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Archive for 12 agosto 2011


II. Comunidad Contemplativa

 “Las Moradas de los monjes en las colinas eran como santuarios llenos de coros divinos, cantando con la esperanza de la vida futura, trabajando para dar limosnas y preservando el amor y la armonía entre sí. Y en realidad, era como ver un país aparte, una tierra de misericordia y justicia” (San Atanasio de Alejandría, Vida de San Antonio).

Lo que verdaderamente transforma el mundo no es tanto el testimonio singular de un cristiano, por más santo que sea; lo que cambia al mundo es el testimonio de una comunidad que vive de la Palabra, se nutre en la Eucaristía y testifica su servicio en la caridad. Todo lo que tenemos que hacer es formar verdaderas comunidades. Si es una comunidad que busca la oración, una comunidad que busca el servicio y una comunidad que vive en la alegría y en la esperanza, e comunidad cristiana. Yo creo que son señales infalibles de una auténtica comunidad cristiana. Una comunidad busca la interioridad, la oración, la contemplación, una comunidad que siente necesidad de orar. Comunidades en una palabra, que siguen creyendo en la eficacia transformadora del Evangelio; concretamente comunidades que se sienten enamoradas de Jesús.

A lo largo de los siglos, la llamada a abandonar la sociedad y vivir en un desierto físico o espiritual se ha expresado en formas variadas. En los primeros días del monacato, había algunos monjes que adoptaban simplemente una vida errabunda en el desierto, sin morada fija.  Otros vivían completamente solos como ermitaños. Con el tiempo, descubrieron que se necesitaba cierta forma de vida social e institucional para dar estabilidad y orden. De esta forma se afianzó la vida común o cenobítica, en la cual la misma comunidad estaba ubicada en el yermo, o por lo menos alejada de cualquier ciudad, y en la cual los hermanos preservan un ambiente de oración por medio del silencio entre ellos mismos.

Esta combinación de soledad y comunidad concilió las ventajas de la vida apartada con las de la vida social. El monje no disfrutaba únicamente del silencio y de la libertad frente la las tareas distrayentes de la actividad mundana, sino también tenía el apoyo y el aliento de la caridad fraternal. Podía olvidarse de sí mismo en el servicio a los demás, trabajar por el bien común de la comunidad monástica y alimentar a los pobres.

Se beneficiaba de la obediencia y la dirección espiritual, y lo ayudaba el buen ejemplo de los demás. Ante todo, podía participar en la oración litúrgica comunitaria en la cual Cristo, el Señor y Salvador, estaba presente en medio de la asamblea monástica ofreciendo el sacrificio de alabanza y acción de gracias en los misterios de nuestra fe celebrados por los hermanos.

En la vida comunitaria no se procuraba solamente que el hermano buscara su propia salvación o un tipo individualista de contemplación, sino que la misma comunidad era un sagrado lugar de encuentro entre Dios y el hombre. Aquí el monje se abría a la acción del Espíritu que lo unía íntimamente con sus hermanos y recibía la fortaleza necesaria para continuar la contenida solitaria e interior a la cual Jesús lo había llamado.

Los monjes cistercienses se han dedicado desde el siglo XII a esta vida contemplativa en comunidad, sin perder de vista ni la nota de soledad ni el hecho de que forman un solo Cuerpo en Cristo resucitado.

Lo que le ayuda al cisterciense a permanecer en cierta medida solitario, aun estando entre sus hermanos, es ante todo el silencio.  Luego el trabajo manual en el campo en los talleres tiene algo de solitario y de oración, además de ser el medio por el que el monje se autoabastece.  De este modo también se mantiene libre de los múltiples contactos con el mundo exterior.  Además, raras veces deja su monasterio, y lo hace únicamente por razones serias.

Así la unión fraterna en la vida comunitaria monástica no es el simple resultado de la sociabilidad natural, sino que es un fruto del Espíritu Santo, un carisma sobrenatural otorgado por Cristo resucitado para bien de todo su pueblo.  Por lo tanto, debe considerárselo como completamente distinto de la cordialidad de una comunión natural, que es buena en su propia esfera.  Las amistades del monje dependen de su sensibilidad respecto al fin hacia el que se orienta toda la comunidad monástica: la gloria de Dios y la unión con él.  Por consiguiente, aunque los valores humanos y la sinceridad de la amistad monástica no debe tender a ser un simple substituto del cariño del hogar natural, al cual el monje ha renunciado.

En todo caso,  la alegría de la vida en el Císter proviene de la entrega generosa a la tarea espiritual común de alabanza y trabajo, y a la búsqueda en común de <<edificar>> la Iglesia en la verdad.  La vocación del monje no es la de <<encontrar>> cómodamente en el monasterio un ideal monástico ya realizado, que hace suyo con un mínimo de dificultades.  El monaquismo es algo que cada generación de monjes está llamada a <<construir>> y tal vez a <<reconstruir>>.  De esta manera, nunca se logra completamente el ideal y nadie tiene derecho a sentirse amargado o defraudado porque no lo encuentre realizado en su comunidad.

Cada hermano debe a su comunidad el esfuerzo de ayudar o <<edificar>> a sus hermanos, trabajando con ellos para preservar y mejorar la vida contemplativa que comparten y por la cual han renunciado al mundo.  Su alegría está basada, en última instancia, en la verdad y sinceridad con que se entregan a Cristo que vive entre ellos.  Cuando esta verdad está viva en sus corazones, la cisterciense debe buscar primero la verdad en sí mismo y en su hermano antes de poder encontrarla en Dios.

El monje encuentra la verdad de Cristo en sí mismo por la humildad con que reconoce su propia pecaminosidad y sus propias limitaciones.  Encuentra esta verdad en su hermano no juzgando sus pecados, sino identificándose con su hermano, poniéndose en su lugar, respetando el hecho de que el hermano es una persona diferente, con distintas necesidades y con una tarea distinta a realizar dentro de la labor única y común a todos.

San Bernardo dice <<La vida del alma es la verdad, y la captación del alma es el amor.  Por eso no puedo explicar en qué modo se puede decir que uno esté vivo, por lo menos en nuestra vida comunitaria, si no ama a aquellos entre los cuales vive>>

Por lo tanto, el amor del monje por su hermano debe ser realista, compasivo y comprensivo.  Un idealismo intolerante, que se impacienta ante cada falta, acusando y condenando siempre a los otros, es una debilidad encontrada frecuentemente en los monasterios.  Tal actitud demanda la compasión y comprensión de aquellos cuyo amor es más profundo.

La vida común no impide al monje vivir en cierto modo como un solitario, sino que lo protege contra los peligros del egoísmo y de la introversión.  De este modo purifica y profundiza la verdadera gracia de la soledad, que es paradójica, pues aumenta con la caridad.

Ya en el siglo IV Evagrio indicaba esta paradoja, al decir: <<El monje es aquel que está separado de todos y unido a todos>>.  La comunidad contemplativa abre corazones de sus miembros a una comunidad más amplia y universal.  Un cartujo moderno, anónimo, explica este fenómeno:

<<La vocación del monje lo obliga a vivir apartado del mundo, pero se encuentra en el corazón mismo de aquello que es más íntimo a cada hombre, su hermano.  Está en comunicación viviente con las aspiraciones esenciales que Dios ha colocado como semillas en su criatura.  La razón de ser del monje está identificada con la razón de ser que está en todo hombre.

Este hecho aparentemente extraño tiene una sola explicación: el monje no está unido a Dios y a los hombres por una comunicación natural o por expresiones humanas de afecto, por buenas que sean, sino por un único Amor que ha nacido en las profundidades de Dios mismo y se nos ha dado en la Persona del Espíritu Santo.  Es el Espíritu quien causa la secreta fecundidad a la Iglesia.

Es cierto que esta adoración contemplativa se realiza ya en el corazón del mundo por los miles de hombres y mujeres entregados a una vida de fe y oración en medio de su trabajo diario.  La oración de estas personas es de grandísimo valor a los ojos de Dios y para la extensión de su Reino.  <<Ellos verán a Dios>> (Mt 5,8).  Fe activa y fe contemplativa son mutuamente necesarias, no sólo en la total de la Iglesia, sino también en la vida de cada cristiano.  Todos somos llamados a ser contemplativos con Cristo, el gran Contemplativo.  Pero también es verdad que en la historia del Pueblo de Dios siempre aparecen lugares fuertes de oración donde se excluyen finalidades secundarias para dar una preeminencia más total al don contemplativo, mediante un estilo de vida ordenado a su desarrollo.  Esto se debe al hecho de que la gracia contemplativa, común a toda la Iglesia y activa de alguna manera en el corazón de todo hombre, tiende a hacer girar la existencia humana en torno suyo.  Así, sin la fidelidad del monje a su disciplina humana en torno suyo.  Así, sin la fidelidad del monje a su disciplina constante de humildad, soledad y caridad contemplativas y sin una comunidad estable y organiza para expresar en alma y cuerpo estos valores evangélicos el don general de oración, que el Espíritu otorga a su Pueblo, se iría debilitando, como lo demuestra la experiencia de muchos siglos.  El carisma monástico de oración y disciplina comunitarias es absolutamente necesario para el bienestar de la Iglesia entera: para su apostolado y para su oración.

Dicho esto, es verdad que a veces Dios puede pedir, como una excepción a la norma general, un apostolado especial y más exterior de porte de algún miembro de una comunidad contemplativa.  Sin embargo, la vocación monástica no puede ser entendida en este sentido.  El modo más efectivo en que el monje participa en la actividad evangelizadora de la Iglesia es ser, en toda su plenitud, el que está llamado a ser: un hombre de silencio y de oración, que ha seguido a Jesús al desierto y allí se queda con sus hermanos.  Sólo así cumplirá está misión profética de la vida monacal que consiste en mostrar visiblemente o por lo menos sugerir, algo de aquello hacia lo cual tiende toda vida humana: la vocación final y única para todos de unión con Dios en el amor.  La experiencia ha demostrado que incrédulos o católicos no practicantes, que no sienten más que desprecio y desconfianza por el mensaje de apóstoles activos, pueden encontrarse extrañamente conmovidos por el espectáculo de una comunidad de monjes silenciosos, quienes han optado por vivir al margen de la soledad y muestran que el ser humano puede encontrar una nueva  plenitud espiritual al vivir así no prestando atención a las modas de la sociedad, ni a sus placeres efímeros o intereses superficiales, sino orando por las necesidades profundas y frecuentemente trágicas que la afligen.

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