmediato a partir de un punto de vista realmente objectivo. Con el afán de reducir los errores de juicio al mínimo, será suficiente que sólo presentemos un bosquejo de los eventos externos más importantes.

La Estricta Observancia

Los cistercienses de la Estricta Observancia entraron al siglo XX en medio de una vigorosa expansión territorial, aunque no todas las nuevas fundaciones resultaron duraderas. El Capítulo General Trapense contestaba con una generosidad sin reserva a la mayoría de las peticiones de los obispos pidiendo monjes. Pero, al tomarse esas decisiones, se tenía más en cuenta el personal disponible que los problemas de clima, medio ambiente, recursos materiales o implicaciones políticas.

El primer establecimiento en África, Staouéli, en la Argelia francesa, se inició en 1843 con la ayuda masiva del gobierno, y la abadía se convirtió pronto en la más rica de la Orden. Pero confiar en la buena voluntad de las autoridades civiles demostró ser un riesgo peligroso, tan pronto como los elementos anticlericales dominaron la situación en París. Temerosos ante la amenaza de supresión, los padres vendieron el solar y, en 1904, se mudaron a Maguzzano en Italia, a orillas del Lago de Garda. Una aventura aún más prometedora en Sudáfrica, Mariannhill, en Natal (1882), peligró pronto por diferentes razones. Los monjes atrajeron gran número de vocaciones nativas, especialmente como conversos, pero fue tan grande el hambre de las almas por la palabra de Dios, que la comunidad se vio envuelta en un trabajo misionero cada vez más exigente. El Capítulo General no pudo pasar por alto y, en 1909, con la aprobación de la Santa Sede, la comunidad se separó de la Orden para continuar funcionando como una organización independiente de misioneros. Una fundación de Westmalle en el Congo Belga tuvo que ser abandonada en 1925 por razones similares.

El clima inhóspito y el medio ambiente extraño y frecuentemente hostil causaron el fracaso de varias fundaciones en el Pacífico. Un establecimiento de 1874 en la isla de Nueva Caledonia debió ser transferido después de dieciséis años de estériles esfuerzos a Australia (Beagle Bay), sólo para encontrar allí problemas todavía mayores, que obligaron a poner fin a la heroica empresa en 1903. Por el mismo tiempo, sufrió idéntico destino un establecimiento en Nueva Bretaña, al este de Nueva Guinea, por entonces colonia. Una fundación en Brasil, apadrinada por Sept-Fons a comienzos de siglo, llegó a su fin en 1927.

Canadá ofreció a los monjes emprendedores un medio ambiente mucho más propicio. Al éxito de Notre-Dame du Lac en la provincia de Quebec en 1881, le siguieron otras dos en 1892: Mistassini y Our Lady of the Prairies, en Manitoba.

En el Extremo Oriente, una fundación en Japón, Phare (1896) se iba arraigando firmemente. Por otro lado, la inestabilidad política y la amenaza de la guerra hizo que dos nuevas tentativas en el Cercano Oriente fueran precarias desde el comienzo.

El entusiasmo por realizar tantas fundaciones extranjeras en Ultramar, a comienzos de siglo, puede tener su justificación en las condiciones políticas de Francia, donde a consecuencia del famoso «Caso Dreyfus», las riendas del gobierno se deslizaron a manos de inveterados enemigos de la Iglesia.

Desde 1901, se sucedían las leyes anticlericales y, en dos años, todas las casas religiosas debieron enfrentarse con el peligro de la disolución inmediata. Fueron clausuradas unas mil quinientas, pero Dom Juan Bautista Chautard (1858-1935), abad de Sept-Fons, defendió con éxito la supervivencia de los monasterios trapenses y, sólo dos casas pequeñas, Fontgombault y Chambarand, tuvieron que ser evacuadas. Esta última fue restablecida, con todo, como convento de monjas trapenses.

La Primera Guerra Mundial constituyó una severa prueba para los cistercienses franceses, porque ni los sacerdotes ni los religiosos quedaron exentos del servicio militar activo. Muchos monjes murieron en defensa de su patria y algunas abadías, como Olenberg, Mont-des-Cats e Igny sufrieron graves daños materiales. Después de su reconstrucción, Igny fue transferida a las monjas trapenses. La fundación en Siria, Akbés, tuvo que ser abandonada en 1919, después de ser totalmente devastada. En el mismo año, el nuevo gobierno de Yugoslavia se incautó de Mariastern, en Bosnia, comunidad predominantemente alemana.

Las condiciones de la postguerra hicieron peligrar la posición de las fundaciones trapenses en China, que databan de 1883. Nuestra Señora de la Consolación, que prosperaba cerca de Pekín, fue saqueada durante el ataque japonés de 1937. Lo que aún podía salvarse fue aniquilado diez años más tarde por los comunistas, que asesinaron a unos treinta de los monjes sobrevivientes. La fundación más joven, Liesse, fue más afortunada. La abadía tuvo que ser evacuada, pero la comunidad pudo encontrar refugio y nuevo hogar en Lantao, dentro del territorio de Hong-Kong.

En España, país de vigorosa expansión trapense en la década de los 20 (La Oliva, Huerta, Osera), los monjes se vieron pronto en medio de la sangrienta guerra civil de 1936-1939. Muchas casas lograron evitar daños muy serios, pero Viaceli, cerca de Santander, no sólo fue saqueada y bombardeada por los republicanos, sino que perdió diecinueve monjes alevosamente asesinados por una banda de anarquistas en los últimos meses del año 1936.

La ascensión al poder del gobierno nazi hizo precaria la existencia de las casas alemanas. Pocos años más tarde la Segunda Guerra Mundial pondría en peligro a cada abadía cisterciense a todo lo largo y lo ancho de los países beligerantes de Europa.

Engelszell, en Austria, fue secularizada en 1939. Mariawald, en Renania, suprimida en 1941, fue duramente dañada en 1945. Olenberg sufrió una devastación casi total en las postrimerías de la contienda. Maria-Erlösung (María-Zwijezda) en la Estiria yugoeslava, fue expropiada por el ejército alemán en 1941 y los monjes transferidos a Mariastern, que bien pronto se vio amenazada por el régimen de Tito, cuando confiscó todos los latifundios monásticos bajo pretexto de la reforma agraria.

Como consecuencia de la declaración de guerra de 1939, muchos de los monjes jóvenes de las abadías francesas fueron llamados a las armas. La fulminante invasión germana de 1940 produjo relativamente pocas bajas, pero un gran número de monjes soldados cayeron prisioneros de guerra. Bajo la ocupación germana, todas las abadías francesas pudieron seguir su ritmo, pero las que estaban situadas en Bélgica y Holanda lo hicieron sólo a costa de grandes dificultades. Scourmont fue evacuada dos veces, y la mayoría de sus edificios ocupados por la Luftwaffe alemana. Echt y Achel fueron expropiadas por completo por los nazis y sus monjes dispersados. Tegelen quedó casi totalmente destruida en la lucha, hacia fines de 1944.

La invasión aliada de Normandía involucró a muchas abadías francesas, alguna de las cuales, como Notre-Dame des Dombes y Timadeuc tomaron parte en forma más o menos activa en la resistencia. Esta última comunidad fue condecorada con la «Cruz de la Resistencia». La abadía belga de Orval se destacó en forma similar por ofrecer ayuda al «Ejército secreto» de los patriotas de ese país.

En Italia, Frattocchie, cerca de Roma se encontró entre 1943-1944 en la línea de fuego, y terminó seriamente dañada.

Al concluir la contienda, el trabajo de recuperación fue rápido, probando de nuevo la extraordinaria vitalidad de la Orden. A despecho de los daños muy considerables, en 1947 la Estricta Observancia contaba sesenta y cuatro casas, con un total de casi cuatro mil monjes. Comparando estas cifras con las de 1894, la ganancia neta a todo lo largo de la mitad más turbulenta del siglo llegaba a ocho monasterios y casi ochocientos monjes.

Sin embargo, la expansión más espectacular se alcanzaría durante la década del 50, cuando se hicieron una docena de fundaciones y el número de monjes se acercó a cuatro mil quinientos. En los Estados Unidos, solamente entre 1844 y 1956, el número de establecimientos trapenses creció de tres a doce, mientras los miembros aumentaban de trescientos a mil.

Hacia la mitad de la década del 60 la Orden comenzó a perder vocaciones en forma considerable, sobre todo entre los conversos, aunque se hicieron varias fundaciones, especialmente en África negra. De acuerdo con las estadísticas del 31 de diciembre de 1972, la Estricta Observancia controlaba ochenta y cuatro establecimientos, que albergaban a tres mil noventa monjes de coro y novicios, de los cuales mil seiscientos ochenta y cinco eran sacerdotes, los que sumados a trescientos veinticinco hermanos conversos dan un total de tres mil cuatrocientos quince.

El sorprendente desarrollo y la igualmente inesperada disminución de miembros dentro de la misma década constituye un problema intrigante para todo estudioso de la historia religiosa. La gran atracción por la vocación monástica que sintieron los veteranos de guerra es un hecho innegable, que puede encontrar explicación en la desilusión de esos millones de seres forzados a ser instrumentos de la destrucción suicida de una civilización grande, pero básicamente materialista. El monaquismo, como una nueva valoración del cristianismo en su aspecto más genuino y exigente, llenó sin dificultad el vacío espiritual, cuando cayeron convertidos en un montón de cenizas los ídolos de esa generación. La búsqueda de Dios por parte de miles de almas terminó en una abadía cisterciense, donde encontraron amor comprensivo, respuestas inmediatas, una forma de hacer penitencia por su penoso pasado, y la posibilidad de comenzar una vida nueva dedicada exclusivamente a la contemplación divina. La estructura monolítica de la Orden, su liturgia y disciplina, que en su rutina incambiable parecía trascender el tiempo, debían haber aumentado en cada novicio el sentimiento de seguridad de haber arribado al puerto de perpetua serenidad, de gozar por anticipado el sabor del cielo.

Aquellas vocaciones cuya formación descansó principalmente sobre la experiencia de la seguridad espiritual, fueron rudamente conmovidas por los abrumadores desafíos que quedaron como secuela del Concilio Vaticano II. La experiencia de nuevas formas litúrgicas, distintos conceptos de disciplina e ideas modernas de gobierno, dividieron inevitablemente a las comunidades monásticas. Aquellos que dejaron la guerra para encontrar paz dentro del claustro, se sintieron profundamente perturbados y muchos partieron desilusionados. No pueden clasificarse con facilidad los motivos personales, pero los datos estadísticos son por sí mismos reveladores. Durante las décadas que examinamos (1951-1971), salieron seiscientos noventa y seis profesos de votos solemnes, sin contar con los que vivían fuera de sus monasterios en estado de «exclaustración». En el primer período de cinco años de esas dos decenas, abandonaron cielito veintiún monjes; en el segundo período de cinco años, ciento cincuenta y uno; en el tercero, ciento ochenta y seis; en el cuarto, doscientos treinta y dos. En realidad, resultó erróneo el concepto de Estricta Observancia como fortaleza y custodia de tradiciones monásticas inmemoriales. Durante el siglo XIX, se produjo un alejamiento gradual de las ideas de Lestrange y, por último, hasta de las de Rancé, y la misma tendencia continuó en forma más acelerada después de la fusión de las Congregaciones trapenses en 1892. Un mojón significativo en el camino que conducía hacia el retorno a las tradiciones genuinamente cisterciense, fue la publicación en 1910 de una versión revisada del Directorio Espiritual trapense preparado por Dom Vital Lehodey (1857-1948), abad de Bricquebec. El autor expone todo su amplio conocimiento sobre oración mental (Los caminos en la oración mental, 1908), a la cual debía darse preeminencia sobre las observancias de ascetismo externo en cualquier vida monástica auténtica. Los méritos del nuevo Directorio radican en la liberación progresiva de un pesimismo algo riguroso, característico de la atmósfera trapense del siglo anterior, que abrió la brecha hacia el retorno a las tradiciones clásicas del misticismo.

El nuevo Código de Derecho Canónico, promulgado en 1917 bajo los auspicios de Benedicto XV, sirvió de poderoso incentivo para la modificación de las antiguas Constituciones en 1925, seguida por la revisión del Libro de Usos en 1935. Esas tareas fueron llevadas a cabo con la colaboración de una nueva generación de eminentes eruditos como Anselmo Le Bail, Columbano Bock y José Canivez, todos miembros de la abadía belga de Scourmont. Dom Le Bail, que finalmente llegó a ser abad de la comunidad, introdujo la lectura y el estudio sistemático de los primitivos autores cistercienses, siendo maestro de novicios. A su iniciativa se debe la aparición de la primera publicación especializada de los trapenses: la Collectanea Ordinis Cisterciensium Reformatorum. El culto secretario del abad Le Bail, Columbano Bock, fue un colaborador infatigable de la nueva revista; eminente canonista y miembro activo de la comisión litúrgica trapense, su trabajo sobre derecho cisterciense (Les codifications du droit cistercien), sigue siendo todavía una introducción indispensable a la materia. La publicación de los Estatutos del Capítulo General, desde los comienzos hasta la Revolución Francesa, por José Canivez, en ocho volúmenes, aparecidos entre 1933 y 1941, fue, sin duda alguna, la empresa intelectual cisterciense de más enjundia del siglo. Este trabajo, por sí solo, hubiera podido ser suficiente para revitalizar los estudios monásticos, tanto dentro como fuera de la Orden.

El creciente interés en los estudios monásticos y en las tradiciones cistercienses dio origen en 1950 a otra revista de importancia, Cîteaux in de Nederlanden, cuyo título fue simplificado posteriormente: Cîteaux. Mientras la Collectanea continúa concentrada en la espiritualidad, la nueva publicación emprendió la promoción de los estudios históricos y, de esa forma, atrajo a un cierto número de colaboradores distinguidos, que de otro modo no estarían vinculados con la Orden. La nueva casa de estudios en Roma, Monte Cistello, tenía el propósito de promover la formación profesional en Filosofía y Teología, y se estableció en 1958 conjuntamente con la nueva residencia del Abad General, cercana a la antigua abadía de Tre Fontane. En el año escolar de 1959 a 1960, sesenta y ocho monjes jóvenes, veintiuno de los cuales eran estadounidenses, concurrieron a la nueva institución y podían asistir libremente a las clases de cualquiera de las grandes universidades de Roma. Este grupo de la generación joven fue el que respondió con entusiasmo a la llamada del Concilio Vaticano II para la «renovación» de la vida religiosa y, en especial los americanos más progresistas, promovieron una serie de cambios revolucionarios.

La creciente importancia de los americanos dentro de la Orden no puede ser explicada sin tomar en consideración la influencia de Thomas Merton (1915-1968). Cuando ingresó en Gethsemaní en 1941, sólo parecía ser uno de los tantos intelectuales jóvenes y desilusionados, que buscaban a Dios en el «desierto» de Kentucky. Pero su biografía, un best-seller (La montaña de los siete circulos), publicada en 1948, resultó el comienzo de una carrera literaria fecunda, que le dio fama y popularidad especialmente entre los jóvenes. Sin duda alguna fue el imán que atrajo a centenares a una u otra de las comunidades trapenses en rápida multiplicación.

Aunque Merton. – el «Padre Luis» para los monjes de su abadía – declaró siempre ser un contemplativo, su carácter complejo y su íntimo contacto con el «mundo» y todos sus problemas candentes, difícilmente pueden calificarlo como típicamente trapense. A través de todas las etapas de su itinerario espiritual e intelectual, cada una ilustrada por el constante fluir de sus escritos, se convirtió en guía y modelo de sus entusiastas lectores. Dado que él mismo poseía una mente ampliamente receptiva, abierta a los cambios y a la variedad de nuevos enfoques del monaquismo contemporáneo, su profunda influencia contribuyó con toda seguridad a reforzar los esfuerzos reformistas.

Pero la demanda por un cambio distó de ser universal dentro de la Orden. Las antiguas abadías europeas preferían ir a paso más lento. No habían experimentado ni el boom de las vocaciones, ni la dramática crisis vocacional de fines de la década del 60 con la misma intensidad de sus hermanos más jóvenes de allende el Atlántico. Muchas de ellas siguieron sin convencerse de la necesidad de reformas radicales e inmediatas.

El Capítulo General aceptó el desafío y comenzó a luchar a brazo partido por solucionar una amplia gama de problemas fundamentales, sobre muchos de los cuales aún existen opiniones divergentes. Dado que se hizo evidente que todos los aspectos de la vida cisterciense debían volver a examinarse, la Orden tuvo cuatro Capítulos Generales especiales sucesivos (1967, 1969, 1971, 1974), dedicados exclusivamente al problema de la renovación. Cada uno de ellos duró varias semanas, y cada uno de ellos también motivó pesados volúmenes de discursos, estudios preparatorios, informes de comisiones, actas de discusiones, conferencias y consultas con expertos sobre los diversos temas en estudio.

Se adoptó la decisión fundamental de abandonar un gobierno centralizado y una uniformidad en las observancias, en la esperanza de encontrar «una vida monástica más auténtica gracias a una legítima diversidad». En realidad, los padres capitulares percibieron el pluralismo como «un acto de fe en los valores monásticos fundamentales. Precisamente en la experiencia de esos valores esenciales se funda la unidad».

Los primeros y más llamativos cambios pertenecían a la Liturgia. El latín y el canto gregoriano se transformaron en materia de opción, que pocas comunidades eligieron, al mismo tiempo que se abría a experimentación la estructura completa del oficio divino. En cuanto al misal, prevaleció el rito romano, permaneciendo sólo algunas particularidades cistercienses de menor importancia. Quedaron sin fijarse ciertos detalles y, dentro de las normas, se permitía también la posibilidad de adaptación a la situación local.

Se tomó otra decisión de igual trascendencia con respecto a los hermanos legos. Se abolió la distinción entre los hermanos y los monjes de coro, tanto en lo externo, como en el status legal; se otorgó a los hermanos voto efectivo en las elecciones monásticas y se los estimulaba a participar activamente en las oraciones litúrgicas de la comunidad. Como se ha señalado, el abandono del latín tiene obvia justificación en el hecho de que, sin el cambio a la lengua vernácula, los hermanos no podrían participar por entero en la Liturgia.

Se ha iniciado una cabal revisión de las Constituciones antiguas, aunque el proceso no llegó a su fin y la redacción de una Constitución pedirá años probablemente. Sin embargo, se han adoptado generalmente algunos principios. Tales son la descentralización y el fortalecimiento de la autonomía local, a los que se agrega la exigencia de una amplia consulta en el momento de tomar decisiones. Se puede ejercer la autoridad únicamente después de considerar los deseos de la comunidad afectada. Se busca sólo la unidad, y no la uniformidad, y aun esto en lo absolutamente básico. En todos los detalles, «el pluralismo permitirá a cada comunidad e incluso a cada monje descubrir su verdadera identidad en Cristo», afirmaba el Capítulo General de 1969.

De acuerdo con esta postura, el Capítulo General no se reuniría ya anualmente. Por otro lado, conferencias regionales, hasta ahora informales, organizadas sobre bases nacionales o lingüísticas, pueden convertirse en acontecimientos anuales, a los que se confía funciones tan importantes como la valoración de las experiencias comunitarias en cada abadía de la región. El tradicional Definitorio, con su autoridad algo reducida, ha sido rebautizado como Consejo Permanente, con funciones de asesoramiento del Abad General.

El recién organizado Consejo General (Consilium Generale), en el cual cada región (doce en total) tendría una participación adecuadamente equilibrada, constituye la acertada expresión de un gobierno representativo. El proceso legislativo no se ocuparía en adelante de los detalles de las observancias, sino que velaría con más propiedad por la integridad del espíritu de la Regla de san Benito, y los principios de la Carta de Caridad.

El muy debatido tema de la duración del abadiato ha cambiado el concepto tradicional vitalicio y los abades, incluyendo al Abad General, serán elegidos por tiempo indeterminado, o sea, mientras puedan ser realmente útiles para el bien de la comunidad. La duración del mandato podría decidirse mediante periódicos votos de confianza. Mientras tanto, como «experimento», cada comunidad podría elegir abades por un término fijo de seis años.

En el campo de las costumbres, usos y observancias, los últimos cuatro Capítulos de renovación adoptaron una actitud flexible y, en ese proceso, cayeron en desuso instituciones antiguas como el capítulo de faltas. Sin mitigar el espíritu de penitencia se otorgaron concesiones relativas a la comida y al vestido, considerando las circunstancias locales, y hasta la obligación de dormir en dormitorios comunes ha sido abolida y se ha concedido libre opción para construir celdas individuales. En forma similar, aunque han recibido nuevo énfasis las normas relativas al silencio y separación del mundo, se han levantado muchas de las antiguas tradiciones sobre comunicaciones.

El alcance universal y el carácter radical de los cambios que se han efectuado entre los cistercienses de la Estricta Observancia, una Orden que se enorgullecía con justicia de su fidelidad a tradiciones monásticas inmemoriales, no tiene paralelo en la historia fuera de esa década turbulenta. Aunque en la perspectiva del desarrollo bosquejado en las últimas páginas, las novedades sean sorprendentes, han sido bien preparadas por fenómenos que evolucionaron en forma gradual.

La extensión geográfica de la Orden mucho más allá de los confines de Europa tendió a disminuir la firmeza del control ejercido por las casas-madres francesas. En realidad desde hacía tiempo se hizo evidente que eran inevitables ciertos ajustes a las costumbres en abadías situadas en climas tropicales. La rigidez de una rutina diaria, que dominaba una liturgia larga y compleja, ha sido cada vez más discutida por aquellos que están en favor de una atmósfera más propicia para la contemplación. Las diferencias existentes entre los hermanos legos, con frecuencia profesionales instruidos, demandó se les diera una mayor participación en el gobierno monástico, y sirvió de justificación para introducir el idioma vernáculo en la Liturgia. El mayor énfasis en el estudio socavó gradualmente la tradición de simplicidad rústica y transformó a las comunidades, volviéndolas más receptivas a las corrientes contemporáneas. Y, por último, el rápido crecimiento del número de vocaciones creó serios problemas para la formación clásica de los candidatos, mientras el equilibrio se inclinaba a favor de los jóvenes, quienes por naturaleza se sentían mejor dispuestos hacia los cambios que los mayores, generalmente más tradicionalistas.

Si este estilo y estructura de vida religiosa, nuevo y valiente, conducirá o no realmente hacia la tan deseada renovación espiritual, es una pregunta que solamente los monjes de la próxima generación podrán contestar.

La Común Observancia

También para la Común Observancia, el siglo XX comenzó como una era de expansión y de insospechadas adversidades. En Francia, se repitió en cierto modo la historia del abbé Barnouin. Un sacerdote rico y devoto, Bernard Maréchal, que previamente fuera miembro de la Congregación del Santísimo Sacramento, estaba buscando una comunidad deseosa de respaldar su plan de fundar un monasterio contemplativo, dedicado especialmente a la adoración perpetua al Santísimo Sacramento. Fontfroide, de la Congregación de Sénanque, aceptó la idea. Dom Maréchal se unió a los cistercienses y, en 1892, construyó un monasterio costeado de su peculio particular en Pont-Colbert, cerca de Versalles, convirtiéndose en el primer abad del nuevo establecimiento. Pero la vida monástica no transcurrió pacíficamente. La persecución de las órdenes religiosas, entre 1900 y 1904, interrumpió la vida de Sénanque, de Fontfroide y también de Pont-Colbert. Algunos de los monjes buscaron refugio en Italia, otros en España, pero la comunidad de Pont-Colbert pudo encontrar un nuevo monasterio en Onsenoort (Marienkroon) en Holanda, en 1904. Después de la Primera Guerra Mundial, fueron readmitidos en Francia los dispersos cistercienses y volvieron a la vida monástica en Sénanque y Pont-Colbert, mientras la comunidad de Fontfroide, ante le imposibilidad de recobrar su antiguo hogar, se estableció en 1919 en los Pirineos, en un antiguo monasterio benedictino abandonado, Sant Miquel de Cuixá. Onsenoort continuó su vida como afiliada a Pont-Colbert, hasta que en una época más reciente se unió a la Congregación Belga.

En 1898, Mehrerau reorganizó la antigua abadía cisterciense de Sittich (Sticna) en Eslovenia (fundada en 1135 y suprimida en 1784), como su segunda casa filial. El fin de la Primera Guerra Mundial enfrentó a esta comunidad floreciente con un problema crucial. Dado que la abadía quedaba dentro de los límites del nuevo estado de Yugoeslavia, era conveniente que los monjes de habla alemana abandonaran el país. Encontraron asilo temporal (1921-1931) en Alemania, en Bronnbach (Baden), que fuera anteriormente una abadía cisterciense y por ese entonces pertenecía a la familia del Príncipe Löwenstein; posteriormente adquirieron el convento cisterciense abandonado de Seligenporten (Alto Palatinado), donde se reanudó la vida monástica en 1931. Sticna infundió nueva vida al monasterio polaco de Mogila, que a su vez sirviera como casa de estudios a la Congregación Polaca y cuya comunidad había disminuido considerablemente después de un largo período in commendam. Gracias al trabajo realizado por los monjes eslovacos, se unió a la Congregación de Mehrerau.

Causas similares aumentaron la familia de Mehrerau. Su nuevo miembro fue esta vez la renaciente Himmerod, una de las abadías más grandes de la Alemania medieval, suprimida el 1802. Los miembros del monasterio trapense de Mariastern en Bosnia (Yugoeslavia), incapaces de continuar su vida bajo el nuevo régimen, habían adquirido las ruinas del antiguo monasterio de Himmerod en 1919. Ante la insistencia del Arzobispo de Tréveris de que los miembros del nuevo establecimiento debían cooperar activamente en tareas pastorales – condición inaceptable para los trapenses-, los monjes se dirigieron a la Común Observancia para recibir asistencia. Marienstatt aceptó apadrinar la fundación y en un breve plazo surgió de las ruinas un nuevo y magnífico monasterio. Marienstatt se convirtió en abadía-madre de otra casa cisterciense restaurada en Hardehausen (Westfalia). Cuando el régimen nazi confiscó su propiedad en 1938, los monjes hallaron refugio temporal en la ciudad de Magdeburgo hasta el fin de la contienda. Mehrerau restauró también para la Orden, en 1939, la antigua abadía suiza de Hauterive, suprimida el 1848.

Las operaciones bélicas de la Primera Guerra Mundial dejaron los establecimientos de la Común Observancia intactos, a excepción de las casas polacas. Los tratados de paz consecutivos condujeron a una reagrupación de las Congregaciones existentes. La división del Imperio Austro-húngaro debilitó los vínculos entre los miembros de la Congregación Austríaca. Hohenfurt y Ossegg, al caer dentro de los límites de la nueva Checoslovaquia, formaron la Congregación del Inmaculado Corazón de María en 1920. Zirc y sus afiliadas constituyeron la tan deseada Congregación Húngara en 1923. Mehrerau ya había reunido sus propias fundaciones en una Congregación independiente desde 1888, mientras las casas austríacas que quedaban se unieron formando la Congregación del Sagrado Corazón de Jesús.

Más importante que esos cambios administrativos fue la fusión, en 1929, de Casamari y sus tres casas afiliadas con la Común Observancia. Este grupo, que en sus comienzos estaba más cercano a la disciplina de los trapenses, había rechazado la unión en 1892, quedando independiente. Unida con la Común Observancia demostró su fuerza real al fundar ocho casas nuevas en Italia, en un lapso de veinte años, y doblar el número de sus miembros. La Congregación de san Bernardo en Italia contribuyó también a la expansión general, reorganizando la primera casa española desde la secularización, la importante abadía medieval de Poblet, en la provincia de Tarragona, que fue restaurada en 1940. La renovación de Boquen, en Bretaña, realizada en 1936 fue obra de Dom Alexis Presse (1883-1965), anteriormente abad trapense de Tamié, pionero destacado de la renovación monástica previa al aggiornamento. Después de su alejamiento de Tamié, Dom Alexis vivió cierto tiempo como ermitaño en medio de las ruinas de Boquen, luego congregó a un puñado de almas afines y comenzaron a reconstruir el claustro del siglo XII. En 1950, su pequeña comunidad fue recibida dentro de la Común Observancia, aunque siguió siendo esencialmente contemplativa. Por desgracia, Dom Alexis sólo sobrevivió unos pocos meses a la consagración de su iglesia de Boquen, en 1965, que había sido restaurada con tanto esmero.

El Capítulo General, reuniéndose cada cinco años, reanudó la rutina de su trabajo de administración central, aunque estuvo muy limitado por el hecho de que, ni la asamblea, ni el Abad General tenían residencia permanente, despacho apropiado, o adecuado cuerpo de colaboradores. Por esta razón, el Capítulo de 1900 se reunió en Roma, los de 1905 y 1910 en la abadía de Stams en Austria, y en 1920 convergieron en Mehrerau. Cuando, en 1900, Àmadeo de Bie, abad de Bornem, fue elegido cabeza de la Orden como sucesor del abad Wackarz, decidió residir en Roma, por un tiempo como invitado de Santa Croce, y luego en un apartamento alquilado. Después de su muerte en 1920, el nuevo Abad General, Casiano Haid, abad de Wettingen-Mehrerau, aceptó la elección a condición de poder permanecer en su amado Mehrerau. Su deseo fue respetado, pero, dado que la Congregación de Religiosos exigió nuevamente la necesidad de establecer los organismos centrales de la Orden en Roma, Casiano Haid dimitió en 1927 y un Capítulo extraordinario eligió a Francisco Janssens, abad de Pont-Colbert, que debía procurar una residencia permanente en la Ciudad Eterna. Ese mismo año la Orden adquirió una casa en Monte Gianicolo (Villa Stolberg) que sirvió como residencia del Abad General hasta 1950, cuando se terminó un nuevo edificio, mejor ubicado, que podía albergar a los miembros del gobierno central y servir a la vez de Casa General de estudio para toda la Orden.

La definición satisfactoria de simples tecnicismos no solucionó otro problema de importancia vital: el eficaz funcionamiento de la Orden como unidad orgánica. Los monasterios, aunque sobrevivieron a la Revolución Francesa y a la secularización de comienzos del siglo XIX, perdieron su cohesión real. Las abadías del imperio de los Habsburgo y de Italia, como restos de congregaciones más o menos independientes, cada una con sus costumbres y privilegios inmemoriales, restablecieron voluntariamente el cargo de Abad General y el Capítulo General, pero la idea de disciplina generalizada, control y dirección estricta ejercida desde afuera, nunca consiguió arraigarse firmemente. El tema principal de discusión de todos los Capítulos desde 1900 en adelante fue la definición precisa de poder y autoridad del Abad General y del Capítulo General. Una actitud paciente y comprensiva del problema asumida por todas las partes interesadas consiguió por último el fin propuesto. Después de varios intentos previos y a través de años enteros de experimentación, el Capítulo General de 1933 redactó una Constitución para el gobierno central de la Orden, que al año siguiente fue aprobada por la Congregación de Religiosos. Escrita siguiendo las pautas del nuevo Derecho Canónico, demostró ser una sabia combinación de las tradiciones cistercienses con las necesidades modernas.

Una prueba excelente de la eficiencia del revitalizado Capítulo General por un lado y del espontáneo vigor de la Orden por el otro, fue la iniciación de una activa obra misionera, y por su intermedio la rápida expansión fuera del continente europeo. El Capítulo de 1925 apoyó sin reservas el programa de misiones exteriores en gran escala propiciado por el Papa Pío XI, y bosquejó también cómo una comunidad monástica podría realizar actividad misionera sin sacrificar sus características básicas. Los cistercienses, en lugar de poner a simples monjes en puestos de misiones aisladas, iban a establecer comunidades bien organizadas y, por medio del ejemplo de su vida y de la actividad educativa, promoverían y profundizarían la auténtica vida y cultura cristiana.

Esta difícil tarea encontró a un promotor diligente en el abad Aloysius Wiesinger de Schlierbach, cuyo monasterio se convirtió bien pronto en el centro del movimiento. El abad informó al Capítulo General extraordinario de 1927 sobre el resultado de sus investigaciones, relacionadas con América del Norte y del Sur, y el trabajo comenzó de inmediato. Himmerod, que todavía estaba luchando contra los inconvenientes de un difícil comienzo mandó sus pioneros a Itaporanga (São Paulo, Brasil). Mientras los sacerdotes se encargaban de tareas pastorales, los hermanos se adaptaron con éxito a los métodos locales para cultivar la hacienda y en 1939 proyectaron la fundación de un nuevo monasterio. En nuestros días, la floreciente comunidad alcanzó ya el rango de abadía, y paralelamente al trabajo parroquial los monjes se ocupan de la agricultura.

La donación de una gran extensión en Jequitibá (Bahía, Brasil) posibilitó una fundación realizada por una misión proveniente de Schlierbach en 1938. Hacia 1945, habían terminado una parte considerable de su programa de construcciones y, al lado de las normales actividades misioneras, ejercían otras en el campo de la educación en forma muy activa. En 1950, este monasterio fue elevado también al rango de abadía. Una tercera fundación brasileña, la de Itatinga, fue llevada a cabo en 1951 por la comunidad de Hardehausen, que quedó sin monasterio después de la supresión de 1938. En 1952, la Santa Sede reconoció a Itatinga como la sucesora legal de la abadía de Hardehausen. En 1961, las tres casas brasileñas formaron la Congregación Brasileña de la Santa Cruz.

A requerimiento del papa Pío XI, la Congregación de Casamari había estado preparando en su propio seminario para vocaciones monásticas desde 1930, a gran número de jóvenes africanos nativos de Eritrea, por entonces colonia italiana. Después de concluir sus estudios, fueron enviados a su país, donde surgió en 1940 un nuevo y floreciente monasterio cisterciense cerca de Asmara. En su liturgia seguía el rito etíope, pero afiliados a la Congregación de Casamari.

En la Indochina francesa (Vietnam), un sacerdote misionero, Enrique Denis, fundó en 1918 un establecimiento para vocaciones contemplativas de los nativos en Phuoc-Son. En 1933, la comunidad solicitó ser admitida en la Común Observancia y el Capítulo General del mismo año se pronunció en forma favorable. En 1935, la desbordante población de Phuoc-Son estableció otra casa en el norte, Chau-Son. La guerra civil que desgarró al país después de 1945 obligó a esta última comunidad a huir al sur, encontrando refugio en 1953 en Phuoc-Ly. En ese mismo año, hasta Phuoc-Son se vio obligada a trasladarse al sur, restableciendo la vida comunitaria en Thu-Duc. A pesar de la conmoción causada por la guerra incesante, los cistercienses vietnamitas experimentaron un crecimiento constante y formaron su propia Congregación (1964), bajo el nombre de la Sagrada Familia, uniendo así a cinco comunidades. La victoria final de las fuerzas comunistas a comienzos de 1975 ha comprometido, sin embargo, hasta la misma subsistencia de la vida cisterciense en esa región, que tanto ha sufrido.

El Abad General Janssens demostró un agudo interés por la expansión de la Orden en América del Norte. Por su iniciativa personal y estímulo constante se adquirieron cuatro propiedades entre 1928 y 1932, con el propósito de realizar dos fundaciones en Canadá, y otras antas en los Estados Unidos. Pero el momento no era adecuado. La depresión económica mundial convirtió en muy precarias las bases financieras de las instituciones nacientes y la Segunda Guerra cortó el vínculo entre Europa y América. Rougemont, una de las fundaciones canadienses en Québec, sobrevivió bajo la tutela de Lérins (Francia), y demostró ser un miembro próspero de la Congregación de Sénanque, rebautizada como Congregación de la Inmaculada Concepción. En 1950, Rougemont fue promovida a abadía.

En los Estados Unidos, Nuestra Señora de Spring Bank, en Wisconsin, fue poblada por monjes austríacos en 1928, que bien pronto se encontraron con graves dificultades financieras, agravadas por las leyes de inmigración, que impedían a los hermanos legos transformarse en residentes permanentes del país. La pequeña comunidad sobrevivió, pero por bastante tiempo su futuro fue incierto. La segunda fundación americana, en el estado de Mississippí, denominada Nuestra Señora de Gerowval (1935) no pudo elevarse más allá del nivel de una pequeña residencia que funcionaba como parroquia misionera.

Durante el curso de la Segunda Guerra Mundial pocas casas de la Común Observancia en Europa sobrevivieron sin haber sufrido daños materiales considerables y, en Alemania y Austria, donde los monjes no fueron eximidos del servicio militar activo, algunos murieron en los distintos campos de batalla, mientras otros pasaron años de cautiverio como prisioneros de guerra. Mucho más trágico aún fue el pacto de postguerra que aseguró a los comunistas el control de los países situados detrás del «Telón de Acero». Las dos florecientes comunidades de Checoslovaquia (Hohenfurt y Ossegg) fueron secularizadas, y dispersados los monjes. En Hungría, se llevó a cabo la misma política (1948-1950) y terminó con la vida de Zirc y todas sus casas y escuelas afiliadas. Muchos monjes, incluso el abad Vendelino Endrédy (†), fueron encarcelados; otros fueron obligados a encontrar empleos seculares. Sólo una fracción de sus casi doscientos cincuenta miembros pudo huir al extranjero.

En Polonia, aunque todas las instituciones religiosas cayeron bajo un régimen de control estatal, la Orden ha sobrevivido. Las vocaciones jóvenes posibilitaron a la Congregación Polaca obtener y repoblar varias casas antiguas de la Orden y, de acuerdo con los últimos cálculos, un total de seis monasterios albergan a ciento diez cistercienses.

Un contingente considerable de refugiados húngaros pudo encontrar nuevas oportunidades en los Estados Unidos. Al principio, ayudaron a revitalizar la despoblada Spring Bank, Wisconsin, luego, en 1956, la mayor parte participó en la fundación de la Universidad de Dallas, donde pronto erigieron su nueva abadía de Our Lady of Dallas, y su propio colegio secundario para muchachos. Después de la partida de los húngaros, Spring Bank admitió a un pequeño grupo de ex-trapenses. Este mismo grupo fundó en 1967 un priorato en New Ringgold, Pennsylvania, cerca de Allentown. En el ínterin, monjes de la suprimida Ossegg pudieron reagruparse en Rosenthal, cerca de Dresde, y en Langwaden, cerca de Düsseldorf. En 1958, la abadía de Hohenfurt se unió a la abadía austríaca de Rein.

Durante los difíciles años de la posguerra, Casamari demostró ser la congregación más vigorosa dentro de la Común Observancia y, entre 1950 y 1974, no sólo aumentó el número de casas afiliadas, sino que el total de sus miembros se elevó de ciento cincuenta y uno a doscientos seis. Esta Congregación incluye Our Lady of Fatima, una pequeña comunidad americana fundada en 1967 en Moorestown, Nueva Jersey.

La crisis vocacional de la década del 60 resultó fatal para varias comunidades europeas. En 1967 tuvo que ser suprimida, por falta de vocaciones, Seligenporten, en Alemania. En Francia, la Congregación de la Inmaculada Concepción (Sénanque) se vio obligada a abandonar Sant Miquel de Cuixá, luego Pont-Colbert y hasta Sénanque para asegurar monjes suficientes a Lérins. Otra pérdida importante fue Boquen, que después de la muerte del Abad Alexis Presse se convirtió en una «domus experimentorum» de renovación para la juventud, perdió su carácter monástico y fue suprimida por consiguiente en 1973. Por otro lado, Poblet fundó una segunda casa en Catalunya en 1967: Solius, en la comarca de la Selva.

Dentro de la Común Observancia, la exigencia de «renovación» no creó una revolución comparable con la ocurrida entre las filas de la Estricta Observancia. La idea de «pluralismo» – autonomía local-, respuesta positiva a las necesidades de la Iglesia contemporánea y una fructífera interacción entre el monasterio y el mundo se practicaban desde hacía tiempo en la mayoría de las Congregaciones de la Común Observancia. A pesar de lo cual, el Capítulo General dedicó dos sesiones especiales para considerar las nuevas exigencias, una en 1968 en Roma, y en 1969 la otra, en la abadía alemana de Marienstatt.

Fruto de esas asambleas fue la publicación de una Declaración detallada (cincuenta y dos páginas impresas) sobre la misión del monaquismo cisterciense en el mundo moderno y una nueva Constitución para el supremo gobierno de la Orden.

La nueva constitución define a la «Orden Cisterciense» (O. Cist), en ciento nueve artículos, como «una unión de congregaciones» gobernadas por un Capítulo General bajo la presidencia de un Abad General. Sumados a todos los abades, los miembros del Capítulo General incluyen a delegados de cada casa o congregación, proporcionales al número de monjes. El Capítulo debe ser convocado cada cinco años, para legislar sobre la Orden en conjunto. El Abad General debe ser elegido por el Capítulo General por un término de diez años, aunque siempre sigue siendo reelegible. Debe residir en Roma, y está ayudado por un consejo de cuatro miembros, también elegido por el Capítulo. El histórico definitorium, que ha sido rebautizado como «Sínodo», debe incluir al Abad General, al Procurador General, a los Presidentes de cada congregación y a otros cinco miembros elegidos por el Capítulo General. El Sínodo debe reunirse al menos año por otro, y debe tratar los asuntos urgentes que se susciten entre las reuniones del Capítulo General.

La reglamentación de la vida monástica a nivel local reservada a las Congregaciones autónomas, cada una bajo un Abad Presidente y un «Capítulo congregacional» que regulan temas tan importantes como el tiempo de duración del abadiato, la posición legal de los conversos, la reforma litúrgica y las observancias monásticas. La tarea primordial de cada Abad Presidente es la visita trienal a cada casa de su congregación. Su propia abadía es visitada por el Abad General.

El Capítulo General de 1974, reunido en Casamari, contó con la participación, por primera vez, de algunas abadesas cistercienses como observadoras. La asamblea confirmó, con ligeras variantes, el trabajo de las sesiones extraordinarias previas de renovación y consideró, entre otras cosas, asuntos litúrgicos y la persistente crisis vocacional.

Las estadísticas compiladas para esta sesión del Capítulo demostraron que la disminución de miembros durante la década pasada no ha sido tan acentuada, a despecho de las pérdidas trágicas e irreparables tras el «Telón de Acero». En 1950, el total de miembros alcanzaba a mil setecientos veinticuatro, en 1974 era de mil quinientos cuarenta y siete, un descenso algo mayor del 10%. El número de novicios no mostró gran fluctuación. Era llamativo el alto porcentaje de novicios que han salido: de seiscientos veintitrés novicios de coro admitidos entre 1961-1965, sólo perseveraron doscientos sesenta y cuatro, y la proporción de deserciones es aún mayor entre los novicios para hermanos legos. Entre 1966 y 1970, fueron admitidos menos novicios de coro (quinientos veinticinco), pero un porcentaje relativamente mayor (doscientos cuarenta y siete) alcanzó a hacer la primera profesión.

Otro elemento en la general disminución del número de miembros ha sido los que dejaron la Orden después de la profesión solemne. Entre 1964 y 1968, catorce monjes pidieron dispensa de sus votos antes de la ordenación; veinte sacerdotes fueron secularizados; trece recibieron autorización para vivir en forma permanente fuera del monasterio; dos sacerdotes pasaron al estado laical. Entre 1969 y 1974, las cifras para las mismas categorías y en el mismo orden habían aumentado a 20, 31, 12 y 30. Es particularmente notable el gran incremento de las reducciones al estado laical.

Los que buscan consuelo en el hecho de que la disminución dentro de la Orden ha sido mucho más baja que en otros institutos, fueron advertidos por los abades austríacos, quienes señalaron la alarmante desproporción entre jóvenes y viejos. En 1974, sobre un total de trescientos veintinueve monjes y novicios austríacos, más del 19% contaba más de 70 años de edad y sólo el 10% menos de 30. El grupo que acusaba netamente un mayor porcentaje (26,3%) reunía a aquellos cuyas edades oscilaban entre 60 y 70 años. En realidad, sólo el aumento muy reciente del número de novicios mantiene alguna esperanza de un apreciable desarrollo de la Orden en un futuro cercano.

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La restauración del siglo XIX: la Común Observancia

Los regímenes conservadores que volvieron al poder después de 1815 no eran contrarios a la religión. En algunos países, la cooperación voluntaria con la Iglesia se acercó a una nueva alianza entre «trono y altar». A pesar de esto, las órdenes monásticas no gozaron de la cordialidad oficial. Era todavía evidente la aversión de los ilustrados hacia las «inútiles» abadías; tampoco se podía permitir la reorganización de las comunidades disueltas sin poner en peligro los bienes de los nuevos dueños de las propiedades monásticas confiscadas; y por último, en una tensa atmósfera de nacionalismo, recaía la sospecha de deslealtad o antipatriotismo sobre las órdenes religiosas que tenía conexiones internacionales o superiores extranjeros. Estas fueron sólo algunas de las razones por las cuales las abadías cistercienses que sobrevivían en Europa Central fueran incapaces de lanzar una campaña vigorosa de renovación y se vieron condenadas a subsistir durante décadas enteras en absoluto aislamiento.

Los Estados Papales fueron el único país donde no pudieron prevalecer esas condiciones. En realidad, los primeros pasos para la restauración, no sólo de monasterios individuales, sino también de la Orden Cisterciense como organización, se dieron en Roma, bajo los auspicios papales. El papa Pío VII restableció Casamari en 1814, siguiendo el mismo camino en 1817 dos antiguas abadías romanas: Santa Croce in Gerusalemme y la que fuera casa fuliense de San Bernardo alle Terme. Pronto, unos pocos monasterios sirvieron nuevamente, y los representantes de seis casas pudieron reunir un capítulo en 1820. Tomaron el nombre de «Congregación Italiana de san Bernardo», adoptaron la constitución de la desaparecida Congregación de Lombardía y Toscana, convocaron capítulos congregacionales cada cinco años y eligieron un «Presidente general», por el término también de cinco años.

Debe darse un significado particular a la iniciativa italiana, porque la Santa Sede consideraba al «Presidente general» de la Congregación heredero legítimo del Abad General de Cister. El primero en ostentar este título fue Raimundo Giovannini, al que sucedieron Sixto Benigni y José Fontana. Todos ellos ejercieron el derecho de confirmar elecciones abaciales, aun entre los trapenses, e hicieron repetidos, aunque infructuosos intentos, para establecer relaciones más amistosas con las abadías cistercienses fuera de Italia. El más notable de estos esfuerzos fue el acercamiento de Fontana a la Congregación Suiza en 1825, proponiendo la reanudación de las relaciones legales entre ambas Congregaciones. Sin embargo, los abades suizos declinaron el ofrecimiento, temiendo represalias de su gobierno. Una campaña anticlerical posterior, que puso fin a la vida cisterciense en Suiza, justificó ampliamente la precaución de los abades.

La revolución de 1830 separó a Bélgica de Holanda, y el nuevo gobierno belga, a diferencia del régimen anterior, mostró mucha mejor voluntad hacia la Iglesia Católica. Los supervivientes de los cistercienses de Lieu-Saint-Bernard sin casa ni hogar, que permanecían organizados bajo los sucesores del último abad legítimo, no podían volver a ocupar su abadía. En 1833, encontraron un hogar adecuado en Bornem, que fue reconocido como sucesor de Lieu-Saint-Bernard dos años más tarde. Al año siguiente, se restauró allí la vida monástica del todo.

El último monje sobreviviente de Val-Dieu, Bernardo Klinkenberg, readquirió las ruinas de su abadía en 1840 y, con la ayuda de Bornem, pudo restaurar la vida comunitaria en 1844. Las dos abadías formaron el «Vicariato de Bélgica», y aceptaron como estatuto básico la In Suprema, promulgada por Alejandro VII en 1666. A la cabeza de la organización figuraba el «Vicario general», elegido por cinco años. Cada cinco años se reunían capítulos que representaban a ambas comunidades. Después de la restauración, los primeros novicios belgas fueron educados en Santa Croce, en Roma, pero, de acuerdo con sus propios estatutos, aprobados por la Santa Sede en 1846, las abadías conservaban su independencia.

El resurgimiento de la Común Observancia en Francia fue iniciado como un esfuerzo personal de un piadoso sacerdote diocesano, el abbé León Barnouin, quien, en honor de la Inmaculada Concepción (dogma definido en 1854), restauró la vida monástica en la antigua abadía cisterciense de Sénanque, en la diócesis de Aviñón, en 1855. El abbé Barnouin recibió el nombre de María Bernardo, concluyó su noviciado en Roma, y la nueva Congregación permaneció afiliada a la Congregación de San Bernardo en Italia por algún tiempo. Pero la floreciente comunidad se independizó pronto y formó la Congregación de Sénanque en 1867. En un breve lapso, la abadía restableció otros tres monasterios abandonados, entre ellos el famoso centro del monacato pre-benedictino francés de Lérins (Provenza), que posteriormente se transformó en centro de toda la Congregación. Éste fue el único grupo en la Común Observancia que retenía un tipo de vida de carácter puramente contemplativo. Sin embargo, su disciplina no era tan estricta como la de los trapenses, razón por la cual frecuentemente se hace referencia a esta Congregación como la «observancia media» (observancia media).

El grupo de abadías que se salvaron del desastroso reinado del emperador José II podrían haber iniciado un movimiento de restauración a una escala verdaderamente impresionante. Quedaban ocho abadías en Austria, dos en Bohemia, dos en la zona de Polonia ocupada por Austria y una en Hungría, trece monasterios en total, la mayoría de los cuales muy poblados, en posesión de sus antiguos claustros y de buena parte de sus propiedades del siglo XVIII. La política oficial que prevalecía en la monarquía de los Habsburgo hasta 1850, llamada Josefinismo, el triste legado de José II, impidió que los monjes tomaran iniciativa alguna dirigida a una reconstrucción auténtica. Esta política estaba basada en la premisa de que la Iglesia era un departamento gubernamental encargado de inspeccionar la moral de los ciudadanos. Las comunidades monásticas, que el gobierno terminó por tolerar, debían probar su utilidad ejerciendo un ministerio pastoral activo, enseñando o realizando otras obras de caridad. Pero se abolió la exención monástica, se prohibió cualquier contacto con el Papado o superiores extranjeros y, dado que los monjes eran considerados como simples auxiliares en el ministerio pastoral, todas las abadías quedaron bajo la estricta supervisión de los obispos diocesanos. El férreo control gubernamental sobre la educación de los clérigos, tanto regulares como seculares, aseguró una nueva generación convenientemente adoctrinada en el espíritu del josefinismo, y capaz de llevar a cabo las tareas sacerdotales en concordancia con tales instrucciones por tiempo indefinido.

Es fácil prever el impacto de esta política en la vida interna de cada comunidad, y queda bien ilustrado con el ejemplo de Zirc, en Hungría, una casa que dependía originariamente de Heinrichau, en Silesia. Después de la supresión de esta última abadía en 1810, Zirc fue independiente. En 1814, el emperador Francisco 1 nombró al abad de Pilis y Pásztó, recién unidas, como nuevo abad de Zirc. De esta forma los tres monasterios húngaros quedaban unificados de forma permanente bajo una sola cabeza, el abad de Zirc. Mas, en pago por el favor imperial, los monjes debieron asumir la dirección de dos gimnasios, anteriormente a cargo de los jesuítas, a más de otro en Eger, que ya estaba regido por los monjes de Pásztó. Tales tareas aumentaron considerablemente la carga que ya significaba atender a casi una docena de parroquias.

Debido a que el abad disponía de unos treinta y cinco sacerdotes, prácticamente todos los monjes capacitados estaban empleados en trabajos pastorales o de enseñanza, quedando en la abadía de Zirc sólo los novicios y el personal administrativo absolutamente necesario. En tales circunstancias, no se podían observar ni el horarium tradicional, ni los estatutos del siglo XVIII. El oficio divino recitado en común se redujo a las horas del día, y todas las demás observancias monásticas sufrieron una reducción similar.

Zirc, incapaz de establecer contacto con las altas autoridades de la Orden, cayó bajo la jurisdicción del obispo de Veszprém. Éste realizó visitas periódicas a la abadía y, en 1817, les dio una serie de reglas adaptadas a las nuevas circunstancias. En 1822, una conferencia episcopal húngara emprendió la recopilación de nuevos Estatutos para los monjes, pero el texto nunca recibió aprobación gubernamental y pronto cayó en el olvido. Por consiguiente, hasta la década de 1850, la vida de los monjes estaba basada puramente en costumbres locales, que satisfacían las necesidades sacerdotales elementales, pero ignoraban las tradiciones monásticas.

En las otras doce abadías austro-húngaras imperaban condiciones similares. Habían desaparecido los conversos, pero cuatro o cinco abadías tenían cada una alrededor de cincuenta sacerdotes, con un número adecuado de nuevas vocaciones para asegurar su continuidad. Las cargas, sin embargo, eran pesadas. Stams, en el Tirol, tenía a su cargo dieciocho parroquias, y las otras no le iban a la zaga. En 1854, las trece abadías tenían a su cargo un conjunto de ciento treinta y ocho parroquias, a las que se sumaban otras cuarenta y cinco iglesias no parroquiales, y capillas atendidas por los monjes. Casi todas las parroquias tenían escuela primaria. Neukloster y Ossegg tenían a su cargo gimnasios, y otras cinco abadías preparaban a cierto número de profesores para escuelas secundarias de la vecindad. Zwettl mantenía un asilo para treinta mendigos, y otras cinco abadías sostenían instituciones similares, aunque más pequeñas. Heiligenkreuz, Zwettl y Lilienfeld organizaron pensionados para niños cantores. En ese mismo año (1854), el número total de sacerdotes en las trece comunidades era de cuatrocientos treinta y tres. Por consiguiente, es innecesario destacar que, después de cumplir con sus tareas externas, los monjes no tenían ni tiempo para entregarse a sus obligaciones monásticas con celo y devoción. En realidad, sólo en Rein, Stams, Ossegg y las dos casas polacas de Mogila y Szcszyrzyc se recitaba el Oficio divino completo en comunidad. En otros lugares el oficio comunitario quedaba notablemente reducido. En Neukloster, los monjes sólo podían cumplir con la Pretiosa (una parte de Prima) a las 7 de la mañana.

Se necesitaba dar a los monjes una educación apropiada, para que pudieran ocuparse intensamente en la enseñanza y el trabajo pastoral. Durante el régimen de José II, miembros de ambos cleros, regular y secular, se vieron forzados a concurrir a «seminarios generales» recién organizados, para poder ser educados en el espíritu del josefinismo. En 1790, se permitió de nuevo a las comunidades religiosas proveer independientemente a la educación de sus miembros, siempre y cuando tuvieran profesores con títulos expedidos por el gobierno y aceptaran el uso de textos impuestos en forma obligatoria. Heiligenkreuz organizó una escuela de Teología de acuerdo con estas normas, al cual concurrían también clérigos de otras cuatro abadías. Stams abrió una institución similar, pero los otros monasterios enviaban a sus estudiantes de teología a los seminarios diocesanos más cercanos. La duración del curso de estudios era de cuatro años, aunque en el tercero se permitía a los clérigos hacer los votos solemnes, si tenían veintiún años, edad mínima prescrita por el gobierno. Los maestros empleados en los gimnasios, además de los estudios ya mencionados, debían obtener el título de habilitación en una Universidad estatal.

Por otro lado, las reglamentaciones gubernamentales, impuestas con todo rigor, no sólo impedían que las abadías cistercienses establecieran relaciones legales con el Presidente general en Roma, sino que hicieron también que la cooperación organizada entre ellas, dentro del imperio de los Habsburgo, fuera extremadamente difícil y aun arriesgada, porque una organización de ese tipo les podría hacer aparecer como sospechosos a los ojos de las autoridades. El Procurador cisterciense en Roma pudo recoger alguna información de las condiciones imperantes en Austria, únicamente a través de cartas informales o de noticias traídas por viajeros. En 1846, Alberico Amatori, el Procurador general romano, dirigió una carta al abad de Heiligenkreuz, en la cual le confesaba su ignorancia de la situación, hasta del número de casas cistercienses en Austria, y le pedía información. Urgía al abad para que explorara la posibilidad de una cooperación más íntima con Roma, y le ponía el ejemplo de la Congregación Belga recién organizada.

El Procurador no recibió ninguna respuesta optimista de Heiligenkreuz, pero las revoluciones de 1848-1849 hicieron tambalear los fundamentos de la monarquía y dieron por resultado un cambio fundamental en las relaciones Iglesia-Estado. La nueva constitución de 1849 reconoció la autonomía de la Iglesia en Austria y la subsiguiente Conferencia episcopal en Viena comenzó a aprovechar tal concesión. En 1850, el joven emperador Francisco José abolió el placet (consentimiento) imperial, quedando libres de este modo las comunicaciones con Roma. Por último, el concordato de 1855 rompió definitivamente con el josefinismo, con lo cual el clero de Austria volvió a ser de nuevo parte de la Iglesia universal.

En ese clima político profundamente cambiado, surgió la posibilidad de una asamblea abacial en 1851. La agenda propuesta incluía: la formación de una provincia cisterciense austríaca: la restauración de la exención monástica; el establecimiento de relaciones con el Presidente General en Roma; los reglamentos para la administración de escuelas y parroquias y, por último, la reforma de la disciplina monástica.

Dado que ninguno de los abades había pertenecido a una organización de esa índole, la iniciativa fue tomada por algunos de ellos en forma privada. La reacción inmediata de los otros fue cauta en extremo. A pesar de sus temores de provocar la ira episcopal, los abades llevaron a cabo sus asambleas de forma casi clandestina, en Baden, cerca de Viena, a fines de octubre de 1851.

Entre los numerosos problemas, recibió atención especial el de la exención, pero los tímidos abades se limitaron a esperar a que la Santa Sede tomara la iniciativa en la materia. No se hizo nada en los otros campos, excepto la resolución de encontrarse nuevamente en un futuro cercano; el esbozo de una constitución provincial y el establecimiento de relaciones directas con Roma.

Para preparar ese segundo encuentro, varios abades visitaron al Nuncio Apostólico en Viena, oportunidad en que escucharon por primera vez que todos los problemas relativos a las órdenes religiosas en Austria serían decididos por medio de una visita apostólica. Se les informó también de que la iniciativa había sido tomada en la Conferencia episcopal de 1849, cuando los obispos se quejaron del decadente estado de la disciplina monástica en toda la monarquia, y pidieron la intervención de la Santa Sede en un asunto tan delicado.

Estas sorprendentes noticias redujeron en gran parte el significado de la asamblea programada, aunque los abades se reunieron en Viena a mediados de mayo de 1852. Inmediatamente decidieron preparar un informe detallado a la Santa Sede sobre el estado dificultoso y triste por el que atravesaba la Orden en Austria. En un documento muy franco, los abades admitían espontáneamente que durante el siglo pasado «la disciplina se había debilitado, había disminuido la regularidad y las virtudes monásticas habían desaparecido en gran parte», pero hacían recaer toda la responsabilidad en la política anti-religiosa del gobierno. La patética representación contenía sólo tres peticiones específicas: el nombramiento de un cardenal protector; la autorización para tener un procurador en Roma; y la organización de una provincia cisterciense austríaca bajo la autoridad del Abad General.

El documento fue entregado al Nuncio en Viena, quien, a su debido tiempo, lo remitió a Roma. La respuesta de Pío IX estaba dirigida al Abad de Rein. El papa elogiaba la solicitud y buena voluntad de los abades para realizar una reforma, pero todas las decisiones finales dependían del resultado de la visita apostólica.

El 25 de junio de 1852, el Papa eligió a Federico Cardenal Schwarzenberg, arzobispo de Praga, para el cargo de Visitador. En Hungría se otorgó la misma autoridad al Arzobispo de Esztergom. Sin embargo, como sólo había una abadía cisterciense en dicho país, la visita a los cistercienses, incluida Zirc, fue responsabilidad de Schwarzenberg. El Cardenal era un prelado con vastos conocimientos y gran celo, que cumplió su tarea con seriedad, aunque delegó la visita efectiva de cada abadía al obispo Agustín Hille. Fue este último el que llamó a la puerta de las abadías cistercienses acompañado en su viaje por Salesius Mayer, un monje piadoso y erudito, perteneciente a Ossegg, en Bohemia, que después prestó servicios como profesor de teología moral y rector de la Universidad de Praga, y terminó su vida (1876) como abad de Ossegg. El infatigable Padre Mayer influyó poderosamente en la naturaleza, alcance y éxito de la visita a las abadías cistercienses.

Como preparación de la visita, se pidió a cada casa que presentara un informe completo sobre todos los aspectos de su vida monástica, incluyendo una copia de los reglamentos observados en la comunidad. Cosa característica de las condiciones imperantes, únicamente Ossegg pudo mostrar sus estatutos. Todos los otros monasterios vivían sin reglamentos valederos, siguiendo simplemente costumbres transmitidas por generaciones anteriores de monjes.

La visita a las abadías cistercienses se llevó a cabo entre 1854 y 1855, seguida por la promulgación de cartas constitucionales especiales para cada comunidad. Esos documentos estaban basados en una declaración de principios formulados por el Cardenal, pero se adaptaban a las condiciones locales. Como broche de todo el proceso, el 12 de agosto de 1856, Schwarzenberg envió a Roma un informe detallado de la visita y recomendaciones.

Los padres visitadores, establecía el Cardenal, fueron recibidos en todas partes «con los más grandes honores y aperturas de corazón» y la mayoría de los monjes mostraron «amor por la Orden y deseo de progreso». Sin embargo, «la disciplina estricta que hizo una vez que la Orden de san Bernardo se distinguiera, y que todavia es practicada en la Estricta Observancia de los trapenses, está ausente de los conventos austríacos, y considerando los actuales monjes y las condiciones presentes, no puede ser introducida». En verdad, como el Cardenal observaba, mientras que la mitad, o incluso un porcentaje mayor de miembros vivieran fuera de la abadía en forma permanente, realizando tareas pastorales o docentes, era completamente imposible introducir una disciplina uniforme. Hizo todo lo que pudo para dar énfasis a los elementos esenciales de la vida monástica, pero sólo esperaba mejoras sustanciales después de un notable aumento de los miembros de las comunidades y una reducción gradual de las tareas externas. También afirmaba el Cardenal, que el primer paso hacia el mejoramiento sería la organización de una provincia cisterciense autónoma. Los detalles prácticos de la reforma quedarían sometidos a un capítulo provincial, donde conjuntamente con la nueva constitución debía surgir un libro básico de Estatutos uniformes.

La asamblea tan anunciada, y preparada con tanto cuidado, fue inaugurada en Praga por el cardenal Schwarzenberg, el 30 de mayo de 1859. Todos los monasterios cistercienses estuvieron debidamente representados, y aun los cenóbios de monjas afiliados enviaron a sus capellanes como delegados; en total concurrieron veintiocho personas. También apareció por primera vez el prior de Mehrerau, en nombre de la comunidad Suiza de Wettingen, exiliada, que en 1854 pudo encontrar un nuevo hogar en Mehrerau, una abadía benedictina abandonada en Austria.

En cuanto a los temas de importancia, la conferencia estaba muy lejos de la unanimidad. Las diferencias de opinión en materia de disciplina monástica estaban muy acentuadas por el orgullo nacionalista. Después que las revoluciones de 1848-1849 fueran sofocadas en forma sangrienta, los polacos, checos y en especial los húngaros, tenían sus propios motivos de quejas y se mostraban habitualmente desconfiados hacia cualquier movimiento que implicara dominación austríaca. Fue una coincidencia desafortunada que el hermano del cardenal Schwarzenberg, Félix, como primer ministro de Austria (1848-1853) fuera odiado a muerte como opresor. No obstante, después de unas semanas de ardua labor se alcanzó el propósito de la reunión: se aceptó un libro nuevo de Estatutos, se construyó el marco legal para una Congregación autónoma, y hasta se eligió al primer Vicario General.

El conjunto de reglamentos, los llamados «Estatutos de Praga», alcanzaron a formar un folleto de cuarenta y cuatro páginas que pronto fue publicado. Se supuso generalmente que el texto era obra de Salesius Mayer, pero sus elementos más importantes se basaban en los estatutos de la provincia cisterciense de Bohemia y Moravia, del siglo XVIII, que a su vez eran adaptación de la In Suprema de Alejandro VII, promulgada en 1666. Mientras que, por un lado, eran manifiestos los honestos esfuerzos por mantener la continuidad de las tradiciones cistercienses, por otro se prestaba la debida atención a las exigencias contemporáneas. La recitación o canto de todo el oficio canónico debía estar precedida por el oficio de la Santísima Virgen, y eran absolutamente obligatorios en todas las abadías. Se dio nuevo énfasis a los ejercicios espirituales, tales como la meditación diaria, la lectura espiritual y los retiros espirituales, lo mismo que las reglas de ayuno y abstinencia. Aunque el carácter de las reglas estaba muy lejos de la severidad de la de los trapenses, los Estatutos de Praga, si hubieran sido observados, habrían restaurado la disciplina monástica a un nivel respetable.

La constitución provincial exigía un Vicario General electo por todos los abades por un término de seis años. Debía ser ayudado en sus tareas por tres Asistentes elegidos en forma similar. El Capítulo provincial debía ser convocado cada tres años. De igual modo, la visita a cada abadía realizada por el Vicario General debía efectuarse trienalmente. Los reglamentos también pedían un Procurador general en Roma, y dejaban la puerta abierta para el nombramiento de un futuro Abad General y Capítulo General, que volverían a entrar en funciones en una fecha posterior. La fructífera asamblea concluyó con la elección del primer Vicario general de la nueva Congregación, en la persona de Luis Crophius, abad de Rein.

El Cardenal Schwarzenberg aprobó los nuevos Estatutos el 5 de abril y los envió conjuntamente con toda la documentación pertinente a Roma, para su ratificación final por la Congregación de Obispos y Regulares. El hecho de que los Estatutos de Praga nunca recibieran esa sanción, redujo considerablemente su efectividad, pero todavía en 1859 constituían un paso decisivo en la historia de la Común Observancia. Un pasado lleno de sinsabores había quedado atrás, y se abría el camino hacia una mejor organización externa, un desarrollo más rápido y una espiritualidad más profunda.

Mientras tanto, la condición de la Iglesia en Austria había cambiado, estimulando al Presidente General en Roma a hacer otro intento para lograr una cooperación más íntima con sus hermanos cistercienses de allende los Alpes. Cuando Angel Geniani, abad de Santa Croce, estuvo a punto de convocar un Capítulo para la Congregación Italiana en 1856, envió una invitación a los abades de Bélgica y Austria, y los estimuló para que concurrieran. Como todavía se estaba desarrollando la visita en Austria, y no quedaba claro si se les invitaba para participar activamente, o para ser simples espectadores, la contestación fue negativa en ambos países.

El sucesor inmediato de Geniani, Teobaldo Cesari, continuó con el mismo ímpetu y presionó en favor de un Capítulo General, usando su influencia en la Curia en beneficio de dicho proyecto. Siguió con gran interés la evolución de la reunión de Praga, donde también se discutió la función del Abad General, aunque los abades austríacos fracasaron en llevar hasta las últimas consecuencias este tema. En 1856, renovó la invitación de su predecesor para concurrir a un Capítulo General, pero infructuosamente. En 1863, Cesari hizo otro intento, esta vez por medio del Nuncio en Viena, que se había convertido en entusiasta sostenedor de la idea. Las miras del plan apuntaban a una sesión plenaria del Capítulo General, a la cual hasta se invitó a los abades trapenses. Por desgracia, ese proyecto tan prometedor no recibió apoyo de Austria, y fue igualmente rechazado por Estanislao Lapierre, abad de Sept-Fons y Vicario de la «Antigua Reforma».

No queda completamente clara la razón de la frialdad de los austríacos hacia la iniciativa de Cesari, pero se puede suponer, por lo menos, que una de las razones de sus preocupaciones era la constante tensión política entre Italia y Austria, que desembocó en abiertas hostilidades en 1859 y 1866. Esta suposición parece estar corroborada por el hecho de que el infatigable Cesari se valió de los húngaros, mucho más amistosos, para sus sucesivos intentos. Sin embargo, expresó simplemente en 1865 su deseo de visitar informalmente las abadías austríacas, y pidió al abad de Zirc que explorara la actitud de sus colegas respecto a la misma. El comienzo de la guerra austro-prusiana (1866) y, como consecuencia, la entrada de tropas italianas en Venecia, estropeó el plan. Pero, en 1867, Cesari hizo una visita en Bélgica de las dos abadías del país, y en su viaje de retorno visitó algunas comunidades austríacas y la húngara de Zirc, que le impresionaron muy favorablemente, y llegó a la convicción de que era la época apropiada para convocar el muy postergado Capítulo General.

A comienzos de 1868, Cesari envió sus planes a la Congregación de Obispos y Regulares y la respuesta fue rápida y favorable. El 27 de marzo, la Congregación promulgó un documento reconociendo a Cesari como General de ambas Congregaciones, la belga y la austríaca autorizándolo a convocar «tan pronto como fuera posible» un Capítulo General. Cesari no perdió el tiempo, e invitó a todos los abades de ambas Congregaciones a reunirse el próximo septiembre en Roma. A petición de los sorprendidos abades, el Capítulo se diferió, sin embargo, hasta el 6 de abril de 1869, y ésta es la fecha en que se inició la asamblea en la abadía de San Bernardo alle Terme.

La tan anunciada reunión resultó a todas luces poco propicia. Aunque invitada, la Congregación de Sénanque no envió ningún representante; tampoco lo hizo Mogila, de Polonia. Sin contar a Cesari, que presidía, se hicieron presentes sólo cuatro italianos, quienes al ver que las discusiones se referían casi exclusivamente a problemas austríacos, se retiraron después de la tercera sesión. Tomando en consideración el hecho de que los trapenses ni siquiera fueron invitados, surgió repentinamente la duda de si la reunión podía calificarse de Capítulo General o era simplemente una asamblea especial de los abades austríacos y belgas. Nunca se explicó oficialmente la negativa actitud hacia la Estricta Observancia. Con certeza, una razón fue el propio rechazo de los trapenses, que ya estaban considerando la posibilidad de formar su propia organización independiente. Otro motivo – quizá el principal – fue el temor de que una gran cantidad de representantes trapenses pudiera dominar por completo a una Asamblea, por otra parte modesta.

A despecho de problemas tan importantes, después de diez días de intensas negociaciones, el Capítulo pudo decidir, por lo menos, sobre dos puntos de su agenda: el Abad General, y la reorganización del Capítulo General. Se resolvió que el Abad General debía residir en Roma, ser abad de la Común Observancia y elegido en forma vitalicia por todos los otros abades de la misma observancia en una sesión especial del Capítulo General. El abad Cesari fue aceptado como primer General, en honor a su previo nombramiento por parte de la Congregación. Las tareas principales del General consistían en visitar las abadías cada diez años, la convocación del Capítulo General y la presidencia del mismo. Debía ser ayudado por un Procurador General elegido, pero en problemas que involucraran a abadías concretas, debía actuar sólo por la mediación del abad afectado.

El Capítulo General debía reunirse en Roma cada diez años, aunque, en caso de muerte del Abad General, el Procurador General debía convocar a una sesión especial para la elección de un nuevo General. Constituían un grave problema el número de miembros y el derecho a votar, en vista de la gran desigualdad numérica entre las Congregaciones. Se pidió a la Congregación de Obispos y Regulares que arbitrase en la diferencia, porque la conferencia era incapaz de llegar a una decisión unánime. Sobre la extensión de la jurisdicción capitular, no se llegó a una decisión específica, pero todos estuvieron de acuerdo en el principio que no tenía autoridad para cambiar las constituciones congregacionales aprobadas por la Santa Sede. Los abades decidieron pedir de nuevo la rápida aprobación de los Estatutos de Praga por la Congregación. En otras materias, tales como la observancia uniforme del voto de pobreza y la posibilidad de abrir un colegio de teología común en Roma, no se tomó decisión alguna.

Ni los abades austríacos, ni la Congregación de Obispos y Regulares consideraron que los problemas que quedaron pendientes después del Capítulo tuvieran importancia vital. Cuando murió el Abad General Cesari en 1879, los Estatutos de Praga todavía estaban esperando ser aprobados y, dado que el Capítulo general de 1880 no se preocupó por el asunto, todo fue tranquilamente olvidado. El único hecho notable del Capítulo fue la elección del nuevo General en la persona de Gregorio Bartolini, abad de Santa Croce en Roma. Sin embargo, el Capítulo se realizó en Viena, porque el gobierno se había apoderado de ambas abadías romanas de la Orden y las había convertido en cuarteles. El mismo Bartolini tuvo que vivir en un pequeño departamento adyacente a su iglesia titular.

El Capítulo de 1891 se reunió también, por la misma razón, en Viena y hubo de topar con la misma emergencia. Bartolini murió en 1890, y por consiguiente, debía elegirse un sucesor. Sin embargo, el factor perturbador lo constituía el hecho de que no había ningún abad italiano vivo y ninguna abadía italiana disponible donde el nuevo General pudiera establecer la casa generaliza, y eso creaba un nuevo problema. En consecuencia, la Orden se dirigió a la Santa Sede para pedir que el nuevo General, que presumiblemente no sería italiano, pudiera vivir y actuar fuera de Roma. La petición fue otorgada, y la elección del Capítulo recayó en el abad de Hohenfurt, Leopoldo Wackarz, Vicario general de la congregación austríaca, un venerable octogenario.

Hechos más memorables ocurrieron en 1891, en relación con el octavo centenario del nacimiento de san Bernardo. Los trapenses tomaron parte en gran número de reuniones y celebraciones realizadas en toda Francia, y como recuerdo permanente, reeditaron la importante colección de fuentes conocida como el Nomasticon cisterciense. La Común Observancia encontró apropiado honrar al Santo por medio de una serie de publicaciones monumentales de gran erudición. Con toda seguridad la más sobresaliente fue Origines Cistercienses, una lista de todos los monasterios cistercienses a lo largo de la historia, obra de un estudioso monje de Zwettl, Leopoldo Janauschek, que todavía resulta indispensable en la actualidad. El mismo Janauschek editó en cuatro volúmenes la Xenia Bernardina, que incluía la bibliografía Bernardina completa. En 1889, la iniciación de la Cistercienser – Chronik por Gregorio Müller señala un jalón para el estudio del pasado cisterciense. Una empresa similar en lengua francesa y respaldada por la Congregación de Sénanque y editada en Hautecombe, L’Union Cistercienne, duró desgraciadamente sólo cuatro años. El Padre Imre Piszter de Zirc, publicó en dos volúmenes su obra magna Vida y Obras de san Bernardo, que coincidió con la aparición de la famosa biografía del Santo escrita por Vacandard. Otro miembro distinguido, profesor de Historia de la Universidad de Budapest y futuro abad de Zirc, Remigio Békefi, comenzó una serie de monografías en varios volúmenes cubriendo la historia cisterciense en Hungría.

La única sombra proyectada en la festiva escena era la inminente ruptura dentro de la Orden – todavía una nominalmente entre los trapenses y la Común Observancia. No era algo sorprendente, pero el editor de la Cistercienser – Chronick calificaba el hecho como «grave en sus consecuencias», que «llenaría de pena» los corazones de todos los cistercienses. El Padre Müller, autor de la breve comunicación, que había trabajado más que ningún otro para despertar entre las filas de la Común Observancia una valoración más profunda de las tradiciones cistercienses, admitió pronto que el Abad General y el Capítulo General de su observancia no habían prestado a los trapenses la debida consideración, pero creía aún que la ruptura era innecesaria, y terminaría por perjudicar a ambas ramas de la Orden.

Esas ideas no eran raras tampoco entre los padres trapenses. En vísperas del octavo centenario de la fundación de Cister, el Capítulo General de la Estricta Observancia (1898) dio pasos tendientes a la reunión de las ramas separadas de la Orden sobre la base de la constitución trapense aprobada recientemente. Por medio de ciertas conexiones romanas se hizo llegar la propuesta al Capítulo General de la Común Observancia, reunido en Hohenfurt. Sus términos, según interpretaron los abades en Hohenfurt, implicaban la práctica absorción de la Común Observancia por los trapenses, y por lo tanto el ofrecimiento no pudo ser considerado como un acercamiento práctico hacia tal meta. Se lo rechazó diplomáticamente.

Una de las mayores diferencias que separaron durante el siglo XIX a las dos ramas de la Orden fue el grado y significado de la uniformidad y control central. Cada abadía, como componente de la Congregación trapense, estaba estrechamente supervisada y se suponía que seguiría los Estatutos comunes con rígida uniformidad. La consecuencia final de esa política fue la eventual fusión de las congregaciones, la eliminación de la variedad de observancias y la aparición de la Orden de la Estricta Observancia unida. En 1893, se logró la uniformidad y la dominación completa por el Capítulo General trapenses con un grado mayor de efectividad que en cualquier otra época de la historia cisterciense.

A lo largo de la misma centuria, en agudo contraste, las abadías pertenecientes a la Común observancia retuvieron en gran parte su autonomía. El «pluralismo» prevalecía con más frecuencia entre las antiguas abadías del Imperio Austro-húngaro. Esas comunidades se habían ejercitado en el difícil arte de sobrevivir durante varias décadas, y se habían vuelto desconfiadas ante una posible intervención extranjera, de cualquier origen o naturaleza. El retorno a controles efectivos, mediante capítulos congregacionales o generales, no les parecía de vital importancia, y la observancia de un código de disciplina uniforme les resultaba menos deseable aún. Es verdad, que terminaron por crear un Abad General y restauraron el Capítulo General como organismos convenientes para su representación o publicidad, pero les cercenaron cuidadosamente la autoridad, mientras conservaban con orgullo sus costumbres específicas y su organización interna.

Juzgar del éxito de la Común Observancia de acuerdo con el grado de centralización lograda, sería completamente utópico, a la vez que falso. El progreso puede ser únicamente valorado, si se consideran a fondo otros aspectos de la vida monástica. La evidencia más simple es el crecimiento numérico. Considerando a la provincia austríaca en conjunto, las cifras son particularmente expresivas. En 1854, el total de miembros ascendía a cuatrocientos noventa y nueve, e incluía a cuatrocientos treinta y tres sacerdotes. En 1898, las cifras habían aumentado a quinientos ochenta y uno para el total, del cual cuatrocientos ochenta y tres eran sacerdotes. Mientras tanto, los italianos sufrían grandes pérdidas debido a la secularización de sus casas, y las dos comunidades belgas se mantenían igual, sin ningún cambio importante en ninguna dirección. La Congregación de Sénanque, por su parte, de un puñado de fundadores en 1853, alcanzó un total de ciento cincuenta y siete monjes en 1899, incluyendo cuarenta y nueve sacerdotes, veintinueve clérigos, trece novicios y sesenta y seis conversos; era pues, la única Congregación dentro de la Común Observancia donde la reaparición de los hermanos legos era significativa. Mehrerau, fundada por unos pocos refugiados suizos en 1854, constituyó otro éxito. En muy poco tiempo, Mehrerau no sólo se convirtió en una comunidad considerable, sino que, en 1888, los padres pudieron reorganizar la antigua abadía alemana de Marienstatt, fundando con ella una nueva «Congregación suizo-alemana». En 1898, los miembros de ambas abadías alcanzaban a ciento veinticuatro, de los cuales cincuenta y tres eran sacerdotes, veinticinco clérigos, siete novicios y treinta y nueve conversos.

Sin embargo, el desarrollo más espectacular pertenece a Zirc, en Hungría, que triplicó sus miembros y, en 1898, había alcanzado el impresionante total de ciento treinta y ocho, contándose entre ellos ciento tres sacerdotes. Este éxito hizo posible que, en 1878, los monjes pudieran hacer frente a la carga financiera que significaba San Gotardo, dependiente de Heiligenkreuz (Austria), y abrir al mismo tiempo su cuarto gimnasio, añadiendo el quinto en los primeros años del siglo siguiente, en Budapest.

Es, en realidad, poco corriente que, en 1898, el número de sacerdotes en la Común Observancia fuera de seiscientos cuarenta y cuatro, más alto que la cifra correspondiente en las estadísticas de la Estricta Observancia. La enorme disparidad entre las dos ramas de la Orden en lo que se refiere al número total de miembros está dado por el hecho de que, mientras la Común Observancia tenía sólo ciento cuarenta y seis hermanos legos, los trapenses contaban con cerca de dos mil conversos.

La abnegada dedicación al duro trabajo, en especial en el campo de las actividades educativas y pastorales, puede demostrarse mediante cifras estadísticas recogidas en 1898. Cerca de la mitad de los sacerdotes realizaban trabajos parroquiales, teniendo a su cargo, en conjunto, más de un cuarto de millón de almas. Del resto de los sacerdotes, ciento dieciocho estaban empleados como profesores en los gimnasios de la Orden, que gozaban del crédito público y oficial. La mayoría eran instituciones por ocho años, que ofrecían cursos universitarios preparatorios desde el quinto al duodécimo año. Los aranceles eran mínimos, pero las escuelas estaban dedicadas a la educación de la élite intelectual, y como tales, eran consideradas entre las mejores, especialmente las húngaras. La mayoría de los novicios de Zirc, que crecía vertiginosamente, se reclutaban en los colegios cistercienses.

Se hicieron grandes esfuerzos por dotar de instrucción apropiada a cada miembro de la Orden; por lo tanto, se requería para la admisión capacidad intelectual. A excepción de aquellos pocos que deseaban ser conversos, cada miembro profeso debía recibir una preparación formal en Filosofía y Teología, y aquellos destinados a la enseñanza debían alcanzar grados avanzados en las distintas artes y ciencias. Entre ellos, veinticuatro monjes eran doctores en Teología, veintidós doctores en filosofía, tres doctores en Leyes. El número de publicaciones eruditas aumentó de forma sostenida durante toda la centuria. El hecho de que Cistercienser – Chronick fuera una revista mensual, editada y escrita por y para los monjes de Austria y Hungría, puede ser citado como una prueba más del amor al estudio que imperaba.

La Italia unificada fue un país donde, después de 1860, la Orden estuvo expuesta a vejámenes sin límites. El gobierno anticlerical se apropió de los edificios monásticos, especialmente para usos militares, y sólo se dejaron las iglesias para beneficio de los feligreses. Tal fue el destino que tuvieron en 1871 las dos grandes abadías romanas, perdieron ambas al mismo tiempo sus valiosísimas bibliotecas. Para asegurar su supervivencia, los monjes desalojados adquirieron en 1876 una modesta residencia en Cortona, donde, después de 1883, comenzaron a recibir novicios.

En un intento de realizar una reseña de los logros de la Común Observancia en el siglo XIX, se puede señalar que, aunque las observancias monásticas estaban reducidas a lo esencial, la Orden progresó significativamente en número, nivel de erudición, servicios pastorales y educativos, y aseguró a los cistercienses una alta reputación en todos los niveles de la sociedad contemporánea.

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La restauración del siglo XIX: los Trapenses

Pocos fenómenos históricos son más asombrosos que el poder regenerativo de las órdenes monásticas. Independientemente de la naturaleza o frecuencia de los desastres, los monjes siempre han estado ansiosos de reunir todas las piezas dispersas y recomenzar sus vidas en una nueva casa de Dios.

Todavía no se habían extinguido las llamas de la Revolución, cuando algunos cistercienses heroicos ya estaban dispuestos a trabajar duro. Sin embargo, las comunidades que aparecían a comienzos del siglo XIX no podrían ser consideradas como simples sobrevivientes o continuadoras de las tradiciones monásticas del siglo XVIII. Rescataron mucho del pasado, pero deseaban aprender. Después de la Revolución Francesa, el mundo había cambiado en forma tan radical, que ninguna institución del orden social derrumbado podría ser reincorporada simplemente dentro de la nueva estructura. Los monjes no alimentaban ilusiones vagas a este particular. El humilde lugar que los cistercienses consiguieron asegurarse en las condiciones cambiantes, contrastaba mucho con la posición privilegiada que la Orden había gozado antes; pero la pérdida de la pompa externa no dejaba de ofrecer atractivas compensaciones.

La reforma cisterciense del siglo XII comenzó como un movimiento de renovación espiritual, pero creció inevitablemente hasta convertirse en un factor importante en la vida económica y aun política de la Europa del Medioevo y comienzos de la Edad Moderna. Luego, la violenta tormenta que azotó al continente por más de veinte años acabó con la cubierta protectora de las abadías medievales. El monje que surgió de las ruinas ya no era un ser privilegiado, reverenciado y seguro de sí mismo por pertenecer a una gran Orden; era sencillamente un pobre hombre a la búsqueda de Dios, rodeado por una sociedad que perseguía metas muy diferentes.

La Orden Cisterciense del siglo XIX no podía gozar ya de un papel prominente en la nueva sociedad o en su vida económica o política. Mientras que, aun la más insignificante investigación sobre la civilización medieval debe dedicar algunas páginas al monacato, el lector de un libro voluminoso de historia contemporánea buscaría en vano una referencia a los monjes, que repudiados por los arquitectos del nuevo orden, fueron obligados a retornar a su misión original, ofreciendo asistencia a unos pocos elegidos y tratando de alcanzar la perfección cristiana en medio de un mundo no cristiano.

Pero, no fue sólo la Orden como organización la que tuvo que enfrentarse al desafío del medio ambiente poco propicio. La vocación religiosa como materia de elección individual quedó también expuesta al ataque. Los votos de pobreza, castidad y obediencia constituían un abierto desafío a los nuevos ideales de libertad absoluta y de búsqueda incansable de riqueza y placer. La vida monástica era altamente deseable en el Antiguo Régimen y, por consiguiente, las vocaciones se estimulaban y ocasionalmente se forzaban por parte de los padres u otros factores externos. El deseo de ser monje no era común en la atmósfera materialista del siglo XIX y por tanto, la realización de tal deseo exigía una cuidadosa reflexión y una voluntad firme para vencer obstáculos formidables. Por tales razones, la superpoblación de las viejas abadías incluía muchas veces un buen número de elementos inadaptados, y que causaban problemas disciplinares crónicos. En cambio, el nuevo monje era en verdad un voluntario, probado a causa de su idealismo. Su presencia en la comunidad elevaba la observancia monástica a un nivel ejemplar. De esta forma, mientras los cistercienses habían perdido su riqueza, posición prestigiosa y florecimiento numérico, lograron asegurarse el éxito de una regeneración puramente interior.

Tampoco fue el clima de comienzos de ese siglo totalmente hostil a la renovación monástica. La desilusión por el fracaso de la Ilustración dio origen al romanticismo, desplazando a la razón y otorgando un papel más importante al corazón humano. El romanticismo fue primitivamente un movimiento literario y artístico, inspirado en un retorno al pasado, en especial al período formativo de las grandes naciones europeas, el Medioevo. El estudio de esa época condujo inevitablemente a una mejor inteligencia del cristianismo, comprendiendo el verdadero mérito de los monjes, los primeros maestros de los jóvenes bárbaros. La difusión del interés por todo lo antiguo, la resurrección de la arquitectura gótica, la moda de las novelas históricas y la reincorporación del canto gregoriano a la liturgia, fueron todos resultados favorables de la nueva tendencia. También fue la época en que las «románticas» ruinas de los claustros olvidados provocaban la curiosidad de un número de errabundos caminantes por los bosques europeos, e inspiraba a poetas y pintores, todos intrigados por el temperamento misterioso que una vez animó los enjambres de encapuchados habitantes. Es difícil evaluar hasta qué punto este interés renovado por el monaquismo pueda estar relacionado con el éxito del renacimiento de La Trapa. Sin embargo, es innegable que la comprensiva actitud de la nueva generación de intelectuales, facilitó considerablemente las primeras etapas de la reconstrucción cisterciense.

Cuando se hizo evidente que todo estaba perdido en Francia, el único esfuerzo organizado por salvar un núcleo cisterciense viable para el futuro salió de La Trapa. Fue un grupo de monjes generosos y rígidamente controlados que, después de un cuarto de siglo de tentativas, volvieron a su patria y comenzaron a propagar la Orden con un éxito poco común. El hecho de que todos fueran seguidores entusiastas del abad Rancé, el gran reformador de La Trapa, tuvo una importancia capital y decisiva en la historia futura de la Orden. Antes de la Revolución, la observancia particular de La Trapa estaba restringida a unas pocas comunidades. Después de 1815, la influencia de Rancé se convirtió en fuerza dominante del renacimiento cisterciense en todas partes de Francia y doquiera que el vigor de la expansión empujara a los Trapenses, nombre popular que en esos países se convirtió en sinónimo de «cistercienses».

Las circunstancias extraordinarias exigen personalidades a la altura de las mismas. El último maestro de novicios de La Trapa, Agustín de Lestrange (1754-1827), constituyó uno de esos caracteres extraordinarios. Actuando con la autorización de último momento, del Abad General Trouvé y de Luis María Rocourt, abad de Claraval, padre inmediato de La Trapa, Lestrange reunió alrededor de veintiún monjes de su comunidad y huyó a Suiza. Las autoridades del cantón de Friburgo les brindaron hospitalidad y les concedieron La Valsainte, una cartuja abandonada, donde el 1 de junio de 1791 comenzó a desarrollarse uno de los capítulos más notables de la vida cisterciense.

En su deseo ardiente de ofrecer sacrificios en reparación por los crímenes del terror revolucionario, los monjes, guiados por el autoritario Lestrange, rivalizaban unos con otros en introducir mortificaciones cada vez mayores, hasta que llegaron a los límites de la resistencia humana. En La Valsainte se desconocía cualquier medio de calefacción. Los monjes dormían sobre el suelo desnudo, usando únicamente una almohada rellena con paja y una sola manta. Su dieta se limitaba a pan, agua y legumbres hervidas. Estos nuevos atletas de la mortificación dormían únicamente unas seis o siete horas, ocupaban 5 o 6 en arduo trabajo manual y dedicaban el resto del tiempo a la oración, que en las grandes festividades podía llegar a durar hasta doce horas. En 1794, se hizo un intento de introducir la laus perennis, es decir, el servicio divino ininterrumpido en la iglesia.

Lestrange estaba deseoso de regular la vida diaria de los monjes hasta el menor detalle. Sólo podía hacerse aquello que figurara en la regla, o fuera autorizado por el superior. Los reglamentos fueron aumentando hasta constituir un libro de gran tamaño debidamente publicado en Friburgo en 1794. Animadas por el deseo ardiente de crear para los monjes una vida de penuria, esas prescripciones tan elaboradas iban mucho más allá de la Regla de San Benito, de los primeros estatutos de Cister y aun sobrepasaban en severidad al código de Rancé para los monjes de La Trapa. Aunque parezca extraño, el ascetismo sin precedentes de La Valsainte no fue ningún obstáculo para acobardar vocaciones. El número de monjes comenzó a crecer, y Pío VI autorizó a la comunidad a elegir un abad, hecho que tuvo lugar en 1794. La elección recayó, naturalmente, en Agustín de Lestrange, que continuó con vigor renovado un programa de expansión, que se vio obligado a frenar porque el Senado de Friburgo había limitado la población de La Valsainte a veinticuatro miembros.

El lema del Abad Lestrange fue «la santa voluntad de Dios», y estuvo fuertemente inclinado a suponer que todo lo que se le ocurría era, en verdad, voluntad divina, y debía llevarse por consiguiente a la práctica con todo celo. Sus incesantes esfuerzos en pro de nuevas fundaciones fueron más impulsivos que realistas, ejecutados en la forma más heterodoxa. Enviaba a tres o cuatro monjes por vez, sin mayor preparación preliminar, confiando en que la Providencia cuidaría de los detalles. Algunas de esas fundaciones fueron puramente fortuitas: en 1793, después de recibir noticias sobre las oportunidades que brindaba Canadá, Lestrange despachó sin pérdida de tiempo a dos monjes y un hermano lego, entre ellos el Padre Eugenio de Laprade. Pero Inglaterra estaba en guerra con Francia y los tres hombres se encontraron varados en Amsterdam. Mientras esperaban una oportunidad, el obispo de Amberes los animó para que se establecieran en su diócesis, en una granja cerca de Westmalle. Lestrange accedió, pero sin abandonar su proyecto canadiense. En 1794, otro grupo de tres dejó La Valsainte para cruzar el Atlántico. Fueron más afortunados que sus antecesores, pero no pudieron ir más lejos de Inglaterra, donde recibieron un ofrecimiento de tierra para un establecimiento permanente en Lulworth en Dorsetshire. Esto también fue aceptado, aunque por ese entonces Westmalle ya no existía. El avance del ejército francés había obligado a la colonia de Laprade a trasladarse a Westfalia, donde en 1795 encontraron un hogar en Darfeld. Mientras tanto, se hicieron otras fundaciones libradas a su suerte en Italia y España y estaban listos los planes para Hungría y Rusia.

El infatigable Lestrange, como auténtico producto de su época que era, deseaba probar al mundo que su concepción del momento tenía gran utilidad social. Reunió a cierto número de muchachos en La Valsainte y abrió una escuela para ellos. Algunos de los maestros provenían de aquellos que, ante las privaciones de la abadía, eran incapaces de perseverar para profesar. Otros eran laicos piadosos unidos informalmente a La Valsainte. En 1796, Lestrange congregó a monjas refugiadas de distintas órdenes en el cantón suizo de Valais, y las estimuló para abrir una institución educativa semejante para niñas. Bautizó a las dos escuelas, con sus maestros y cuerpo supervisor, como la «Tercera Orden de La Trapa», otra innovación revolucionaria en la historia cisterciense.

Pero los tiempos eran muy poco propicios para iniciar una empresa que pudiera persistir y continuar. Las tropas victoriosas de Napoleón invadieron Suiza en 1798, y Lestrange tuvo que comprender que La Valsainte estaba en peligro mortal. Lo más grave era que las autoridades lo culpaban, con cierta justificación, porque la desbordante población de la abadía incluía a un cierto número de evadidos del alistamiento y desertores del ejército francés. Pero los porfiados monjes no tenían intención de dispersarse, y Lestrange aceptó la invitación del Zar Pablo 1, para buscar asilo en Rusia.

Con santo abandono, el abad Lestrange dio órdenes de marchar a su fiel rebaño, que incluía a sus monjes, a las monjas, y a su «Tercera Orden», que contaba con unos 60 niños y 40 niñas, en conjunto 254 personas. Todas ellas dejaron La Valsainte el 1798, y comenzaron la famosa «odisea monástica». Durante casi dos años hicieron funcionar una verdadera abadía sobre ruedas, una proeza logística que se dice dejó estupefacto aun al gran Napoleón. Para reducir los problemas de encontrar víveres y albergue, la extraña peregrinación se dirigía al este en tres columnas. Después de una travesía azarosa de seis meses a través de Austria y Polonia, llegaron finalmente a la Rusia Blanca, pero por entonces Lestrange estaba muy desilusionado de la hospitalidad rusa, y había fijado sus ojos en América. Con esa meta en su mente, el intrépido Abad se retiró de Rusia y el 26 de julio de 1800 pudo embarcarse con todo su pintoresco grupo en el puerto de Danzig.

La intervención de fuerzas superiores frustraron de nuevo su esfuerzo. Una tormenta obligó a los barcos a buscar refugio en Lübeck, donde monjes, monjas y niños se desparramaron buscando albergue. Por fortuna, a la victoria de Napoleón en Marengo, sucedieron algunos años de paz relativa. Una de las primeras fundaciones, la de Darfeld, pudo ser revitalizada sin grandes problemas; las autoridades suizas permitieron la restauración de La Valsainte y, por último, una pequeña colonia guiada por Urbano Guillet alcanzaba en 1803 las costas de América en Baltimore. Más aún, la firma de un concordato con Pío VII cambió la actitud de Napoleón hacia los trapenses. Como emperador recién coronado, apoyó personalmente varias fundaciones, entre ellas una casa en los altos Alpes, en Mont-Genèvre, para servir de lugar de descanso a los soldados heridos o enfermos de paso entre Francia e Italia. Pero la paz tan frágil que el concordato parecía asegurar no duró por mucho tiempo.

La ocupación francesa de los Estados Papales (1809) y la excomunión de Napoleón que causaron el arresto y exilio de Pío VII, expusieron a las jóvenes fundaciones trapenses a una nueva violencia. El mismo Abad Lestrange se convirtió en un fugitivo. Fue arrestado, pero pudo escapar y, después de un viaje lleno de aventuras a través del Atlántico, concluyó en Nueva York. Allí adquirió, con miras a una fundación, el terreno donde fue emplazada posteriormente la Catedral de San Patricio. La caída de Napoleón (1814) cambió la idea de Dom Agustín y quedó en suspenso el plan de un establecimiento en América. Lestrange y sus monjes volvieron a Europa con la firme determinación de retornar a Francia y restaurar La Trapa.

Ninguna de las muchas fundaciones realizadas durante los años de exilio persistió (aunque Westmalle fue restaurada en 1814), pero el retorno de los trapenses a Francia en 1815 significó el comienzo de una expansión realmente notable, gracias a la afluencia de un gran número de vocaciones. Al restablecimiento de La Trapa por Lestrange siguieron en rápida sucesión Port-du-Salut, Aiguebelle, Bellefontaine, Bellevaux y Melleray. Esta última fue restaurada por Antonio Saulnier de Beauregard, abad de Lulworth, cuya comunidad se vio obligada a emigrar de Inglaterra en 1817 por una serie de razones, una de las cuales fue la inflexible de Lestrange de permitir que sus monjes rezaran por el rey «hereje» Jorge III. Los monjes franceses de Darfeld volvieron a ocupar la antigua abadía cisterciense en Notre-Dame-du-Gard en 1816, mientras que los miembros alemanes que quedaban abandonaron Darfeld y se mudaron en 1835 a Clenberg, en Alsacia. La visita regular a las casas francesas hecha por el Abad Saulnier en 1825 reveló que, en el plazo de una década, los prolíficos trapenses se habían arreglado para fundar o dar nueva vida a once casas para monjes y cinco para monjas, al mismo tiempo que mantenían dos establecimientos para la «Tercera Orden», uno para la educación de varones y otro para mujeres. La más poblada era Melleray, con ciento setenta y cinco miembros profesos, seguida por Port-du-Salut, Aiguebelle y Notre-Dame-du-Gard, cada una con cerca de ochenta monjes. Sin embargo, en cada casa, la mayoría estaba constituida por hermanos legos, ocupados en trabajos de agricultura a gran escala.

La expansión trapense continuó durante todo el resto del siglo XIX, no sólo en Francia, sino en el resto de Europa, lo mismo que allende el Océano. En 1855, los monjes poblaban veintitrés abadías, incluyendo cuatro casas en Bélgica, dos en los Estados Unidos, una en Irlanda, una en Inglaterra y una en Argelia. Por ese mismo tiempo, las casas afiliadas de monjas habían aumentado a ocho. Hacia fines de siglo (1894) ese número, ya de por sí importante, se había duplicado y aún más, agregándose a los países habitados por los trapenses Alemania, Italia, Austria, Hungría, Holanda, España, Canadá, Australia, Siria, Jordania, Sud África y China; cincuenta y seis monasterios en conjunto, que albergaban un total de tres mil monjes, seiscientos de ellos sacerdotes.

El éxito de la fundación americana permaneció dudoso por mucho tiempo. En 1814, se abandonaron los intentos por lograr una instalación permanente, cuando todos los monjes menos uno volvieron a Europa. El único monje francés que quedó, el Padre Vicente’ de Paul Merle, lo hizo por un accidente fortuito. Mientras estaba comprando víveres en el puerto canadiense de Halifax su barco partió, dejándole en tierra. Vivió como misionero entre los indios por una década, hasta que, en 1825, con la ayuda de un grupo reducido proveniente de Bellefontaine, estableció el Pequeño Claraval en Nueva Escocia. Durante muchos años, los monjes lucharon por sobrevivir, y finalmente, después de dos desastrosos incendios, encontraron un nuevo hogar cerca del pueblo de Lonsdale, en el estado de Rhode Island, Estados Unidos, donde en 1900 construyeron el monasterio de Our Lady of the Valley. Es esta misma comunidad, la que después de otro incendio en 1950 se trasladó a Spencer, Massachusetts, donde establecieron Saint Joseph’s Abbey.

Entre todas las tentativas trapenses en los Estados Unidos, tuvieron éxito Gethsemaní, en Kentucky, y Nueva Melleray, en Iowa. La primera fue fundada en 1848 por monjes de la abadía francesa de Melleray; la segunda, unos meses más tarde, fue poblada por Mount Melleray de Irlanda. Ambas casas americanas experimentaron dificultades crónicas por razones financieras, al mismo tiempo que por falta de vocaciones locales. La Guerra Civil creó problemas adicionales, en particular a Gethsemaní, pero ambas casas alcanzaron pronto el rango de abadía, y continuaron defendiéndose hasta fin de siglo.

Mientras los líderes trapenses podrían sentirse confortados y estimulados por el alto nivel moral alcanzado, el aprecio popular y vigoroso crecimiento de la Orden, varios problemas quedaban sin resolver, creando dificultades constantes, que por momentos llegaron a ser muy serias. Una de ellas fue la cuestión de las observancias.

Pronto se hizo evidente para muchos refugiados trapenses, que las normas de Lestrange tal como se practicaban en La Valsainte, iban más allá de la capacidad normal de resistencia humana y eran incompatibles con las genuinas tradiciones cistercienses. La oposición se alineó alrededor de Eugenio de Laprade (1764-1816), quien silenciosamente abandonó en Darfeld las reglas de Lestrange y, contando con la aprobación papal, volvió a los reglamentos de Rancé, escritos para La Trapa. La división se acentuó posteriormente, cuando después de 1815 ambos abades se mostraron muy activos en la restauración de los monasterios franceses y representaban puntos de vista antagónicos en materia de disciplina. Esto dio por resultado que, en 1825, seis de las once abadías francesas todavía se mantenían fieles a Lestrange y La Valsainte, mientras que las otras cinco habían vuelto a las reglamentaciones de Rancé. El abad Lestrange, que por entonces controlada La Trapa, estaba amargamente resentido por lo que significa un desafío a su autoridad, pero era incapaz de obtener la tan deseada aprobación papal para su extremadamente severo código monástico.

Cuando murió Lestrange en 1827, la Congregación Romana de Obispos y Regulares nombró al abad Saulnier de Melleray como «superior y visitador general» de todas las abadías trapenses de Francia, con la esperanza de que, bajo el nuevo liderazgo, pudiera efectuarse la unión de las dos observancias trapenses. No obstante, esto no fue posible antes de 1834, cuando un decreto promulgado por la misma autoridad unía a todas las abadías francesas en una Congregación (Congregatio Monachorum Cisterciensium Beatae Mariae de Trappa) y les impuso la «Regla de San Benito y las constituciones del Abad Rancé».

Sin embargo, el documento no pudo eliminar la tensión entre ambos grupos. Por lo tanto, Pío IX anuló en 1847 el decreto de 1834, y aceptó la formación de dos congregaciones trapenses autónomas, cada una regida por códigos disciplinares diferentes. Dado que no se consideraba un retorno a las observancias de La Valsainte, las abadías primeramente bajo la autoridad de Lestrange constituyeron la «Nueva Reforma», y, dirigidas por el Abad de la Gran Trapa, juraron lealtad a la Carta de Caridad y a los usos primitivos de Cister. El otro grupo de abades, que una vez siguieron a Laprade, continuaron fieles a las reglamentaciones de Rancé, aceptaron el liderazgo de Sept-Fons y se auto denominaron la «Antigua Reforma». En 1864, estos últimos contaban ocho abadías con cuatrocientos ochenta y tres monjes; la «Nueva Reforma» contaba por ese mismo año con quince abadías con un conjunto de mil doscientos veintinueve profesos.

La cuestión de las observancias se complicó aún más a causa de problemas estrechamente vinculados entre sí e igualmente espinosos: el gobierno central efectivo y las relaciones legales con las comunidades de la antigua Común Observancia, que habían sobrevivido y se multiplicaban de forma sostenida.

Para mayor seguridad, el abad Lestrange gobernó a sus monjes con mano de hierro y rechazó someterse tanto al Vicario general de la Congregación de Alemania Superior, que todavía funcionaba, como al Procurador general en Roma, que había asumido las funciones del Abad general después de la disolución de Cister. Pero una nueva situación se creó en 1814, cuando Pío VII retornó a la Ciudad Eterna y, con su ayuda, volvieron a la vida algunas abadías cistercienses diseminadas en toda Italia. No parecía oportuno la creación de un «Abad general», pero la Santa Sede otorgó el título de «Presidente general» al Abad de Santa Croce, que fue considerado cabeza titular de la Orden, incluyendo a los trapenses y a la Común Observancia.

La intención de la Santa Sede quedó expresada con toda claridad, porque al Presidente general se le otorgaba el derecho de confirmar las elecciones abaciales dentro de toda la Orden, «de tal forma que su unidad e integridad quedaran intactas para siempre». Por desgracia, no se especificaron sus demás funciones en la Orden, una omisión que dio lugar a muchos malentendidos en materia de jurisdicción. En 1827, el Abad Saulnier fue nombrado directamente visitador trapense en Francia por la Congregación de Obispos y Regulares, e interpretó puntualmente ese nombramiento como el reconocimiento de su independencia; más aún, esperaba que «la Reforma de La Trapa estaría separada por completo de la Orden de Cister». La ambigüedad de esta relación persistió, y el decreto de unión de los trapenses en 1834 repetía simplemente que «la confirmación de cada abad constituía el derecho y el deber del Moderador General de la Orden cisterciense». El mismo principio fue reiterado en 1836, cuando las abadías trapenses de Bélgica formaron su propia congregación. Por otro lado, el decreto de 1834 otorgaba autoridad absoluta al Vicario general trapense para gobernar su congregación, y autorizaba a los abades a convocar capítulos anuales. Además, después de 1838, los trapenses mantuvieron a su propio Procurador general en Roma y gozaban también de la distinción de tener un Cardenal protector propio.

La separación de 1847, aumentó simplemente las complejidades legales. De nuevo había no sólo dos observancias, con netas diferencias entre sí, más cuatro grupos autónomos de abadías alineables en las «Nueva» y «Vieja» reformas, la Congregación belga bajo Westmalle, y Casamari, una fundación trapense del siglo XVIII en Italia, que no tenía filiación clara con ninguna de las tres organizaciones.

Mientras la Común Observancia, desorganizada y condescendiente, no estuvo en condiciones de oponerse a la virtual independencia de los trapenses, la maraña legal, confusa como era, no creaba problemas urgentes. Pero la necesidad de una solución definitiva se hizo patente de forma bien notoria en 1869. En ese año, Teobaldo Cesari, abad de San Bernardo en Roma y Presidente General, consiguió convocar el primer Capítulo General desde 1786, para el cual fueron invitados únicamente los abades de la Común Observancia. Aun más perturbador fue el hecho de que el mismo Capítulo General decidió elegir un Abad General, pero de nuevo, sólo monjes de la Común Observancia eran elegibles para este puesto, que implicaba también jurisdicción sobre los trapenses.

Otro acontecimiento que creó malestar dentro de la Orden fue la apertura del Concilio Vaticano I en 1869. De acuerdo con los reglamentos referentes a la participación de institutos religiosos, se establecía que los jefes de congregaciones independientes debían ser invitados a ocupar un lugar en el Concilio. Esta disposición autorizaba al recién elegido Cesari como Abad general cisterciense, pero desautorizaba a los vicarios de las congregaciones trapenses, los dirigentes de la rama más numerosa de la Orden. La intervención personal de Pío IX, en el último momento, dispuso dos lugares para los Vicarios de la «Nueva» y «Antigua» congregaciones trapenses.

Estas desagradables experiencias convencieron a los abades trapenses de mayor influencia, de que, a menos que se resignaran a un papel subordinado en la Orden, deberían zanjar su división interna y esforzarse por formar una organización completamente independiente.

Durante la década del 70, varios capítulos trapenses se ocuparon de esos temas. En 1876, el capítulo reunido en Sept-Fons decidió pedir al Papa el nombramiento de un abad general trapense. La sesión de 1877 trabajó acerca de la proyectada unión de las congregaciones trapenses. En 1878, el plan estaba más adelantado y se hacían preparativos para convocar una asamblea general para todas las congregaciones trapenses en 1879, con miras a la elección de un superior general independiente.

Aunque el abad Timoteo Gruyer de La Trapa expresó serios reparos acerca de la oportunidad de una unión que implicaría uniformidad en las observancias, a fines de 1878, fue sometido el proyecto a la Congregación de Obispos y Regulares para su aprobación final. El examen de la petición fue tarea del consultor de la Congregación, el dominico Raimundo Bianchi. Su detallado análisis señalaba los muchos inconvenientes que acarrearía un cisma definitivo e irreversible dentro de la Orden cisterciense, por lo cual la Congregación rechazó el plan. No obstante, Bianchi admitió que un punto de la propuesta trapense merecía considerarse con toda atención: la unificación de las cuatro diferentes congregaciones bajo un mismo vicario general y con un representante en Roma, quienes reconocerían al Abad General como cabeza de toda la Orden. Esta organización unificada, concluía Bianchi, no excluía la posibilidad de conservar ambas observancias básicas, para que se las practicara del mismo modo que antes de la unión. En resumen, el informe sostenía que, mientras era deseable la unión trapense, no debía forzarse una uniformidad en las observancias, y debía evitarse un cisma dentro de la Orden cisterciense.

Analizando en forma retrospectiva es difícil negar el buen criterio del informe Bianchi, pero los dirigentes trapenses de la época, especialmente los de la Congregación de Sept-Fons estaban contrariados. La presión en pro de los mismos objetivos continuó bajo el liderazgo de Sebastián Wyart (1839-1904), un ex-oficial del ejército papal y héroe condecorado de la guerra franco-prusiana. Entró en los trapenses como vocación tardía, fue ordenado sacerdote en 1877, pero se le permitió que continuara sus estudios hasta que obtuvo el título de doctor en teología. A su erudición excepcional y firmeza de carácter se añadían sus valiosas conexiones en Roma: tanto Pío IX como León XIII le profesaban una alta estima personal. Cuando, en 1887, Wyart fue elegido abad de Sept-Fons, convirtiéndose de este modo en vicario de la «Antigua Reforma», se reabría la puerta para la independencia trapense.

Después de informarse de cerca de los problemas, León XIII convocó un capítulo extraordinario, que debía reunirse en Roma en octubre de 1892, con la participación de representantes de las cuatro congregaciones trapenses, incluyendo hasta a Casamari. Esta asamblea tenía un triple propósito: la fusión de las congregaciones; la elección de un superior general, y el acuerdo acerca de las observancias comunes. Aunque los tres representantes de Casamari habían decidido mantener su independencia y guardar las distancias, hubo casi unanimidad al tratar el primer tema; y los trapenses unidos asumieron pronto una nueva denominación: «Orden de los Cistercienses Reformados de Nuestra Señora de La Trapa». Tampoco hubo disensiones significativas en cuanto a la necesidad de tener un superior general, aunque hizo reflexionar la posible relación de un tal superior con el Abad General de la Común Observancia. Sin embargo, pronto se decidió que una simple congregación autónoma no era suficiente, y la independencia total exigía un Abad general independiente. En la elección, que se realizó pocos días después, Wyart recibió veintiocho votos, sobre un total de cincuenta y uno escrutados.

Pero, sobre la cuestión de las observancias, las opiniones estaban, como siempre, divididas. En principio, la adhesión a la Regla de San Benito recibió amplio apoyo, pero quedaba abierta la puerta para introducir modificaciones a ciertos detalles de la jornada. Durante los infructuosos debates sobre los méritos relativos a los horaria de San Benito y de Rancé, la atmósfera se volvió tan densa que Wyart, para evitar una votación fatalmente divisoria, propuso que ese tema fuera remitido al arbitraje de la Santa Sede. La moción fue aceptada de mala gana, pero la Congregación declinó el desafío, aconsejando simplemente al Capítulo general que difiriera la decisión para una fecha posterior, cuando se pudiera considerar una solución de compromiso cuidadosamente estudiada. A despecho de tales contrariedades, el capítulo todavía podría estar satisfecho de haber establecido una rama totalmente independiente de la familia cisterciense, lo cual recibió la aprobación solemne de León XIII por medio de un Breve el 17 de marzo de 1893.

Sobre la base de un trabajo preparatorio realizado por un comité, el Capítulo general de 1893, reunido en Sept-Fons, resumió el debate sobre el horarium en disputa. El punto neurálgico de la disensión se relacionaba con el horario, número y calidad de las comidas monásticas. Aunque la solución dada por la Regla tenía una ligera mayoría, la forma habilidosa con que Wyart manejó a la exhausta asamblea terminó por asegurar la prevalencia de las regulaciones de Rancé. La nueva constitución, dando preeminencia a los principios básicos de la Carta de Caridad y las primitivas costumbres cistercienses, según la interpretación de Rancé, pudo ser publicada en 1894.

Antes de finalizar el siglo, una importante donación hizo posible que los trapenses adquirieran las ruinas de Cister (1898) e infundieran nueva vida a la antigua abadía. El mismo Wyart asumió el título abacial. El cambio simbolizaba la sinceridad de la nueva organización en su esfuerzo por retornar a las genuinas tradiciones cistercienses. Este logro tan notable fue solemnemente reconocido en 1902, cuando, en una nueva constitución apostólica, omitió el Papa el nombre de La Trapa y llamó a la rama del viejo árbol «Orden de los cistercienses reformados, o de la Estricta Observancia», auténticos herederos de todos los derechos y privilegios cistercienses.

Si bien es cierto que el crecimiento numérico sostenido, la expansión territorial y la unión real de las casas trapenses eran signos inequívocos de un vigor interior, la vida diaria de algunas comunidades presentaba problemas económicos gravosos durante toda la centuria.

Aunque los monjes y muchos de los conversos de las fundaciones nuevas o resurgidas volvieran al tipo de vida agrícola, tradicionalmente cisterciense, el modesto campo de acción de sus operaciones era insuficiente para proveer los fondos requeridos para la expansión física y aún para que sus familias monásticas vivieran sin sobresaltos. A comienzo de siglo, era frecuente que los monjes se vieran obligados a mendigar de puerta en puerta. Ya en 1835, el capítulo reunido en La Trapa, aunque todavía toleraba tales prácticas, admitía que «pedir por caridad era completamente ajeno a la mentalidad de nuestros padres». En 1839, se decidió que no podían hacerse colectas abiertamente, a la vista del público, sino por intermedio de amigos laicos de confianza. El mismo enfoque fue aprobado por el capítulo de 1847. Entretanto, los capítulos recomendaban encarecidamente a los abades que sólo admitieran el número de monjes que podían sustentar. Se permitían nuevas fundaciones sólo si se probaba que contaban con fondos suficientes para respaldarlas.

Para aliviar la constante presión económica, se autorizó a las comunidades a recibir donaciones de los futuros novicios, incluyendo pensiones o anualidades prometidas por parientes pudientes. La falta de mano de obra en las granjas y talleres monásticos justificó que se aceptara la ayuda libre de laicos piadosos, aunque se dejó de lado la idea de establecer para ellos una «tercera orden». Con todo, continuaron siendo empleados ayudantes laicos, como «oblatos», en alguna abadía. Hasta 1850 se alquilaban frecuentemente habitaciones o departamentos en las abadías a individuos con los cuales los monjes sostenían relaciones amistosas; sin embargo después de esa fecha se prohibieron estancias de «huéspedes» por más de dos meses. Los estipendios de las mismas constituían una fuente de ingresos firme y substancial, aunque el número relativamente reducido de sacerdotes limitaba tales servicios. En ciertas ocasiones, misas a largo plazo producían grandes sumas; por ejemplo, en 1871 Chambarand aceptó 25.000 francos por misas a que debían rezarse diariamente durante 100 años a intención del donante.

Dado que la agricultura era frecuentemente poco lucrativa, algunas abadías comenzaron a vender productos alimenticios u otros artículos de la industria doméstica. Se fabricaron cerveza, vino y bebidas alcohólicas, aunque no se vendieron en locales monásticos. La propaganda a nivel nacional de un licor vendido por Grace-Dieu bajo el nombre de «Trappistine» originó tales complicaciones que el capítulo reunido en Sept-Fons en 1863 prohibió ese y todas las formas similares de promoción. La horticultura y fruticultura estaban igualmente difundidas. La fabricación de queso ayudó a casi una docena de abadías francesas; la calidad del queso de Port-du-Salut les valió a los monjes fama universal. Westmalle, como otras abadías, tenían imprentas bien equipadas donde se publicaban todos los libros litúrgicos cistercienses.

Generalmente, se consideró incompatible con la vocación contemplativa el sostener instituciones educacionales o de asilo, lo mismo que ejercer el ministerio pastoral, pero circunstancias locales hicieron que se asumieran con frecuencia tales responsabilidades. De esta suerte, las instituciones de la «Tercera Orden» iniciada por el Abad Lestrange, continuaron funcionando hasta mitad de siglo. La abadía de Notre-Dame des Neiges tuvo, por poco tiempo, un hospital para epilépticos (1870-71). En 1872, el Abad du Désert recibió autorización para abrir un orfanato. En 1876, se permitió a la floreciente Mariastern, en Bosnia, que aceptara una suma considerable para una fundación en Austria, con la obligación a perpetuidad de educar doce huérfanos. Aunque esta fundación nunca se materializó, durante unos veinte años la propia Mariastern cuidó de ciento treinta y dos niños. Mount Melleray y Gethsemaní tuvieron escuelas primarias. La Trapa educó oblatillos, y hasta contó con dos parroquias atendidas por monjes. En Sudáfrica, Mariannhill diversificó su actividad asumiendo tareas misionales entre los nativos.

El trabajo intelectual, desaprobado por Rancé, no fue alentado durante todo el siglo XIX. Muchos monjes trapenses reconocidos por su erudición se unieron a la Orden después de haber completado su carrera universitaria. Los ideales ascéticos de las comunidades trapenses no daban ningún énfasis especial al sacerdocio y, en realidad, los sacerdotes constituían sólo una minoría en el total de miembros. Los sacerdotes que eran ordenados como trapenses recibían únicamente instrucción privada en sus propias abadías con éxito diverso. El Capítulo de 1861, reunido en La Trapa, discutió el problema de la instrucción inadecuada para el sacerdocio que evidentemente había desencadenado críticas adversas. Los padres se quejaban de que tenían muy pocos sacerdotes con instrucción suficiente, que pudieran ser confesores, directores espirituales o superiores. En consecuencia proponían que se establecieran seminarios en La Gran Trapa y Aiguebelle, aunque a las casas que tuvieran por lo menos «un profesor capaz» se les permitía educar a sus propios sacerdotes.

Otra fuente de problemas fue un legado de la espiritualidad de Rancé: considerar a los monjes en primer lugar como «penitentes». La idea imperante de que las abadías trapenses eran «refugio de pecadores» dificultaba la selección de los novicios. El capítulo de 1843 se vio obligado a tomar una posición contraria a esas creencias populares, e insistía en el examen cuidadoso de las vocaciones antes de su admisión. Por la misma razón, se convirtió en práctica general la prolongación del año de prueba. El capítulo de Sept-Fons fue más lejos aún, en 1847, sugiriendo que la duración del noviciado «se extendiera dos años o más» en casos de necesidad. La actitud cauta del capítulo de 1835 sobre la comunión frecuente de los novicios, y también frente al hecho de que a los sacerdotes novicios no se les permitiera decir misa, fue considerada posteriormente como reliquia anacrónica del rigor del siglo XVII.

La fama de la piedad y ascetismo de las abadías trapenses se mantuvo bien alta durante todo el siglo XIX. Una vida contemplativa estrictamente apartada y protegida de compromisos políticos de dudoso valor; aunque de ninguna forma quedaron inmunes de los ataques anticlericales. Cuando, en 1832, Melleray fue injustamente acusada de simpatizar con el levantamiento legitimista acaudillado por el Duque de Berry, los monjes fueron dispersados durante varios años. Sin embargo, la calamidad se transformó en bendición. En 1832, miembros de la comunidad original de Lulworth establecieron en Irlanda Mount Melleray, y el mismo grupo volvió a Inglaterra, fundando en 1835 Mount Saint Bernard. La Kulturkampf de Bismark en la década de 1870 hizo peligrar las dos fundaciones trapenses en Alemania y, por lo menos temporalmente (1875-1887), los monjes de Mariawald tuvieron que buscar refugio en Holanda. En 1880, una campaña anticlerical amenazó en Francia la existencia de varias abadías y produjo una interrupción de la vida religiosa en Sept-Fons por ocho años. Estas penosas experiencias sirvieron como poderoso incentivo para acelerar el programa de fundaciones en países donde el futuro del monacato parecía ser más seguro.

Debido quizás a razones de inestabilidad política y a la vinculación superficial que unía a los trapenses con el Presidente General en Roma, un decreto de 1834 ponía a todas las casas francesas bajo jurisdicción episcopal y, en 1837, Gregorio XVI calificaba los votos hechos en las mismas comunidades como «simples» en lugar de «solemnes». Los monjes, ofendidos, consiguieron no obstante restaurar sus privilegios: en 1868, se volvieron a introducir los votos solemnes, mientras que, en 1892, se reconoció la exención completa.

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“ Salve Reina de Misericordia; Señora del Mundo; Reina del Cielo; Virgen de las Vírgenes; Sancta Sanctorum; Luz de los ciegos; Gloria de los justos; Perdón de los pecadores; Reparación de los desesperados; Fortaleza de los lánguidos; Salud del orbe; Espejo de toda pureza; haga tu piedad que el mundo conozca y experimente aquella Gracia que tú hallaste ante el Señor, obteniendo con tus Santos Ruegos: Perdón para los pecadores; Medicina para los enfermos; Fortaleza para los pusilánimes; Consuelo para los afligidos; y Auxilio para los que peligran.

Tengamos por ti, fácil acceso a tu Hijo ¡Oh bendita y llena de Gracia, Madre de la Vida y de nuestra Salud! para que por ti nos reciba, el que por ti se nos dio. Excuse ante tus ojos y tu Pureza, las culpas de nuestra naturaleza corrompida; obtengamos de tu Humildad, tan grata a Dios, el perdón de nuestra vanidad. Encubra tu inagotable Caridad la muchedumbre de nuestros pecados; y concédanos tu Gloriosa Fecundidad, abundancia de merecimientos.

¡Oh Señora nuestra, Mediadora nuestra, y Abogada nuestra, reconcílianos con Tu Hijo; recomiéndanos a Tu Hijo; preséntanos a Tu Hijo!

¡Oh Bienaventurada, siempre Virgen nuestra! por la gracia que hallaste ante el Señor, por las prerrogativas que mereciste y por la misericordia que engendraste, que Jesucristo, Tu Hijo y Señor nuestro, bendito por siempre y por sobre todas las cosas, que así como por Tu medio se dignó hacerse participante de nuestra debilidad y miserias, así también nos haga partícipes por Tu graciosa intercesión, de Su Gloria y Su Felicidad. Amén.” 

De tus custodios por siempre…Señora abogada nuestra….

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Morimondo di Milano

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Al borde de la extinción

Hacia mediados del siglo XVIII, las órdenes religiosas se encontraban en una posición ambigua. Todavía contaban con el apoyo de las masas básicamente devotas y ligadas a la tradición, pero estaban expuestas a la crítica despiadada de los intelectuales «ilustrados», que analizaban exhaustivamente cada institución del pasado a la luz de la utilidad social. Mientras la propaganda anti-religiosa quedó circunscripta a la élite intelectual, las órdenes religiosas no estuvieron en peligro inmediato. La amenaza se hizo realidad, sin embargo, cuando «déspotas ilustrados», entre ellos José II, se hicieron eco de esas críticas y se volvieron contra los monjes.

Los dirigentes de las órdenes contemplativas se alarmaron, y trataron de asegurar la supervivencia de sus organizaciones comprometiendo a sus monjes en actividades de palpable significado social. La expresión más natural de esta tendencia fue una actividad pastoral en incesante aumento, compartida por gran número de abadías cistercienses. Aquellas abadías que contaban con suficientes miembros bien instruidos se interesaron en la enseñanza, considerada por mucho tiempo un campo legítimo de la actividad monástica.

Entre todos los esfuerzos educacionales del siglo XVIII, la escuela establecida en la abadía de Rauden, en Silesia, bajo la inspiración del gobierno «ilustrado» de Federico II, fue probablemente la primera, pero con toda seguridad la de más éxito. En 1743, durante la Guerra de Sucesión en Austria, cuando la provincia quedó aislada de otros centros educativos, la abadía abrió una escuela de latín, que pronto evolucionó hacia un instituto completo de enseñanza secundaria o gimnasio. El número de alumnos, en su mayoría pensionistas, creció rápidamente, y por el año 1788, el monasterio alojaba a doscientos cuarenta y tres estudiantes. La enseñanza era gratis; por el pensionado se cobraba una pequeña suma. El colegio gozó de amplia reputación en todo el país y sobrevivió a la disolución de la abadía en 1810. Durante los sesenta y siete años de administración cisterciense, esta escuela graduó a dos mil estudiantes, de los cuales la cuarta parte llegaron a ser sacerdotes.

La supresión de la Compañía de Jesús en 1773, dejó sin dirección numerosas instituciones educativas. La crisis representó una buena oportunidad para cierto número de comunidades cistercienses, que cerraron la brecha y salvaron los gimnasios abandonados. Tal fue el caso de Gotteszell en Baviera, donde, poco después de 1773, los monjes se hicieron cargo de la escuela de Burghausen, anteriormente dirigida por los jesuítas. Idénticas circunstancias indujeron a los monjes húngaros de Pásztó a aceptar el instituto jesuíta de Eger en 1776. Su ejemplo fue seguido por otras abadías de la región, y su reputación como «orden educativa» quedó sólidamente establecida.

El Capítulo General de Cister, apremiado por las exigencias de la comisión de Regulares se interesó en varios esquemas, todos esbozados para demostrar la «utilidad» de la Orden. Sin embargo, fue durante el Capítulo General de 1786 cuando surgió un ambicioso plan apuntado a un objetivo triple, basado en una reorganización profunda del Colegio de San Bernardo en París. El plan de estudios, así como el personal docente y el conjunto de estudiantes de esa institución debían ser ampliados y desarrollados; la amenaza de supresión de casas despobladas podía ser eliminada transfiriendo sus ingresos al colegio; y para probar la utilidad social de la Orden, sería establecido un cierto número de escuelas gratuitas con pensionado, dirigidas por maestros formados en la institución parisina.

La idea, sugerida por el preboste del Colegio, Santiago Francisco Frennelet, fue bien recibida, y el abad general Trouvé sometió el estudio de sus detalles a una comisión, llamadas con toda propiedad «oficina de utilidad». Empero el proyecto no constituía una novedad. La organización de pensionados fue propuesta originalmente, algún tiempo antes, por Antonio Chautan, abad de Morimundo, quien en la misma sesión del Capítulo General declaró estar preparado para abrir de inmediato tres instituciones de ese tipo dentro de sus propias filiales en Francia; cada una podría albergar 20 niños mayores de 9 años, elegidos «entre las filas de la nobleza y de los plebeyos pobres, pero capaces», estos últimos serían educados en forma gratuita.

En las discusiones posteriores, Antonio Desvignes de la Cerve, abad de La Ferté, insistió en que los cursos dictados en el Colegio Parisino debían incluir la teología Moral, y así los monjes podrían ser más eficaces en la cura pastoral, cuando se requirieran sus servicios. Este mismo abad probablemente propuso que en el Colegio de San Bernardo de París se establecieran a perpetuidad quince becas de 100 pistoles (1 pistole = 10 libras turnesas) per capita, financiadas por los recursos de casas pequeñas unidas al colegio. Los becarios debían ser elegidos entre los miembros de los monasterios pobres, mientras se contaba con que las casas más ricas enviarían a París estudiantes adicionales pagados con sus propios fondos. El Abad General no sólo aprobó el proyecto, sino también reveló que ya había señalado especialmente dos casas para que se unieran al colegio de París, aunque las crónicas del Capítulo no identifican a esos monasterios por sus nombres. Al mismo tiempo, se autorizaba a la administración del Colegio para negociar un préstamo de 100.000 libras para la necesaria ampliación y remodelado de los edificios, que no pudo llevarse a cabo por razón de los acontecimientos de 1788.

Los repetidos golpes dirigidos contra comunidades contemplativas se dieron en primer lugar dentro del dominio de los Habsburgo. En 1782, José II (1780-1790) ordenó el cierre de todas las instituciones religiosas que consideraba «inútiles». La cura parroquial se aceptaba como causa de excepción. La mayoría de las abadías cistercienses cayeron víctimas del decreto imperial, y sólo pudieron escapar aquellas casas donde la ejecución de la ley no había sido completada antes de la muerte prematura del emperador. Tal fue el caso de Bélgica, donde la firme resistencia local retrasó a las autoridades impacientes. De este modo, los catorce monasterios y los treinta y un conventos de monjas de la Orden prolongaron sus vidas por otra década, únicamente para ser consumidas en el incendio devastador de la Revolución. Francia fue el país donde las fuerzas de la destrucción adquirieron mayor magnitud, listas para asestar un golpe mortal al monacato, no sólo dentro de sus fronteras, sino en todas partes de la Europa continental, siguiendo el camino de las huestes victoriosas de Napoleón.

La trágica cadena de acontecimientos se inició con el cambio de las reglas para la elección de los delegados destinados a representar al «primer Estado», el clero, en los Estados Generales de mayo de 1789. Luis XVI, para satisfacer al clero secular, declaró que en las asambleas electorales locales los cures debían emitir su voto individualmente, mientras cada monasterio estaba habilitado para un solo representante y un voto único. El resultado fue inevitable: sobre doscientos noventa y seis diputados por el primer Estado, sólo veintitrés representaban a las abadías, y aún este modesto número estaba formado por abades comendatarios, cuyo conocimiento e interés por los asuntos monásticos eran extremadamente limitados. Entre los delegados regulares, el único cisterciense fue Claudio Francisco Verguet, prior de Relecq, monje que había hecho su primera profesión en Cister y representaba a la diócesis de Saint Poldë-León. Cuando en junio la mayoría del clero secular decidió fundirse con el tercer Estado, llegó a su final dramático la largamente gestada revuelta de los curés. En la nueva Asamblea Nacional, las órdenes religiosas no tenían virtualmente representantes, y así desapareció el clero francés como entidad autónoma. Les quedaban unos pocos amigos, en cambio, el número de enemigos declarados crecía de día en día.

Las noticias aterradoras de los sangrientos sucesos del 14 de julio, que culminaron con la destrucción de la Bastilla, repercutieron en todo el país y provocaron el gran pánico, que fue seguido por la violencia generalizada contra las propiedades y viviendas de las clases privilegiadas. Muchas abadías compartieron el mismo destino de los palacios de la nobleza. Sin embargo, parece que fueron atacadas pocas casas cistercienses y, aun en esos casos, la furia de la plebe se dirigió contra los archivos monásticos, que se suponía contenían los documentos relativos a los impuestos u obligaciones feudales.

Presionada por las condiciones alarmantes que imperaban en todo el país, la Asamblea decretó, entre el 4 de agosto y los días subsiguientes, la abolición de todos los privilegios del clero y la nobleza, incluyendo servicios, rentas, diezmos y toda otra fuente de recursos de origen «feudal». Se expresó repetidas veces la esperanza de una compensación y previsiones para el mantenimiento de las instituciones religiosas, pero no se tomó ninguna medida. Los monasterios comenzaron a sentir inmediatamente los resultados. Por falta de fondos, Sept-Fons se vio obligada a despedir en agosto a quince de sus treinta y seis novicios, en noviembre partió otro grupo y, en febrero de 1790, sólo quedaban dos novicios en la casa.

La constante crisis financiera sirvió de justificación a la Asamblea del 2 de noviembre, para declarar que todos los bienes y propiedades de la Iglesia en Francia debían estar «a disposición de la Nación». Antes de que se pudiera reglamentar la confiscación legal, la plebe se sintió libre de servirse de todo lo que pudiera encontrar en los dominios monásticos. Aunque se había establecido que los bosques serían propiedad estatal, éstos se convirtieron en los objetivos principales para el despojo, porque la madera siempre podría convertirse en dinero efectivo. Mientras tanto, los monasterios estaban expuestos de continuo a la persecución y vejamen de los auto-proclamados comités locales. Los monjes, que siempre habían tenido algo que compartir con los pobres de la vecindad, comenzaron a sufrir hambre y privaciones extremas. Al llegar la primavera de 1790, las condiciones en algunos monasterios se volvieron a todas luces intolerables. En marzo, un grupo de abadías situadas en Champaña, entre ellas Cheminon, Trois-Fontaines, Montier, Haute-Fontaine, Boulancourt y Ecurey, enviaron una carta conmovedora al presidente de la Asamblea diciendo que si «él, en su sabiduría no podría hallar modo de remediar la situación, debería promulgar pronto la fecha para la evacuación de las casas, de lo contrario los religiosos se verían forzados a abandonar los monasterios para salvar sus vidas».

El organismo de la Asamblea Nacional encargado de las órdenes religiosas era el Comité Ecclésiastique, establecido en agosto de 1789. Lo integraban quince legisladores, la mayoría laicos, y estaba dominado por el rapporteur, Juan Bautista Treilhard (1742-1810), un abogado muy trabajador, pero librepensador, futuro regicida y conde napoleónico. Sus convicciones religiosas se manifestaron claramente con su decisiva actuación en la legislación contra las órdenes monásticas, y su influencia en la redacción de la Constitución civil del clero.

Trece cluniacenses que vivían a disgusto en Saint-Martin-des-Champs, en París, encontraron una excusa para intervenir directamente en los asuntos monásticos, y el 25 de septiembre presentaron una carta a la Asamblea ofreciendo su casa a la Nación, a cambio de pensiones anuales, expresando además «sus deseos de gozar de la libertad como cualquier otro francés». La Asamblea respondió el 28 de octubre suspendiendo las profesiones monásticas.

Después de la decisión del 2 de noviembre, se sobreentendía que la venta de la propiedad monástica comenzaría con la secularización de los monasterios. En consecuencia, el asunto fue girado al Comité Eclesiástico, donde Treilhard tomó la iniciativa. El 17 de diciembre de 1789, presentó un proyecto que detallaba paso a paso la abolición de las órdenes monásticas, aunque una gran oposición evitó su discusión posterior. No obstante la decisión fue sólo pospuesta hasta que Treilhard lograra copar su Comité con otros anticlericales similares a él. De esta forma, entre el 11 y el 12 de febrero de 1790, se asestó el golpe después de acalorado debate. Fueron rechazados los alegatos en defensa de los cartujos, La Trapa y Sept-Fons. En realidad, la severidad del texto final, excedía a las propuestas iniciales de Treilhard. De acuerdo con sus términos, quedaban definitivamente prohibidas las profesiones religiosas y todos los monjes serían interrogados sobre sus intenciones. A los que eligieran abandonar los monasterios, se les prometía una pensión, aunque su montante, que oscilaba entre 700 y 1.200 libras, fue determinado más tarde. Para los que decidieran continuar en la vida monástica, se reservaba ciertas «casas de unión», pero no se añadían más detalles. En marzo, se ordenó a todas las casas religiosas presentar un informe con los nombres y edad de sus miembros; en abril, se hicieron inventarios por parte de las autoridades municipales y la administración de la propiedad monástica pasó a manos del estado; en mayo, magistrados locales tomaron declaración individual a los monjes sobre sus planes para el futuro. Aunque la mayoría de los religiosos eligieron las pensiones, muchos otros permanecieron indecisos. Por lo tanto, se llevaron a cabo nuevos interrogatorios en noviembre. Por entonces, la perspectiva de continuar una vida monástica auténtica se había reducido tan drásticamente, que muy pocos voluntarios ingresaron en las «casas de unión». Estas tétricas instituciones demostraron que no tenían ningún sentido. Una ley promulgada el 4 de agosto de 1792 declaró que todas las casas religiosas todavía existentes debían estar clausuradas al 1.0 de octubre del mismo año, con excepción de las comunidades vinculadas a hospitales y otras instituciones similares de caridad. Pocos días después, se prohibió el uso de hábitos o uniformes religiosos.

A diferencia de la disolución del monacato inglés en el siglo XVI, en la supresión ordenada por la Asamblea Nacional Francesa, jamás se trató de exponer la corrupción monástica generalizada como motivo de la secularización. Las fuerzas que triunfaron finalmente contra los monjes, no fueron en modo alguno provocadas por faltas de los individuos o comunidades. Se originaron en los principios, y no dirigieron su furia contra los abusos, sino contra el monaquismo como un ideal, una forma de vida. A los ojos de los reformadores «ilustrados», el monaquismo aparecía como un símbolo del oscurantismo medieval, y sin posibilidades de salir de su estancamiento, y por consiguiente estaba destinado a ser quitado del paso si se quería alcanzar el progreso. Durante el debate decisivo en la Asamblea, el 12 de febrero de 1790, Barnave declaró con franqueza brutal: «las órdenes religiosas son incompatibles con el orden social y el bienestar público. Debéis destruirlas todas, sin restricción alguna». Pétion, hablando en el mismo tono, no se fundaba por cierto en la supuesta condición decadente de los monasterios, cuando añadía la exhortación de que «la conservación de algunos prepararía el renacimiento de todos».

La venta de la propiedad monástica comenzó a fines de 1790, y se completó durante el curso de 1791. Los infortunados monjes ni siquiera podrían gozar de sus pensiones por mucho tiempo, ya que éstas estarían bien pronto condicionadas al juramento de fidelidad a la Constitución Civil del Clero. Los ex-religiosos que rehusaron obedecer la ley, no sólo perdieron sus pensiones, sino que se convirtieron en «sospechosos» expuestos a una persecución encarnizada.

La parte técnica de la disolución y venta de la propiedad monástica estuvo a cargo de oficiales locales, que respondían a instrucciones recibidas de París. En mayo de 1790, se hicieron los inventarios y se interrogó a los monjes de Cister. El viejo y atribulado abad general Francisco Trouvé anunció valientemente que él quería «vivir y morir como religioso». Su ejemplo fue seguido por el prior y los priores anteriores. Once monjes y conversos hicieron declaraciones similares, con la salvedad de que su preferencia por la vida monástica se refería exclusivamente a Cister. Veintinueve, en su mayoría monjes jóvenes, desearon trocar la vida monástica por pensiones; otros dos tomaron sus decisiones condicionalmente.

La mayoría de los monjes dejaron la abadía en septiembre, y en enero de 1791, los pocos que quedaban tuvieron que partir, porque la venta de la misma era ya inminente. El edificio conventual, con las 800 hectáreas de tierra adyacente, fue vendido el 24 de marzo por un total de 482.000 libras. El saqueo se había generalizado tanto, antes y después de esa fecha, que las autoridades, preocupadas, pidieron ayuda al ejército. Incluso enviaron una compañía de artillería desde Auxonne al escenario de los hechos, bajo el mando de un joven teniente llamado Napoleón Bonaparte.

El octogenario abad general Trouvé fue uno de los últimos monjes en abandonar Cister. En su última comunicación a los cistercienses del extranjero, autorizó a sus vicarios en Alemania y Bélgica a conducir los asuntos de la Orden en sus respectivos países con plenos poderes. El 1 de abril, delegó sus poderes como abad general en el procurador romano de la Orden, Alanus Bagatti, abad de Santa Croce. Este documento ya estaba fechado en Vosne, donde Trouvé se retiro a vivir en casa de un sobrino. En la misma Vosne, cerca de Cister, falleció el Abad General el 1797.

Procedimientos semejantes se llevaron a efecto casi simultáneamente en toda abadía de la Orden en Francia. Los documentos que se han rescatado, especialmente las declaraciones de los monjes relativas a sus intenciones de permanecer como tales o aceptar las pensiones, resultaron muy significativos.

En su intento de probar la moral generalmente baja que imperaba entre los monjes de la época, los historiadores han señalado una y otra vez que, en 1790, la inmensa mayoría de ellos deseaba cambiar la vida del claustro por las pensiones y la libertad de establecerse en cualquier lado. Tales conclusiones revelan, sin embargo, la más completa tergiversación de la situación en que se encontraban los mismos. Cuando, en mayo de 1790, fueron obligados a elegir entre las pensiones o continuar la vida monacal, esto último era ya imposible. La disolución de las órdenes monásticas ya había sido decretada. La única alternativa aparente era ingresar en las «casas de unión», donde los monjes de varias comunidades serían apiñados hasta su extinción total. En esta coyuntura no se habían especificado ni la ubicación, regla, normas o demás detalles relativos a los nuevos establecimientos, razón por la cual los monjes tenían todo el derecho a suponer que se asemejarían más a prisiones o asilos de mendigos que a monasterios.

Más aún, el sentido común obligaba a aceptar las pensiones, que no constituían ninguna falta contra sus votos. En un sentido legal, los votos monásticos no exigen la dedicación de toda una vida a un ideal abstracto, ni aun adherirse a un tipo particular de conducta, sino la estabilidad en un monasterio específico y la obediencia a un superior legítimo. Dado que, a comienzos de 1790, la secularización de las casas y comunidades estaba ya resuelta, los vínculos legales entre las abadías y los monjes concretos también habían sido rotos, dejando a éstos en libertad para elegir entre las alternativas razonables. Si su elección no fue heroica, no por eso significa una traición a sus votos, y menos una apostasía.

Un examen imparcial de los documentos muestra la imagen de seres humanos profundamente turbados, confundidos y perplejos, en un intento desesperado de conciliar las exigencias de su conciencia con los dictados del sentido común. Los que, sin importarles nada, aprovecharon la ocasión y aceptaron las pensiones sin más, fueron una excepción, como también los que decidieron continuar la vida monástica sin condiciones. Cuando la estructura de la Orden comenzó a desintegrarse, saliendo a la luz los diversos individuos, con sus incontables problemas y ansiedades, expresadas con toda claridad en sus declaraciones, muchos de los inclinados a abandonar el monasterio y aceptar la pensión, se afanaron en justificar su decisión, mientras la gran mayoría de aquellos que eligieron seguir siendo religiosos hacían tal promesa sólo bajo ciertas circunstancias. Un número considerable de monjes rechazó simplemente hacer cualquier elección, indicando que no podían distinguir bien las alternativas. La diversidad de las respuestas hacen casi imposible la generalización y sería erróneo cualquier intento de clasificar el contenido de las declaraciones reduciéndolas a simples fórmulas.

La persecución de los sacerdotes que se negaron a jurar lealtad a la Constitución Civil del Clero se desató con increíble crueldad, poco después de la expulsión de los monjes. Siguiendo la información proporcionada por el abad de Wettingen (Suiza), sólo un tercio de los que habían sido cistercienses obedecieron la ley. Para la mayoría no hubo otra elección que fugarse al exterior o hacer frente a la prisión, deportación y aun la muerte. No hay registros exactos de los juicios posteriores; sin duda alguna grandes contingentes encontraron albergue temporal en las casas cistercienses de los Países Bajos, Alemania, Suiza y Estados Pontificios, pero muchos de ellos murieron en condiciones inhumanas en las prisiones francesas o en el penal de la Guayana Francesa.

Los refugiados no pudieron gozar de una hospitalidad duradera de sus hermanos extranjeros. Las tropas francesas victoriosas invadieron bien pronto los países limítrofes imponiendo por las armas sus doctrinas revolucionarias. Los Países Bajos, su primera víctima, fue tratada con especial severidad. Los monasterios fueron visitados, se hicieron detallados inventarios, se gravó arbitrariamente a las abadías, y los religiosos fueron incesantemente molestados. Finalmente, las leyes de 1796 decretaron que todos los bienes monásticos deberían ser confiscados. Una vez más la negativa a prestar el juramento de lealtad a la constitución revolucionaria se convirtió en pretexto para la persecución de sacerdotes. Más aún, en represalia por la resistencia generalizada, un decreto de 1798 sentenciaba a todo el clero flamenco a ser deportado. El decreto se llevó a cabo sólo en forma parcial, pero centenares cayeron víctimas de la tiranía, entre ellos treinta y siete cistercienses.

La penetración francesa en Italia trajo la destrucción de la mayoría de los monasterios allí establecidos. Los procedimientos legales contra los monjes diferían de estado a estado; pero los ejércitos franceses no respetaban derechos ni privilegios. En algunas abadías, el saqueo se agravó con los asesinatos. En Casamari, fueron muertos seis monjes en 1799 cuando trataban de evitar la profanación del Santísimo Sacramento. Entre 1806 y 1808, se suprimieron por decreto la mayoría de los monasterios supervivientes.

Después de la instalación de la República Helvética en Suiza (1798), respaldada por Francia, los bienes monásticos quedaron bajo control del gobierno y se prohibió la recepción de novicios. Sin embargo, las tres abadías cistercienses escaparon de la supresión formal. Más aún, después de la secularización de las abadías alemanas en 1803, las abadías de Wettingen, Hauterive y Saint Urhan, completamente aisladas, formaron la Congregación Cisterciense Suiza, independiente, que también incluía once conventos de monjas de la misma Orden. Las tres abadías se alternaban en la dirección de la nueva organización, eligiendo un «abad general» por el término de tres años. Pío VII aprobó su Constitución en 1806, pero la vida de la Congregación siempre fue precaria. Después de las guerras napoleónicas, un gobierno suizo cada vez más liberal reanudó la legislación anticlerical. En 1830, se renovó la prohibición de recibir novicios y la propiedad monástica volvió a estar bajo supervisión. La supresión de Wettingen se llevó a cabo en 1841, seguida por la secularización de Hauterive y Saint Urban en 1848.

La próspera Congregación de la Alemania superior fue presa de la voracidad de los príncipes germanos. La Paz de Lunéville (1801), que les fuera impuesta por Napoleón, confiscaba sus posesiones en el margen occidental del Rhin, pero los autorizaba a buscar una compensación a expensas de las propiedades eclesiásticas. La secularización general se hizo ley en 1803, sancionando la confiscación de todos los bienes monásticos y acordando sólo una pensión modesta a los monjes expulsados. Sin embargo el decreto no se ejecutó de inmediato en todos los estados germánicos. En Prusia se hizo efectivo en 1810; en Austria, donde José II no había dejado mucho por secularizar, las pocas abadías sobrevivientes continuaron su existencia. No obstante, fueron expropiados cuarenta y seis monasterios, y ochenta y tres cenobios cistercienses de monjas en toda Alemania. La fabulosa riqueza de las grandes iglesias, los objetos de arte de incalculable valor y todas las bibliotecas fueron vendidos o malgastados, mientras que los edificios eran demolidos, o se los adaptada a fines seculares.

Después del desmembramiento final de Polonia (1795), tanto las autoridades rusas como prusianas suprimieron las abadías cistercienses dentro de sus respectivos territorios, y sólo dos casas polacas sobrevivieron, bajo control austríaco.

La suerte corrida por las tres casas lituanas revelan un desarrollo bastante peculiar. Después de la repartición de Polonia, las órdenes religiosas bajo régimen ruso quedaron completamente aisladas y, en 1803, benedictinos y cistercienses formaron una Congregación unificada a la que posteriormente se unieron los camaldulenses y cartujos. Todo el conjunto estaba formado por ocho monasterios encabezados por un presidente elegido por tres años. En 1832, después de aplastar la insurrección polaca de 1830-1831, el gobierno ruso abolió las órdenes religiosas en Lituania; sólo escapó a esa medida la casa cisterciense de Kimbarowka, pero se le prohibió que aceptara novicios. También este monasterio fue suprimido en 1842; pero se permitió a los monjes permanecer hasta 1864, cuando, en represalia por una nueva revuelta polaca, la Iglesia Ortodoxa tomó posesión de la propiedad y el último prior y sus siete monjes fueron deportados a Siberia.

Con la entrada en España de las tropas de Napoleón estaba echada la suerte de las órdenes religiosas. El rey Fernando VII fue obligado en Bayona a abdicar en favor de José Bonaparte, hermano del emperador. El «rey intruso» dispuso la secularización de las casas religiosas, pero la resistencia del pueblo español, que luchó sin tregua contra el invasor, no permitió que tal disposición fuera cumplida del todo. Derrotados los franceses, en 1814 regresó el rey Fernando VII de su destierro y con él fueron restablecidas todas las abadías. En 1820 una revolución disolvió nuevamente los conventos, aunque en 1823 con la entrada de los «Cien Mil Hijos de San Luis», fueron restablecidos el trono y las órdenes religiosas. Fallecido el soberano en 1833, dos años más tarde tuvo efecto la llamada «desamortización» (1835), después de un baño de sangre que salpicó a varios conventos. El decreto de la supresión afectó a 814 monjes de la Congregación de Castilla repartidos en 47 abadías, y en la Congregación de Aragón a 396 religiosos, repartidos en 16 monasterios. Muchos cenobios fueron saqueados, profanados y mutilados y todos abandonados. Los monjes en su mayoría adoptaron marchar al extranjero o servir en algún obispado como clero diocesano.

En Portugal, se produjo un desarrollo paralelo. La guerra de la Península librada contra Francia devastó todo el país; la gran Alcobaça fue saqueada en 1811. La restauración de una auténtica vida monástica resultó imposible, aun después de la guerra. Durante los siguientes veinte años, el país se convirtió en escenario de guerras civiles intermitentes entre las fuerzas liberales y conservadoras. Como en España, terminaron por imponerse los liberales, y un decreto de mayo de 1834 secularizaba toda la propiedad monástica. El destino de los monjes y los edificios fue el mismo de sus semejantes en España.

Así, el torbellino engendrado por la Revolución Francesa demolió casi totalmente los establecimientos monásticos en Europa, y dejó detrás suyo a unas pocas comunidades aisladas, completamente desmoralizadas por la violencia liberal y anticlerical. En condiciones favorables, los escombros de la destrucción física hubieran podido ser removidos con facilidad y reemplazados por nuevas iglesias y claustros, pero la hostilidad de un mundo apartado de las tradiciones religiosas, frustraba el inquebrantable deseo de sobrevivir de los monjes.

Aún más perturbadora fue la desaparición de Cister, la muerte del último abad general y la imposibilidad de mantener capítulos generales, dejando a los restos de la Orden desorganizados y sin dirección por medio siglo. La supervivencia aislada de algunas abadías atestigua, con seguridad, la vitalidad de sus moradores, pero las líneas de ese desarrollo independiente no pudieron converger. Esto hizo extremadamente problemática la restauración de la Orden como institución con un gobierno central y orgánicamente coherente.

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