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Archive for 21 mayo 2013


monjes (1)

Vocación

Entrad, postrémonos por tierra,

Bendiciendo al Señor creador nuestro,

Porque él es nuestro Dios y nosotros su pueblo

El rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz;

No endurezcáis vuestro corazón.

(Salmo 94,67)

<<  pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. 3 . A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera. 4 . Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz.>> (Jn 10, 2-4)

Jesús se comparó con un pastor, al decir que sus ovejas reconocerían el sonido de su voz, lo mismo que él las reconocería a ellas.  Una de las verdades básicas se  la fe cristiana se expresa en esta idea de la llamada divina y la respuesta del hombre.  Toda la vida cristiana está reseñada en esta vocación y respuesta que el Evangelio describe repetidas veces.

Cristiano es aquel que ha escuchado la llamada de Cristo y respondido personalmente.  Por tanto, no es correcto pensar que únicamente tienen <<vocación>> los que están en monasterios, conventos, seminarios,  comunidades religiosas o casas parroquiales.  Todo cristiano tiene la vocación de ser discípulo de Cristo y seguirlo.  Algunos lo siguen en el matrimonio, que, a pesar de no imitar su vida célibe, participa no obstante del ministerio de su presencia en el mundo (Ef 5, 25-31).  Otros siguen a Jesús al vivir en castidad, pobreza, obediencia y servicio a los demás en el amor.  El monje no tiene dos vocaciones, una como cristiano y otra añadida por su estado de monje.  Su vocación monástica no es más que un simple desarrollo de su propia vocación cristiana, un paso más en el camino elegido personalmente para él por Jesucristo.  Feliz el hombre que escucha la voz de Cristo llamándolo al silencio, a la soledad, la oración, la meditación y al estudio de su Palabra.

Esta llamada para vivir apartado con Cristo y subir con él a la montaña para orar>> (Lc 9,28), es rara y especial, de manera particular en nuestros días.  Pero también es muy importante para la Iglesia, y por eta causa aquellos que creen ver indicaciones de esta vocación es sí mismo o en otros, deben encarar el hecho con sinceridad y hacer algo al respecto en un espíritu de oración y prudencia.

La paz de la soledad y el apoyo de la comunidad contemplativa tienen un atractivo especial para mucha gente, y no es de extrañar que en nuestros tiempos se presenten muchos aspirantes en los monasterios más estrictos, buscando precisamente la vida austera y dedicada de aquellas comunidades que han renunciado más explícitamente al mundo.  Una atracción por el silencio y la oración, un deseo generoso de abrazar la disciplina y ofrece los años maduros en sacrificio a Dios, puede ser un siglo de vocación auténtica.  Pero no basta la sola atracción.  Ni su ausencia es garantía de que falte tal vocación.

Una vida de piedad extraordinaria tampoco es necesariamente una señal de que uno sea apto para la vida contemplativa.  Con frecuencia, hay personas que viven como buenos católicos en el mundo, pero al entrar en clausura se vuelven demasiado introspectivos y replegados sobre sí mismos.  Sus ejercicios de piedad se hacen artificiales, forzados y excesivos.  Un monje debe tener la personalidad bien equilibrada y su enfoque religioso debe ser sincero y profundo.  Como lo indica san Benio, debe buscar a Dios con sinceridad y poder vivir socialmente, con llaneza y caridad hacia los demás.  Debe tener un funcionamiento sólido de actitudes cristianas, una capacidad de servir alegre y generosamente, ser humilde y bondadoso, y sobre todo flexible para poder cambiar y aprender.  Una persona aparentemente muy piadosa, o que parece conocerlo todo sobre la vida interior, puede malograrse en un monasterio debido a su incapacidad para cambiar y aprender nuevos caminos del espíritu.

A veces los que se sienten obligados por el peso del trabajo en el apostolado activo se vuelven hacia los claustros contemplativos en busca de paz y descanso; pero esto no es normalmente la solución a sus problemas, aunque siempre hay algunos hermanos en las comunidades monásticas que se han adaptado bien después de comenzar en la vida activa.  Al seguir una llamada a cualquier vida religiosa o sacerdotal, se trata de una elección libre, pero debemos recordar siempre que la elección fue hacha primero por Dios (Jn. 15,16).  Sin embargo, la elección divina puede manifestarse en forma oscura y extraña.  Frecuentemente, es difícil explicar qué constituye una vocación.  A esta pregunta no hay que contestar en forma abstracta, sino en cada caso concreto, sobre la base de la experiencia y la prudencia de quienes estén capacitados para ayudar al candidato a discernir lo que Jesús está diciendo y a dar una respuesta.

Al hablar san Elredo acerca de la vocación cisterciense en particular, dice: <<Vosotros estáis llamados por admoniciones exteriores, por buenos ejemplos y por inspiración secreta>>.

Así la idea de la vida monástica se despierta a veces por una advertencia, por la sugerencia de un sacerdote o amigo espiritual y hasta por una observación casual.  A veces, también, el ejemplo de uno que abandonó el mundo para vivir en una comunidad contemplativa puede llevarnos a pesar seriamente en hacer lo mismo.

A veces, un hombre es conducido a la vida monástica por una atracción profunda, persistente y duradera, con una convicción interior cada vez más manifiesta, de que eso es lo que debe hacer.  Esto puede involucrar mucha incertidumbre y un intenso conflicto interior.  Relativamente pocas vocaciones se deciden sin lucha. Pero cualquier católico que busque con sinceridad entregar su vida a Dios en un monasterio, que comprenda a qué está destinada la vida monástica y esté dispuesto a aceptarla como es en realidad, puede ser admitido.

Sin embargo, el candidato tiene que reunir ciertas condiciones físicas, mentales y espirituales.  Ante todo, debe ser maduro: veinte años es la edad mínima para la mayor parte de nuestras comunidades.  Debe tener la salud necesaria para vivir según la Regla y las normas de la Orden, con su régimen de vida, trabajo manual, vigilias, convivencia, etc.  Una excesiva susceptibilidad sería un contrasigno.

Por lo menos se requiere una educación primaria, y en algunos casos los hermanos que aconsejan al aspirante pueden decidir que, según sus posibilidades, termine al bachillerato o curse estudios universitarios antes de entrar.  Po otra parte, la madurez afectiva es más importante que la mera formación intelectual.  En cuanto a las condiciones morales, es lógico suponer que cada uno que pide ser admitido no sea ya un modelo de perfección, pero tiene que tomar las cosas en serio y debe tener cierta garantía, basada en la experiencia, de que es capaz de cumplir las obligaciones impuestas por los votos.  Una súbita conversión después de una vida desordenada no es necesariamente un signo de que se tenga también vocación a la vida monástica.  Po el contrario, en tales casos se requiere un período prudencial de espera y prueba, que puede extenderse durante varios años.

Es importante comenzar bien en la vida monástica, abrirse con confianza a los que nos enseñan, abandonarse en fe al cuidado misericordioso de Dios.  Quien no nos abandonó cuando estábamos lejos de El, nos dará ciertamente el buen Espíritu que nos hace falta al tratar de seguir su voluntad.  Si Dios parece ocultarse de nosotros y si hay momentos en el monasterio en los cuales pensamos que vamos para atrás en lugar de progresar, debemos comprender que esto es parte de su plan para nosotros.  Es una prueba para nuestra fe.

Aún más importante es perseverar.  El monasterio no existe como una casa de retiro temporal, de la cual se puede regresar fácilmente al mundo y retomar a las cosas donde se paró.  La vocación monástica es para toda la vida, y aquel que entra en un monasterio no debe hacerlo simplemente para ver lo duro o lo fácil que es.  No importa lo duro o lo fácil de la vida monástica, sino la fidelidad con la cual uno la abraza como voluntad de Dios, y continúa obedeciendo cualquier indicación de esa santísima voluntad, hasta la muerte.  La verdadera belleza de la vocación monástica reside en la imitación permanente y palpable a la obediencia de la Virgen María al recibir ella la Palabra de Dios en cuerpo, alma y espíritu.  Esta misma Palabra empuja al monje a ir con Jesús a la soledad, para continuar allí, en provecho de todo su Pueblo, la búsqueda del rostro del Padre.  Como con Abraham, no se trata de una gira de pocas semanas, sino de toda una vida de fidelidad en busca de la tierra prometida por Dios mismo.

El que escucha la voz del Señor debe reconocer que está llamando a una aventura cuyo final no puede prever, porque está en manos de Dios.  Éste es el riesgo y el desafío de la vocación monástica: entregamos nuestras vidas en manos del Señor para no recuperarlas ya nunca más.  El amor filial y contraste a María, nuestra santísima Madre, dará a nuestra entrega una generosidad más espontánea y hará que todo nos conduzca más rápidamente a Jesús.  En cuanto a los resultados, las esperanzas, los temores, las necesidades y las satisfacciones que experimentaremos: ni  nos hacemos ilusiones, ni los evitamos.  Nuestra tarea es buscar primero el Reino de Dios en soledad, oración y servicio fraterno.  Lo demás se dará por añadidura.

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EL HORARIO MONÁSTICO

El “horario”, o distribución de la jornada monástica, es educativo y funcional, ordenado todo él a facilitar a los monjes y monjas una vida “práctica” encaminada a la oración continua, a la contemplación y al ejercicio continuo de la caridad con los que moran en la casa y los huéspedes.

Comienza la jornada cuando aún es de noche (en todos los monasterios españoles entre las 4 y las 5 de la mañana).  Con esto se significa la actitud de vigilancia y espera, y la intención de dedicar el tiempo tranquilo y exento de actividad laboral a la oración y a la contemplación de la Palabra de Dios.  Por eso el día comienza con el oficio litúrgico de “vigilias”, al que sigue un gran intervalo de oración y lectura meditativa de la Escritura u otros textos espirituales.

Sobre las 8 ó 9 de la mañana comienza el tiempo de trabajo, intelectual y “de manos” (como dice la Regla de san Benito, que es la que organiza la vida monasterial y comunitaria de los mojes y las mojas).  Unos monjes aplican a la tarea formativa, mediante el estudio y la lectura, bien para sí o para otros.  Hay quienes se entregan al trabajo que requiere la administración de la casa y sus recursos económicos.  Las pequeñas actividades “no productivas”, pero necesarias, ocupan a los monjes y monjas sin que éstos pierdan el espíritu de silencio y contemplación.  La hora de Tercia a media mañana recuerda al alma la cooperación del cuerpo en la tarea creadora de Dios.  Antes de la comida, siempre en común y signo de fraternidad, el oficio de sexta reúne de nuevo a la comunidad.  Tras la comida, y sus concomitancias domésticas, humildes y sencillas, se ofrece a todos un descanso reparador.

La hora de nona abre la tarde del monje con un empuje nuevo frente al trabajo, o la continuación del estudio y la lectura formativas, hasta que llegue la hora de Vísperas (entre las 6 y las 7 de la tarde), en que de nuevo toda la comunidad se reúne para la gran oración de la tarde, en alabanza junto con todos los hombres de buena voluntad que luchan y trabajan por la paz, la justicia y el perdón en el mundo.  Esta hora concluye con la solemne recitación de la oración que Jesús enseñó a sus discípulos.

Sigue un breve intervalo de silencio y oración antes de que la comunidad tome su cena, frugal y sencilla, para continuar con un tiempo nuevo de lectura meditada, de escucha mutua en la sala capitular (la sala de reuniones), en la que unas veces el Abad y otras alguno de los hermanos o hermanas, instruyen a los demás.  Es también la ocasión, en días señalados, de reuniones fraternas, en que los asuntos de la casa y de la vida ordinaria sales a recluir, buscando siempre “que todo se haga con paz en la casa de Dios”, como también dice la Regla.

 

La jornada toca a su fin con el oficio de Completas, hacia la 9 de tarde, en que se pide para todos, y para el mundo, la paz y el perdón de Dios, la reconciliación y el deseo de comenzar al día siguiente una vida nueva.  Esta hora acaba siempre en los monasterios cistercienses con el canto de la Salve Regina, invocación tradicional –desde los orígenes de Císter- a la Madre de Dios, Asunta a los cielos, Patrona de la Orden, y a la cual están dedicados todos los monasterios cistercienses.

Los monjes y las monjas de Císter, en sus actividades, en su tenor de vida y en el ambiente de sus monasterios, procuran seguir la Regla de san Benito, que al igual que ordena su jornada modela sus vidas y su espíritu hacia una vida frugal y pobre, de soledad y comunión, haciéndola también partícipe de las realidades humanas más humildes y dolorosas.

Aunque los monasterios cistercienses cultiven una vida de silencio y soledad, saben y quieren también compartir esta vida con todos aquellos que acudan al monasterio deseoso de buscar a Dios y encontrar el sentido transcendente de la vida humana.  Por eso, por medio de las hospederías y de la acogida, hacen partícipes a otros hombres y mujeres de sincero corazón de los dones que ellos han recibido gratuitamente al ser llamados a la vida cisterciense.

Y así, hasta el día de la venida del Señor Jesús, los monjes y las monjas perseveran en la paciencia y la humildad, gimiendo con toda la creación, para que en todos y en todo se manifieste la gloria del Señor.

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III.            Camino del Silencio

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“Un silencio sereno lo envolvía todo,  al mediar la noche su carrera, tu Palabra omnipotente, Señor, se lanzó como guerrero invencible desde el trono real del Cielo” (Sabiduría, 18, 14-15).

El silencio es el ministerio del mundo venidero.  El habla es el órgano del mundo presente.  Muchos buscan con avidez, pero encuentran únicamente aquellos que permanecen en silencio.  Todo hombre que se deleite en una multitud de palabras, aun cuando diga cosas admirables, está vacío por dentro.

<<El silencio te iluminará en Dios y te librará de las fantasías de la ignorancia.  Te unirá a Dios mismo y te dará un fruto que la lengua no puede describir.  Al principio tenemos que esforzarnos para estar en silencio.  Pero después, desde el seno de nuestro mismo silencio nace algo que nos atrae a un silencio aun más profundo.  Que Dios te dé una experiencia de este <<algo>> que nace del silencio.  Si lo practicas, amanecerá en ti una luz indescriptible>> (Isaac de Nínive).

Se dice que el templo de Salomón fue edificado con piedras extraídas y labradas bajo tierra, a fin de que ningún sonido de martillo y cincel quebrara el silencio sagrado en el cual se levantaban hacia el cielo las paredes de la casa del Señor.  El sentido espiritual de este silencio simbólico es el <<ministerio del mundo venidero>>.  Su realización en la vida de Jesús es muchas veces pasado por alto, y sin embargo, es muy significativo: el silencio de Belén y de Nazaret, la vida oculta de trabajo manual, el sufrimiento interior de la incomprensión, las largas noches de oración con su Padre, la callada experiencia del desierto que le prepara para el silencio redentor de su Pasión y Resurrección. Gracias al silencio de Cristo hace ya presente.  El monje busca entrar de su vida, no como voto de silencio absoluto, sino como discípulos de un nuevo amor que lo conduce al Corazón de Cristo, a su propio corazón y al de su hermano.

En estos últimos años, se ha escrito mucho sobre la trágica pérdida de silencio ocurrida en la vida del siglo veinte.  La vida humana necesita una base de silencio que dé significado a las palabras.  El simple fluir incesante de palabras, sonidos, imágenes y ruidos estrepitosos que atacan constantemente los sentidos del hombre de la ciudad, debe ser considerado como un problema serio.  N es solamente que el volumen del ruido descargaste el equilibrio nervioso del hombre y lo enferme, sino que la sobreproducción de palabras y conceptos de redescubrir el silencio religioso. El concilio Vaticano II nos lo recuerda al decir que se deben mantener momentos de silencio en el culto de la Iglesia.  Uno de los elementos más importantes en la liturgia es el escuchar la Palabra de Dios leída en la asamblea santa y luego participar en la respuesta colectiva.  Se requiere un mínimo de silencio interior para que este acto de escucha sea efectivo, lo que implica a su vez la habilidad de abandonar las propias preocupaciones y la congestión de los pensamientos habituales, para poder abrir libremente el corazón al mensaje de Jesús que nos habla en el texto sagrado.

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El silencio es importantísimo para la libertad espiritual.  Libertad frente a las fastidiosas demandas del mundo, de la carne y de la voz más oculta y siniestra de ese poder maléfico que nos hace cautivos de la codicia, la lujuria y la violencia.  A fin de ser libres de esas fuerzas, tenemos que aprender cómo desistir de nuestro diálogo con ellas.  Se trata más de una actitud que se una mera ausencia de palabras.

Pablo el Diácono, al comentar la Regla de San Benito en el siglo IX, decía: <<El silencio nace de la humildad y del temor de Dios… La humildad perfeccionada al hombre en la serenidad del cuerpo, y la serenidad lo perfecciona en la práctica del silencio>>.  Aquí  se refiere a la serenidad como a una profunda actitud interior de gravedad y reflexión, una tranquilidad de ánimo que brota del autodominio, una sensibilidad espiritual que, al juntarse con las otras cualidades del silencio, libera al hombre de la necesidad de responder en seguida a cada llamada apasionada que puede sobrevenir desde dentro o fuera suyo.  Este silencio es una <<seriedad>> de todo el ser, una actitud de desapego y de amistad, no una simple negación.  EL verdadero silencio monástico es un comportamiento farisaico que atrae la atención sobre sí mismo, al decir: <<No soy como tú>>. Necesidad tiránica de hacer valer propios derechos, llamar la atención, reclamar satisfactoriamente, dar una buena impresión y <<ser alguien>>.   El verdadero silencio es una especie de sencillez y transparencia, reveladora de un hombre que es igual a cualquier otro, pero vive en un nivel diferente y más profundo, porque es capaz de prestar atención a otras voces.

Por consiguiente, es fácil ver la importancia del silencio en el ascetismo monástico tanto en las horas de mayor soledad como en los diálogos personales o comunitarios.  Ambas circunstancias reclaman al monje el doble fruto de su silencio: la escuela acogedora y la liberación interior.  Si quiere <<hacerse extraño a la conducta del mundo>>, como dice san Benito, entonces el silencio es una de las principales prácticas liberadoras de la que tiene que valerse.  Es una característica del mundo hacer que sus ciudadanos busquen tener éxito, causar buena  impresión, ser famosos.  Pero las cosas que el monje busca no pertenecen al mundo de la fama, y él no se vende de esa forma.  Para él, más vale ser desconocido que famoso. Esto le da libertad para pasar por alto todo lo que sea irrelevante a la vocación que ha recibido: compartir el anonadamiento de Cristo, para poder compartir su resurrección.

El monje que no goza de auténtico silencio interior, todavía está dividido por dudas y vacilaciones al experimentar un vacío de este género.  No  puede estar seguro de que no pierde nada al no prestar atención a lo que otros dicen, piensan y hacen.  El hermano auténticamente silencioso, en cambio, no es indiferente hacia los demás, lo que sería una forma de enfermedad, pero no se preocupa por verse excluido de ciertas cosas.  Tampoco desdeña los problemas sociales o políticos, pero sabe que si hay novedades en el mundo que él debe conocer, Dios y sus superiores asegurarán que las conozca.

Dado que el monje cisterciense se encuentra realmente libre de la tierra y la obligación de predicar a los demás y de ayudarlos directamente a afrontar sus dificultades, tiene esta enorme obligación de liberarse de sí mismo interiormente y escuchar la voz del Señor.  Esta no es simplemente un lujo contemplativo que la Iglesia <<tolera>> de mala gana; es una obligación y una misión que ella le da.  Su función es semejante a la del vigía en la torre que escucha en la noche desierta noticias provenientes de otro país.  Tiene que estar profundamente atento a cualquier mensaje que venga de Dios, de quien espera aprender cómo ser transformado en un hombre nuevo y cómo comunicar esta gracia secreta y poderosa al resto del pueblo.

Así se explica el testimonio a favor del silencio contemplativo de parte de centenares de sacerdotes y laicos comprometidos en obras más directamente pastorales.  Es Significativo que uno de los hombres más santos y ardorosos en el movimiento de sacerdotes obreros en Francia atestiguara su valor.  El padre Henri Perrin, jesuita, escribió durante un retiro prolongado: <<En estos meses he visto cada vez con mayor certeza que puedo hacer más por nuestros jóvenes cristianos dentro del silencio de mi celda que en los fines de semana que acostumbraba dedicar a los grupos de Acción Católica>>.

La finalidad principal del silencio monástico es preservar, como estilo permanente de vida, esta atención a otro mundo, este recuerdo de Dios que es mucho más que una simple memoria.  Es una conciencia total de la presencia divina que es imposible sin el silencio, el recogimiento y un cierto apartamento, dentro de un ambiente general de verdadero amor.  Frente a la inmensidad de esta Presencia, el monje adoptará espontáneamente una actitud de quietud enamorada, que poco a poco toma posesión de toda su existencia convirtiéndola en oración.  Los intercambios fraternales tienen que respetar y favorecer esta forma de oración continua.  Incluso, en algunos monasterios antiguos, los días de mayor silencio eran las fiestas y los días especiales, como cuando el monje emitía sus votos, o los días entre la muerte y el entierro de un hermano, en los cuales todos se adentraban más profundamente en el secreto amor de Cristo, en las realidades últimas y el mundo venidero.

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La verdad es que el hombre moderno, a pesar de un cierto entusiasmo por métodos de meditación, no está tan a gusto en un silencio como éste.  Muchos se sienten al comienzo replegados sobre sí mismos, desconcertados, artificiales al tener que vitar ruidos y callarse.  Esto puede ser una dificultad para algunas vacaciones monásticas, y uno de los frutos de una buena formación en la vida cisterciense es saber compaginar el silencio con una comunicación fraterna sana y necesaria.  Así, el que puede realmente vivir en silencio estará tranquilo y en paz en medio de otros hombres silenciosos.  Amará simple y espontáneamente los momentos de mayo convivencia, como también los momentos cuando puede estar más a solas con Dios, caminando, leyendo, rezando o meditando.  Aprenderá a  descansar en Dios, vivir en silencio con Jesús y con María, quien ella misma guardaba calladamente la presencia oculta de su hijo, meditando todo en su corazón.  El ejemplo de la virgen enseñará al monje cómo el silencio es ya una verdadera comunicación, y el hablar y el callarse son dos expresiones mutuamente necesarias de la amistad, que deben abrirlo a la fuente de toda amistad humana en la Persona de Jesús.

En última instancia, el silencio del Císter no es tanto una práctica, sino una gracia, un don de Dios.  Aquellos que desean este gran don, tal vez tendrán que reconocer su incapacidad natural para lograrlo por si propio esfuerzo.  Deberán pedirlo humildemente en oración.  También tendrán que aprender a ser dignos de este regalo sufriendo pruebas en silencio por largo tiempo.  Po el sufrimiento silencioso en imitación de María, se llega a conocer el profundo gozo interior que únicamente el silencio hace accesible para el corazón que busca a Dios.

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