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II. Comunidad Contemplativa

 “Las Moradas de los monjes en las colinas eran como santuarios llenos de coros divinos, cantando con la esperanza de la vida futura, trabajando para dar limosnas y preservando el amor y la armonía entre sí. Y en realidad, era como ver un país aparte, una tierra de misericordia y justicia” (San Atanasio de Alejandría, Vida de San Antonio).

Lo que verdaderamente transforma el mundo no es tanto el testimonio singular de un cristiano, por más santo que sea; lo que cambia al mundo es el testimonio de una comunidad que vive de la Palabra, se nutre en la Eucaristía y testifica su servicio en la caridad. Todo lo que tenemos que hacer es formar verdaderas comunidades. Si es una comunidad que busca la oración, una comunidad que busca el servicio y una comunidad que vive en la alegría y en la esperanza, e comunidad cristiana. Yo creo que son señales infalibles de una auténtica comunidad cristiana. Una comunidad busca la interioridad, la oración, la contemplación, una comunidad que siente necesidad de orar. Comunidades en una palabra, que siguen creyendo en la eficacia transformadora del Evangelio; concretamente comunidades que se sienten enamoradas de Jesús.

A lo largo de los siglos, la llamada a abandonar la sociedad y vivir en un desierto físico o espiritual se ha expresado en formas variadas. En los primeros días del monacato, había algunos monjes que adoptaban simplemente una vida errabunda en el desierto, sin morada fija.  Otros vivían completamente solos como ermitaños. Con el tiempo, descubrieron que se necesitaba cierta forma de vida social e institucional para dar estabilidad y orden. De esta forma se afianzó la vida común o cenobítica, en la cual la misma comunidad estaba ubicada en el yermo, o por lo menos alejada de cualquier ciudad, y en la cual los hermanos preservan un ambiente de oración por medio del silencio entre ellos mismos.

Esta combinación de soledad y comunidad concilió las ventajas de la vida apartada con las de la vida social. El monje no disfrutaba únicamente del silencio y de la libertad frente la las tareas distrayentes de la actividad mundana, sino también tenía el apoyo y el aliento de la caridad fraternal. Podía olvidarse de sí mismo en el servicio a los demás, trabajar por el bien común de la comunidad monástica y alimentar a los pobres.

Se beneficiaba de la obediencia y la dirección espiritual, y lo ayudaba el buen ejemplo de los demás. Ante todo, podía participar en la oración litúrgica comunitaria en la cual Cristo, el Señor y Salvador, estaba presente en medio de la asamblea monástica ofreciendo el sacrificio de alabanza y acción de gracias en los misterios de nuestra fe celebrados por los hermanos.

En la vida comunitaria no se procuraba solamente que el hermano buscara su propia salvación o un tipo individualista de contemplación, sino que la misma comunidad era un sagrado lugar de encuentro entre Dios y el hombre. Aquí el monje se abría a la acción del Espíritu que lo unía íntimamente con sus hermanos y recibía la fortaleza necesaria para continuar la contenida solitaria e interior a la cual Jesús lo había llamado.

Los monjes cistercienses se han dedicado desde el siglo XII a esta vida contemplativa en comunidad, sin perder de vista ni la nota de soledad ni el hecho de que forman un solo Cuerpo en Cristo resucitado.

Lo que le ayuda al cisterciense a permanecer en cierta medida solitario, aun estando entre sus hermanos, es ante todo el silencio.  Luego el trabajo manual en el campo en los talleres tiene algo de solitario y de oración, además de ser el medio por el que el monje se autoabastece.  De este modo también se mantiene libre de los múltiples contactos con el mundo exterior.  Además, raras veces deja su monasterio, y lo hace únicamente por razones serias.

Así la unión fraterna en la vida comunitaria monástica no es el simple resultado de la sociabilidad natural, sino que es un fruto del Espíritu Santo, un carisma sobrenatural otorgado por Cristo resucitado para bien de todo su pueblo.  Por lo tanto, debe considerárselo como completamente distinto de la cordialidad de una comunión natural, que es buena en su propia esfera.  Las amistades del monje dependen de su sensibilidad respecto al fin hacia el que se orienta toda la comunidad monástica: la gloria de Dios y la unión con él.  Por consiguiente, aunque los valores humanos y la sinceridad de la amistad monástica no debe tender a ser un simple substituto del cariño del hogar natural, al cual el monje ha renunciado.

En todo caso,  la alegría de la vida en el Císter proviene de la entrega generosa a la tarea espiritual común de alabanza y trabajo, y a la búsqueda en común de <<edificar>> la Iglesia en la verdad.  La vocación del monje no es la de <<encontrar>> cómodamente en el monasterio un ideal monástico ya realizado, que hace suyo con un mínimo de dificultades.  El monaquismo es algo que cada generación de monjes está llamada a <<construir>> y tal vez a <<reconstruir>>.  De esta manera, nunca se logra completamente el ideal y nadie tiene derecho a sentirse amargado o defraudado porque no lo encuentre realizado en su comunidad.

Cada hermano debe a su comunidad el esfuerzo de ayudar o <<edificar>> a sus hermanos, trabajando con ellos para preservar y mejorar la vida contemplativa que comparten y por la cual han renunciado al mundo.  Su alegría está basada, en última instancia, en la verdad y sinceridad con que se entregan a Cristo que vive entre ellos.  Cuando esta verdad está viva en sus corazones, la cisterciense debe buscar primero la verdad en sí mismo y en su hermano antes de poder encontrarla en Dios.

El monje encuentra la verdad de Cristo en sí mismo por la humildad con que reconoce su propia pecaminosidad y sus propias limitaciones.  Encuentra esta verdad en su hermano no juzgando sus pecados, sino identificándose con su hermano, poniéndose en su lugar, respetando el hecho de que el hermano es una persona diferente, con distintas necesidades y con una tarea distinta a realizar dentro de la labor única y común a todos.

San Bernardo dice <<La vida del alma es la verdad, y la captación del alma es el amor.  Por eso no puedo explicar en qué modo se puede decir que uno esté vivo, por lo menos en nuestra vida comunitaria, si no ama a aquellos entre los cuales vive>>

Por lo tanto, el amor del monje por su hermano debe ser realista, compasivo y comprensivo.  Un idealismo intolerante, que se impacienta ante cada falta, acusando y condenando siempre a los otros, es una debilidad encontrada frecuentemente en los monasterios.  Tal actitud demanda la compasión y comprensión de aquellos cuyo amor es más profundo.

La vida común no impide al monje vivir en cierto modo como un solitario, sino que lo protege contra los peligros del egoísmo y de la introversión.  De este modo purifica y profundiza la verdadera gracia de la soledad, que es paradójica, pues aumenta con la caridad.

Ya en el siglo IV Evagrio indicaba esta paradoja, al decir: <<El monje es aquel que está separado de todos y unido a todos>>.  La comunidad contemplativa abre corazones de sus miembros a una comunidad más amplia y universal.  Un cartujo moderno, anónimo, explica este fenómeno:

<<La vocación del monje lo obliga a vivir apartado del mundo, pero se encuentra en el corazón mismo de aquello que es más íntimo a cada hombre, su hermano.  Está en comunicación viviente con las aspiraciones esenciales que Dios ha colocado como semillas en su criatura.  La razón de ser del monje está identificada con la razón de ser que está en todo hombre.

Este hecho aparentemente extraño tiene una sola explicación: el monje no está unido a Dios y a los hombres por una comunicación natural o por expresiones humanas de afecto, por buenas que sean, sino por un único Amor que ha nacido en las profundidades de Dios mismo y se nos ha dado en la Persona del Espíritu Santo.  Es el Espíritu quien causa la secreta fecundidad a la Iglesia.

Es cierto que esta adoración contemplativa se realiza ya en el corazón del mundo por los miles de hombres y mujeres entregados a una vida de fe y oración en medio de su trabajo diario.  La oración de estas personas es de grandísimo valor a los ojos de Dios y para la extensión de su Reino.  <<Ellos verán a Dios>> (Mt 5,8).  Fe activa y fe contemplativa son mutuamente necesarias, no sólo en la total de la Iglesia, sino también en la vida de cada cristiano.  Todos somos llamados a ser contemplativos con Cristo, el gran Contemplativo.  Pero también es verdad que en la historia del Pueblo de Dios siempre aparecen lugares fuertes de oración donde se excluyen finalidades secundarias para dar una preeminencia más total al don contemplativo, mediante un estilo de vida ordenado a su desarrollo.  Esto se debe al hecho de que la gracia contemplativa, común a toda la Iglesia y activa de alguna manera en el corazón de todo hombre, tiende a hacer girar la existencia humana en torno suyo.  Así, sin la fidelidad del monje a su disciplina humana en torno suyo.  Así, sin la fidelidad del monje a su disciplina constante de humildad, soledad y caridad contemplativas y sin una comunidad estable y organiza para expresar en alma y cuerpo estos valores evangélicos el don general de oración, que el Espíritu otorga a su Pueblo, se iría debilitando, como lo demuestra la experiencia de muchos siglos.  El carisma monástico de oración y disciplina comunitarias es absolutamente necesario para el bienestar de la Iglesia entera: para su apostolado y para su oración.

Dicho esto, es verdad que a veces Dios puede pedir, como una excepción a la norma general, un apostolado especial y más exterior de porte de algún miembro de una comunidad contemplativa.  Sin embargo, la vocación monástica no puede ser entendida en este sentido.  El modo más efectivo en que el monje participa en la actividad evangelizadora de la Iglesia es ser, en toda su plenitud, el que está llamado a ser: un hombre de silencio y de oración, que ha seguido a Jesús al desierto y allí se queda con sus hermanos.  Sólo así cumplirá está misión profética de la vida monacal que consiste en mostrar visiblemente o por lo menos sugerir, algo de aquello hacia lo cual tiende toda vida humana: la vocación final y única para todos de unión con Dios en el amor.  La experiencia ha demostrado que incrédulos o católicos no practicantes, que no sienten más que desprecio y desconfianza por el mensaje de apóstoles activos, pueden encontrarse extrañamente conmovidos por el espectáculo de una comunidad de monjes silenciosos, quienes han optado por vivir al margen de la soledad y muestran que el ser humano puede encontrar una nueva  plenitud espiritual al vivir así no prestando atención a las modas de la sociedad, ni a sus placeres efímeros o intereses superficiales, sino orando por las necesidades profundas y frecuentemente trágicas que la afligen.

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Monasterio de Monjas Cisterciense Calatravas Moralzarzal

 El fin espiritual de la Comunidad se manifiesta especialmente en la celebración litúrgica, a la cual dedican gran parte de la jornada, para cumplir en unión de la Iglesia la función sacerdotal de Cristo, ofreciendo a Dios un sacrificio de alabanza e intercediendo por la salvación de todo el mundo.
La oración pública se prolonga a lo largo del día mediante la oración silenciosa y personal.
En la lectio divina, la monja se entrega a la escucha y rumia de la Palabra de Dios, fuente de oración y escuela de contemplación; en ella, la monja dialoga con Dios de corazón a corazón.
El trabajo, arduo y redentor, fuente de una fecunda ascesis, ofrece a las monjas la ocasión de participar en la obra de la creación y comprometerse en el seguimiento de Cristo pobre.

 

Orígenes

EL singular fenómeno de las Ordenes Militares es fruto de la fe y forma de vida propias del medievo.

En cierto sentido podría afirmarse que sus miembros fueron los herederos de los ideales de la llamada Orden de Caballería que recogía en su seno un largo proceso evolutivo, que arrancando del guerrero primitivo, tosco y brutal cuya fuerza residía con frecuencia en su fuerza y la destreza del uso de sus armas, al ejemplarizado caballero medio monje y medio soldado, como fruto maduro de progresiva cristianización de las costumbres de la sociedad medieval.

Junto a tan singular modo de vida hay que situar las célebres Cruzadas, la otra gran originalidad que pone ante nuestros ojos el espíritu aventurero, ardiente, lleno de fe, y no poco bárbaro, del hombre de la Edad Media.

Si a las Ordenes Militares, a las Cruzadas, al espíritu caballeresco de vivir la fe cristiana en el medievo y a los grandes complejos monástico-militares del Temple y las otras Ordenes Militares ya se han dedicado amplios y documentados estudios, no ha sido tal el caso por lo que respecta a la “parte femenina” de esas mismas Ordenes Militares.

Quisiéramos presentar ahora unos breves datos sobre el tema, que sirvan como punto de partida para estudios más complejos e informaciones más sustanciosas. Nos parece que debemos hacer justicia histórica a ese “complemento” de las Ordenes Militares que extiende sus ramas hasta hoy día, aportando frutos importantes a la historia y a la espiritualidad Cistercienses y que, en definitiva, forma parte de su gran patrimonio, máxime cuando aún hoy existen comunidades vivas descendientes y herederas de unos ideales que, aunque se crea lo contrario, no han prescrito aún, y tienen excelente cabida en el carisma cisterciense, tal y como este quiere presentarse ya en este siglo XXI.

El origen de las monjas en las Ordenes Militares responde también a la mentalidad cristiana y comprensión del ideal de caballería cristiana de que estaban imbuídos aquellos hombres que favorecieron el nacimiento y desarrollo de las comunidades femeninas, que debían servir de soporte orante y de intendencia espiritual a sus campañas militares y al mantenimiento de su vida espiritual.

“Moisés dijo a Josué: ‘Elige hombres y ataca mañana a Amalec. Yo estaré sobre el vértice de la colina con el cayado de Díos en la mano’. Josué hizo lo que le había mandado Moisés, y atacó a Amalec. Aarón y Jur subieron con Moisés al vértice de la colina. Mientras Moisés tenía alzada la mano llevaba Israel la ventaja, y cuando la bajaba, prevalecía Amalec. Como las manos de Moisés estaban pesadas, tomaron una piedra y la pusieron debajo de él para que se sentara, y Aarón y Jur sostenían sus manos, uno de un lado y otro de otro; y así sus manos se mantuvieron firmes hasta la puesta del sol, y Josué exterminó a Amalec y a su pueblo al filo de la espada.” (Ex. 17, 9-14).

La reflexión sobre este pasaje bíblico les determinó en esta tarea. Ellos ciertamente necesitaban un Moisés que mantuviese en alto sus manos intercesoras mientras ellos peleaban en los campos de batalla; necesitaban a alguien tan potente y fuerte ante Dios que fuese capaz de aguantar en alto, venciendo el cansancio y la fatiga, hasta la puesta del sol, el deseado desarrollo de la batalla, alguien que no se rindiese ante la pesadez del ejercicio de las armas, alguien tan fuerte y poderoso que tuviese un corazón capaz de entregarse en total olvido, para agradar a Dios y que él lo mirase complacido y accediese con gusto a sus peticiones, ruegos y oraciones…

Lo decidieron: necesitaban una comunidad de “hermanas” que quisieran cubrir esta laguna orante en su batallar diario en favor del pueblo y de su fe por amor de Dios; y puesto que guerreaban contra poderosos enemigos, a El querían dar la victoria.

En tiempos del IX Maestre D. Gonzalo Yáñez de Novoa que gobernó la Orden desde 1218 a 1239 se llevó a cabo la fundación –en 1219–, del primer monasterio de monjas Calatravas, en San Felices de Amaya (Burgos).

Un año antes en 1218, en Pinilla de Jadraque (Guadalajara), ya se había fundado de nueva planta un monasterio femenino de la Orden de Císter. La iniciativa había partido del matrimonio Fernández de Atienza, poniéndose el cenobio bajo la advocación del Santísimo Salvador. El obispo de Sigüenza receptor de los bienes, D. Rodrigo, llevó a cabo la fundación y trajo como abadesa del cenobio a Doña Urraca Fernández, del monasterio de Valfermoso de las Monjas, que hoy es benedictino. El monasterio se edificó en Sothiel de Hacham, en el término de Pinilla, que más tarde se unió a Jadraque, o Xadrache

Pronto pasó a la observancia Calatrava, antes de 1265, –según algunos documentos que se conservan en el archivo de la Comunidad,– prestando las monjas a partir de entonces obediencia a los Maestres, quienes las dotaban de nuevas constituciones así como de su espíritu e idiosincrasia propias. Entorno a la segunda mitad del Siglo XII, se puso la cruz roja de la Orden sobre sus escapularios negros y sus blancas cogullas.

La tercera y última comunidad de Calatravas estuvo situada en el corazón mismo del señorío calatravo: la ciudad de Almagro (Ciudad Real), y su convento estuvo dedicado a María, en su misterio de la Asunción, según tradición de todas las casas cistercienses. Se fundó en el año 1544, siendo su fundador el Comendador Mayor D. García de Padilla.

Ya habían cambiado no poco los aires dentro de la Orden de Calatrava. Su Maestrazgo se había incorporado perpetuamente a la Corona de España y fue bajo el reinado del Emperador Carlos V cuando se llevó a cabo esta fundación, la más noble de las tres y la que dispuso de convento más rico y mejor dotado. La ocasión fue la dotación espléndida y excesiva que este Comendador Mayor, que murió con gran fama de santidad, hizo de un hospital en Almagro. Una vez edificado y dotado convenientemente el hospital el resto del legado se destinó a esta fundación.

La Orden vigilaba la vida de estas comunidades y las mantenía bajo su jurisdicción, ante la atenta mirada de su Maestre, que era el auténtico superior del Monasterio; éste, por sí mismo o por delegación en algún Comendador, confirmaba las nuevas admisiones, daba los oportunos permisos a la Abadesa, autorizando sus gestiones –sobre todo económicas–, visitaba, él personalmente o por un delegado, el convento; presidía la elección abacial cada tres años (aunque la Abadesa siempre podía acudir en caso de no ser convenientemente atendida por el Maestre, o cuando existía desacuerdo con él, al Abad de Morimond, que era la instancia superior de ambos).

Las “Visitas” del Maestre o sus representantes, efectuadas cada 3 años eran verdaderas Visitas Regulares. Normalmente las hacía un monje clérigo y un caballero, ambos calatravos. Se realizaba un escrutinio secreto a cada monja; visitaban el interior de la clausura, presidían la elección abacial y dejaban un escrito similar a las actuales Cartas de Visita, con los puntos que debían reformarse y los detalles de observancia en que debía ponerse mayor empeño.

La parte masculina de la Orden protegió a las monjas en todas sus necesidades a través de los siglos: estando a su lado, intentando cubrir sus necesidades; ayudando a las monjas en sus gestiones financieras y administrativas. Mientras existieron los miembros masculinos religiosos sobre ellos recaían las obligaciones de regir las capellanías con todas sus necesidades, y cuando llegó el caso las protegieron de la mejor manera que pudieron.

 

Evolución

 

Esta comunidad de monjas cistercienses se fundó en el año 1218 en la localidad de Pinilla de Jadraque (Guadalajara), primer lugar de asentamiento y desarrollo.

Las ruinas que hoy quedan de su edificio han ido sufriendo a lo largo de los siglos una serie de modificaciones que no nos permiten darnos una idea exacta de lo que fue su vida allí; pero lo que nos han legado, junto con la documentación existente, nos permiten llegar a saber que llevaron una vida próspera y apacible, silenciosa y sencilla, apartada de los grandes centros urbanos, muy a propósito para un monasterio cisterciense femenino de los siglos XIII al XVI, porque a ellas también les llegó la orden real de Felipe II para abandonar el lugar y habitar otro intramuros de alguna ciudad.

Las últimas obras de reforma se habían concluido en 1551, según consta en el grabado de una piedra con la cruz primitiva de la Orden, colocada sobre la puerta de acceso al recinto.

En 1576, el Real Consejo daba permiso a las monjas para efectuar el cambio. El lugar elegido fue Almonacid, junto a la encomienda de la Orden de Zorita de los Canes, cambiando su nombre por el de la Purísima Concepción de Nuestra Señora. Allí se comenzó la edificación del nuevo convento, que en 1581, estando ya el inmueble terminado, recibía a la Comunidad.

Pronto se levantaron voces de alarma debido a la insalubridad del lugar y a la pobreza extrema en la que vivían –en sólo los primeros años de permanencia murieron 24 monjas–. Pero gracias al esfuerzo de Doña Jerónima de Velasco, su abadesa, la Comunidad logró salir de allí en 1623 trasladándose entonces a Madrid. Mientras se edificaba su monasterio residieron en la calle Atocha durante 6 años. En 1629, bajo la abadiato de Doña María de Peralta se trasladaron a la calle de Alcalá.

La oración, los trabajos manuales y el oficio divino eran las principales ocupaciones de las monjas. En 1670 se colocó la primera piedra de la iglesia. Su bello exterior renacentista se remató con una torre ochavada, colocándose en la fachada principal las imágenes de la Inmaculada sobre la puerta y la cruz de la Orden en el rosetón, flanqueada por las estatuas de San Raimundo y Diego Velázquez. Poco después –en 1721–, se recibía una importante reliquia de San Raimundo, en una arqueta-relicario de plata repujada, que fue colocada sobre el altar mayor, en un lugar preeminente. El templo, desde entonces, fue utilizado por los caballeros calatravos que residían en la corte para celebrar en ella tanto sus oficios religiosos como sus capítulos

Poco después era proclamada la 1ª República, teniendo las monjas que desalojar su convento, ordenando entonces su residencia con las Comendadoras de Santiago. Dicho traslado imposibilitaría la recepción de nuevas vocaciones, motivo éste que obligaría a salir en 1896 a las dos únicas monjas supervivientes.

Así las cosas surgió otra mujer excepcional: Doña Concepción Baró, única superviviente de las monjas salidas de la calle Alcalá. Ayudada por los Caballeros Calatravos, y más concretamente por el Marqués de Pico Velasco, D. Federico Reinoso, abandonó la Comunidad de Santiaguistas junto a Doña Francisca Bayo, estableciéndose en el antiguo Convento Dominico de Jesús María de Valverde, en el pueblo de Fuencarral, que estaba vacío desde la Desamortización. Era el 13 de agosto de 1896.

Allí la comunidad pudo rehacerse numérica y económicamente, a la sombra de otra gran figura providencial, la Madre Pilar Carrasco. La Reina Mª Cristina y la Infanta Isabel fueron las mayores y más insignes benefactoras de la comunidad en esta época, que en 1902 recibía nuevas Constituciones, trasladándose en 1912 al paseo del Pintor Rosales nº 12. Sería aquí donde se les dotó de una nueva casa, aunque las hermanas no permanecerían en ella durante mucho tiempo. Llegó la 2ª República, luego el llamado Movimiento Nacional, con todas las tragedias, muertes y revanchas. El cuartel de la Montaña, que estaba frente al Convento, fue asaltado el 20 de junio, y el 9 de agosto, éste fue incautado y las monjas, tras dos días de interrogatorios, fueron a parar a la cárcel, siendo entonces reducido su edificio a un montón de ruinas.

La guerra terminó y la Comunidad, por mandato del Patriarca D. Leopoldo Eijo y Garay, se reunió en el antiguo beaterio de las Magdalenas de la Penitencia, sito en la calle Hortaleza, nº 88, de Madrid.

Será a partir de 1965 cuando la comunidad pasará a formar parte de la Federación de Monjas Cistercienses de la Regular Observancia de San Bernardo de España.

La búsqueda de un lugar más idóneo para vivir su vida monástica les llevó a dejar el inmueble sito en la calle Hortaleza en 1977 y, durante dos años, mientras se adelanta la construcción de un nuevo monasterio en plena sierra madrileña, residen en la calle Dolores Povedano, 11, instalándose finalmente la Comunidad en el monasterio que actualmente habita en Moralzarzal, el 1 de Febrero de 1980, aunque su iglesia no se consagraría hasta el 3 de noviembre de 1989

Vida

 

La vida cotidiana de la monja cisterciense se desarrolla en un espacio concreto y determinado: el monasterio, que gira simbólicamente alrededor del claustro. Es ahí donde debe vivir, en sincera comunión fraterna con sus Hermanas, desgranando y recorriendo el tiempo determinado que es su vida personal, entregándose a su quehacer cotidiano monástico. En cierto sentido, puede decirse que la monja recibe el don gratuito de su vocación con su género de vida concreto y hace, con su profesión, una renuncia a su propia vida a favor de la humanidad, después de este momento ya nada le pertenece en exclusiva, ni “su” tiempo, ni “su” voluntad, embarcada en una aventura divina trata de ir dando la vida paso a paso, con arreglo a un programa bien determinado: la vida monástica. Su vida está jalonada por los distintos oficios litúrgicos que van marcando y dando forma al diario vivir.

La privada abarca la oración propiamente dicha, que es ayudada y preparada con la práctica de la “lectio” con su escalada tradicional de “lectura”, “meditación”, “oración” y “contemplación”, para darla vida el silencio se convierte en ayuda imprescindible que cultiva y mantiene la presencia viva del Señor, el esencialmente OTRO, presente y actuante en toda la vida.

La oración litúrgica tiene sus propias connotaciones monásticas, la monja ora para el mundo, por él, y en su lugar y sobre todo ora con, en unión de Cristo, así su tiempo de oración queda donado y trascendido, convirtiéndose en un tiempo de estrecha unión con Dios y de participación en su misterio.

La oración litúrgica gira alrededor de la Eucaristía diaria, fuente y fin de toda vida interior, resumen y actualización, en el aquí y ahora, del misterio cristiano y que en el monasterio se trata de dar la mayor solemnidad posible por medio del canto y el cuidado pormenorizado del ceremonial, día tras día al aire del año litúrgico que ayuda a la monja a revivir y asimilar el misterio de la redención.

Junto a la Eucaristía está la Liturgia de las Horas, que es la otra gran plegaria de alabanza y acción de gracias que va marcando, jalonando y dando ritmo al diario vivir y acontecer, al que va iluminando hasta dar luz y valor nuevos a la vida de la monja, ayudándola a trascender lo trivial, común y ordinario de cada jornada, durante toda la vida. Tiene dos ejes: uno abarca todo el año litúrgico, el otro más reducido, semanal e incluso diario que nos ayuda a vivir el momento presente, según la hora del día que se rece.

 

La jornada comienza a las 5 de la mañana, a las 5,30 tiene lugar la celebración de las Vigilias. Esta “Hora” tiene un fuerte carácter bien definido. Es el primer rezo oficial del día, que aún no ha llegado. Se sitúa en la “noche” con todas sus connotaciones. Quiere ser una ayuda eficaz para todos los hombres que viven fuera del recinto monástico y que pronto se prepararan para vivir una nueva jornada; los trabajadores nocturnos, los enfermos, los agonizantes, los que pasaron la noche en vela buscando falsas quimeras de espaldas a Dios, los que viven la propia noche de la fe, del olvido, los que han visto sus noches iluminadas por la luz siniestra de las bombas, los refugiados en campos infrahumanos… Son tantas y tan graves las situaciones que puede vivir el hombre actual y de todos los tiempos… La voz orante y pobre pero firme de la monja quiere acoger a todos, presentar el mundo a Dios y pedirle que siga manifestando su gloria… Como fondo de tantas necesidades, de tanto dolor humano. Vigilias es la Hora de la vela, de la vigilancia por excelencia, de la espera del retorno del Señor, tiempo de alimentar con aceite las lámparas para que se mantengan encendidas.

 

La salmodia, los himnos, las lecturas de la Palabra de Dios, y de los Santos Padres, los responsos y las oraciones se suceden, nos advierte San Benito: ” que el corazón concuerde con los labios ” la mente se va llenando de la Palabra, misión y trabajo personal de cada Hermana que tendrá que ir llenando con ella el corazón, cual si de un receptáculo se tratase. Su celebración se prolongará por un espacio de tiempo variable, según los días y fiestas que se celebren, pero nunca bajará de los ¾ de hora, y rara vez superará la hora y 45 minutos.

Hasta las 8,20 que comienzan Laudes, tras el desayuno y arreglo de celda, se tiene un tiempo personal de “lectio” oracional y personalizadora, tiempo sumamente importante para la escucha atenta de la Palabra.

 

A las 8,20 comienzan los Laudes, rezo de la aurora o del amanecer, en ella se impone el ofrecimiento de la nueva jornada. La alabanza se funde con la súplica por la misma Iglesia, y por toda la humanidad, que se supone se está enfrentando a un nuevo día con todas sus necesidades y problemas. Con esta “Hora” comienza el oficio diurno, que regularmente va sembrado de alabanzas y súplicas todo el día sobre todo en los momentos más significativos y puntuales. Con la ayuda de esta celebración se consagra al Señor el comienzo del día monástico. Como fondo está la recomendación apostólica de “orar sin interrupción”. Junto con Vísperas es llamada “Hora Mayor”. Las evocaciones bíblicas de esta oración son muy fuertes: la luz que hace comenzar el nuevo día se superpone con la luz nueva de la creación y con la que irradia Cristo Resucitado, verdadera Luz del mundo.

 

A continuación -9 de la mañana- se celebra la Eucaristía, que como la Liturgia de las Horas es cantada a diario. Es por excelencia el sacrificio de acción de gracias fuente y cumbre de donde dimana toda vida espiritual, misterio de amor donde diariamente se renueva el sacrificio redentor de Cristo el Señor. Momento de recibir el alimento que dará fuerza y forma al diario caminar. Tiempo de elevar las manos en unión de Cristo, bendiciendo a Dios…

La oración silenciosa y personal se prolonga durante media hora, concluida ésta -hacia las 10 de la mañana se tiene el canto de la hora de Tercia.

El trabajo monástico se ha presentado frecuentemente como el 2º binomio querido por San Benito para sus monjes, el famoso ” Orat et labora “. La realidad del trabajo sigue siendo hoy una fuente de ascesis personal para el monje. Es el medio normal de recabar la propia subsistencia y el socorro para todos aquellos que demandan la ayuda del monasterio para paliar sus necesidades más básicas y fundamentales. ” Somos auténticos monjes cuando vivimos de nuestro trabajo” nos recuerda la Regla de San Benito. Dada la competitividad social en la que vivimos no se puede eludir en algunos momentos, al menos, una cierta preparación de la monja para realizar profesionalmente bien su trabajo, con creatividad, responsabilidad y eficacia. Todo ello como derecho y deber, según las posibilidades de cada una, sin perder de vista que este tiempo es una ocasión privilegiada de participar en la obra divina de la creación. El trabajo a veces puede ser arduo y duro, pero siempre debe ser solidario con los demás trabajadores, redentor para con el mundo y gozosa escuela de caridad fraterna.

Además de los trabajos comunitarios y de mantenimiento del monasterio, se cuenta con un trabajo para el exterior del monasterio.

La “Hora de Sexta” se celebra a las 13,15 poniendo fin al trabajo de la mañana. Como el resto de las “Horas Menores” es una ayuda para orar durante el día interrumpiendo el trabajo.

La comida silenciosa y con lectura en voz alta de una Hermana sigue a este rezo.

A las 15,15 el rezo de “Nona” vuelve a reunir a la Comunidad en la plegaria en torno al altar, con las mismas connotaciones litúrgicas de las “Horas Menores” anteriores.

De 15,30 a 16,30 la mayor parte de los días, pero no todos, se dedica un tiempo al intercambio informal de opiniones, a la puesta al corriente de diferentes noticias, o al paseo tranquilo, cuando el tiempo lo permite. A continuación nuevamente se retoma el trabajo, cada cual el suyo según las distintas asignaciones y obligaciones. Durante la tarde se puede contar con un espacio de tiempo libre para el estudio, la “lectio” personal, hasta las 18,45 que se celebran las “Vísperas”.

“Vísperas” es la otra gran Hora Mayor, se celebra al comienzo de la caída de la tarde, es como una llamada al recogimiento oracional, al silencio que empieza a envolver a la naturaleza. Quiere recoger en estos momentos a todos los hombres y presentárselos al Padre una vez más en una gran y solemne acción de gracias por todo lo bueno que ha derramado en la jornada sobre la humanidad, sobre cada uno de sus hijos. En el Antiguo Testamento era la hora de la ofrenda del incienso, siendo para nosotras el momento oportuno de levantar las manos al Señor.

Le sigue nuevamente la oración silenciosa y personal en Comunidad, durante media hora. Concluida ésta, sobre las 19,50 tiene lugar la frugal cena, también en silencio, y tras unos minutos libres las Hermanas se reúnen a las 20,35 en la sala capitular donde la M. Abadesa u otras Hermanas exponen distintos temas.

A las 21:00 comienzan las “Completas”, es el último rezo comunitario del día, su cierre oficial que termina allí donde comenzó: a los pies del altar. Es un rezo sereno y orante, que entreabre un poco la puerta de la existencia a la eternidad… Su colofón es el canto de la Salve a la Señora, a la Madre, que si bien durante todo el día ha ido recibiendo el canto final de todos los rezos ahora tiene un solemne broche.

Este es a grandes rasgos el día laboral, paso a paso, vivido en nuestro Monasterio. Los domingos y festivos tienen un carácter celebrativo algo diferente. La Eucaristía se celebra, con la máxima solemnidad posible, a las 11 de la mañana y el tiempo dedicado al trabajo se convierte en tiempo de libre empleo: paseo, rezo personal, estudio, lectio, una especie de descanso ocupado, vivido a tope por cada una que nos hace vislumbrar un poco lo que podrá ser un día el verdadero “descanso sabático” de la eternidad.

Ubicación

 

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Autobuses:

               Empresa Francisco Larrea, S.A, Tfno. 91 857 71 49. Parada en Gigante.

               Salidas de Madrid:   desde el intercambiador de Moncloa, dársena nº 2

                                                       desde el intercambiador de Plaza de Castilla Tfno. 91 857 71 49. Parada Gigante

                                                       Empresa J. Colmenarejo, Tf. 91 845 00 51 / 91 846 17 43. Parada en Gigante.

                                                        Salen de Madrid del intercambiador de Pza. de Castilla, Andén nº 6

                                                       La estación de ferrocarril más próxima es la de Villalba, a 9 Km

 Hospedería

 

El monasterio cuenta con una hospedería de 15 habitaciones, mixta que permanece abierta durante todo el año. En ella se trata de dar acogida a aquellas personas que lo solicitan y tienen necesidad de unos días de retiro, de silencio interior o simplemente de hacer un alto en su caminar cotidiano. Es un medio de antigua y arraigada tradición monástica, de compartir con las demás personas el bello marco natural que rodea el monasterio, el silencio, incluso la oración de la comunidad, ya que la iglesia monástica permanece abierta al público durante todo el día y se puede disponer libremente de los libros necesarios para participar en la liturgia.

Su régimen de silencio y recogimiento garantizan el ambiente de soledad y respeto para todas las personas que se acercan a ella.

 

Bibliografía

 

La bibliografía que ofrecemos no pretende ser exhaustiva. Dada la estrecha conexión que durante siglos se ha dado entre la parte masculina y femenina de la Orden, a veces se hace necesario acudir a una u otra para esclarecer el conocimiento preciso de alguna época determinada. Es el caso de los capítulos masculinos de la Orden donde también se legislaba para las monjas. Esto justifica la reseña de algunas de las “Definiciones” que pueden ser utilizadas provechosamente para el conocimiento y profundización de las dos ramas de la Orden.

 

  • ·         Definiciones de Don Guillermo de Morimundo, a la orden ynclita caballería de Calatrava en tiempos del maestre don Rodrigo Téllez Girón, 1466 (R.A.H. 9/4910) .
  • Origen, Definiciones y actas capitulares de la Orden de Calatrava, Valladolid, 1568.
  • Definiciones de la Orden y caballería de Calatrava, con relación de su constitución, regla y aprobación, Madrid, 1576.
  • Definiciones de la Orden y caballería de Calatrava, Valladolid, 1600.
  • Definiciones de la Orden y caballería de Calatrava, con relación a su institución, regla y aprobación, Valladolid, 1603.
  • Definiciones de la Orden y caballería de Calatrava, conforme al capítulo general celebrado en Madrid, año de MDCLII, Madrid, 1661.
  • Regla y Establecimiento de la orden de caballería de Calatrava, Madrid, 1748.
  • Fernández Llamazares, J. Definiciones de la orden y caballería de Calatrava. Madrid, 1576.
  • Fernández Llamazares, J. Historia Compendiada de las cuatro órdenes Militares Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa, Imprenta de Alhambra y Compañía, Madrid, 1862.
  • Guillamas, M. Reseña histórica del origen y fundación de las Ordenes Militares. Madrid, 1851.
  • Rades y Andrada, F. Chronica de las tres órdenes y caballerías de Santiago, Calatrava y Alcántara.Toledo, 1572.
  • Salazar y Castro, L. Colección manuscrita de la Biblioteca de la Real Academia de la Historia.
  • Manrique, A. Anales Cistercienses. Lugduni, 1642-1659.
  • Zapater, R. Cister Militante. Zaragoza, 1662.
  • Muñiz, R. Médula Histórica Cisterciense. Vol. VI, Valladolid, 1787-91.
  • Agustí, V. Calatrava, Col. “Páginas del Cristianismo”. Bilbao, 1898.
  • Alvarez de Araujo, A. Recopilación histórica de las cuatro órdenes Militares. Madrid 1886.
  • Ceremonial de las Ordenes Militares de Calatrava, Alcántara y Montesa. Madrid, 1893.
  • AA.VV. Diccionario de Hª Eclesiástica de España, Dirigido por Aldea Vaquero, Quintín, Vol. III Ed. Enrique Florez del C.S.I.C., Madrid, 1973.
  • Peñasco,H.; Cambronero, C. Las calles de Madrid, Ed. Facsímil de Caja Madrid de 1975, del original de 1889, herederos de Carlos Cambronero Martínez.
  • Lomas, Derek W. Las Ordenes Militares en la Península Ibérica durante la Edad Media. Salamanca, 1976.
  • Javierre Mur, A. y Gutiérrez del Arroyo C. Guía de la Sección de Ordenes Militares, A.H.N., Patronato Nacional de Archivos Históricos. Madrid, 1958.
  • Anónimo. “Monjas Calatravas. Fundación de la Comunidad de Señoras Comendadoras de Calatrava (Madrid)”, Cistercium, X, 1958, 300-309.
  • Respuesta al cuestionario propuesto por el Excmo. Ayuntamiento Constitucional de esta M.H. Villa para insertar en la Guía oficial municipal lo referente a la Comunidad de Señoras Comendadoras de la Orden Militar de Calatrava de esta Corte, domiciliadas hoy en el Real Monasterio de las de Santiago, Madrid, 1896.
  • Gutton, F. La Orden de Calatrava, Comisión de Historia de la Orden del Císter, nº 4 (Commission d’Histoire de L’Ordre de Citeaux, Nº IV), Ed. El Reino, Madrid 1969 (traducción de la obra en francés, La Chevalerie Militaire en Espagne. L’Ordre de Calatrava”, Ed. P. Lethielleux, París, 1954).
  • Herrera, L. Historia de la Orden del Císter. Císter en relación con las Ordenes Militares. t. 11 vol. 11,391-418. Las Monjas de las Ordenes Militares. t. 11 vol. 11, 418-432.
  • Tormo, E. Las Iglesias de Madrid, Instituto de España, 1972.
  • Angulo Iñiguez, D. Francisco Ignacio Ruiz de la Iglesia, C.S.I.C. Instituto Velázquez, Archivo Español de Arte, Madrid, 1979.
  • Zapata Fernández, Mª T. Francisco Ignacio Ruiz de la Iglesia. U. Autónoma de Madrid, Memoria de Licenciatura, 1980-81.
  • Sánchez Vigil, J.M. Sanz Martín, Angel Fuencarral imágenes de un pueblo, Madrid, 1992.
  • Herrera Casado, A. Monasterios y conventos en la provincia de Guadalajara. Guadalajara, 1974.
  • Hidalgo, R.; Ramos, R. y Revilla, F. Madrid Barroco, La Librería, Madrid, 1992.
  • Sánchez Domingo, R. Las monjas de la Orden Militar de Calatrava. Monasterio de San Felices (Burgos) y de la Inmaculada Concepción (Moralzarzal-Madrid), Ed. La Olmeda, Burgos, 1997.

I.    Soledad que Despierta

 El Señor dijo a Abraham: “Deja tu país, a los de tu raza y a la familia de tu padre, y anda a la tierra que yo te mostraré. Camina en mi presencia y trata de ser perfecto. Yo confirmaré mi alianza entre tú y yo, y te daré una descendencia muy numerosa”. (Gn 12, 1 y 17, 1-2).

 << Levantémonos, por fin! La Escritura nos urge: “Ya es hora de despertar”.  Con los ojos abiertos a la luz que nos diviniza, con los oídos atentos, escuchemos lo que cada día nos exhorta a la voz divina: “Si hoy oís su voz, no endurezcáis vuestros corazones >>. Y ¿qué nos dice? << venid, hijos, escuchadme; os enseñaré el temor del Señor>>. <<Corre mientras tenéis la luz de la vida para que las tinieblas de la muerte no os envuelvan>>. El Señor, buscando un obrero entre la multitud, todavía insiste: “¿Quién es el hombre que quiere la vida?”>> (Regla de San Benito).

 Como muchos hombres, el monje ama la vida. Él reconoce que Jesús es esta vida, y corre con todo su corazón hacia Él. Jesús lo llama al desierto o a la soledad; es decir, a la tierra que es desconocida para él y poco frecuentada por otros hombres. Su viaje al desierto es una respuesta positiva a la llamada de Dios, llamada inexplicable, que solo puede ser verificada en la fe y la sabiduría espiritual de la Iglesia.

 El monje deja la sociedad para vivir en fidelidad a la alianza misteriosa y personal entre él y Dios, alianza pactada con la sangre de Cristo, asumida en el bautismo y confirmada por su propia vocación y por sus votos. En la soledad, el monje se despierta a la verdad, porque en alguna medida ha experimentado que el caos de codicia, violencia, ambicion y lujuria que el Nuevo testamento llama <<el mundo>> (1Jn 2, 16), es el reino de la mentira. Es un lugar de confusión y de falsedad donde el espíritu está esclavizado y donde no se puede aprender con facilidad los caminos de Dios. El corazón del monje no escapa de esta esclavitud. En la soledad y el silencio, todo su desorden interior sube a la superficie, desaparecen los falsos amores, crece la libertad espiritual y , poco a poco, se restablece la armonía de corazón, con sus exigencias y condiciones necesarias.

 Jesús en el desierto bendijo y consagro esta vida de soledad y silencia. Por eso, para la persona que ha abrazado tal vida, ella no constituye una ruptura de comunión con el mundo, sino que, por el contrario, se vuelve a una forma especial de presencia entre los hombres. En efecto, los sacrificios del desierto lo son en una nueva relación con el universo entero, gracias a la nueva interioridad que despierta en él, por la que encuentra que Cristo habita realmente en su corazón por la fe, más allá de sus sentimientos y sus gustos.

 No todos los que experimentan el deseo ardiente de vivir con Jesús en el desierto o de <<escuchar lo que el Espíritu dice a las Iglesias>> son, por ese mismo hecho, llamados a la vida monástica. Por el contrario, su salida del mundo no sería una experiencia de apertura y enriquecimiento. Para ello están las muchas formas de vida religiosa que incorporan elementos de soledad dentro de un marco de estrecho contacto con la sociedad.

 No obstante, queda en pie el hecho de que existen hombres realmente llamados a abandonar sus hogares, apartarse de las ciudades humanas, dejar las formas más activas de evangelización, para vivir aparte, consagrados a la meditación silenciosa y a la oración litúrgica, al trabajo manual, la soledad, la disciplina corporal, mental y espiritual.

 Más aún, la seriedad total de la vocación monástica podría perderse, si nos olvidáramos de la urgencia que frecuentemente impulsa al monje a salir de la sociedad. Sucede a menudo que los mismos monjes vacilan al hablar sobre este aspecto de su vocación. No quieren como hostiles al mundo, porque piensan que es necesario reconocer la bondad que hay en él y pasar por alto lo malo. En esto tienen una cierta razón. Es un problema delicado. El monje lo puede solucionar únicamente si valora al mundo a la luz de Cristo y no a la luz de la evaluación que el mundo tiene de sí mismo, la cual es completamente engañosa.

 En esta encrucijada de valores, en la que todo hombre de buena voluntad se encuentra tarde o temprano, el monje juzga a la sociedad actual mediante una opción a la vez revolucionaria y pacífica, que las presentes páginas tratan de describir. La palabra tradicional para indicar esta opción en profundidad es “conversión”, una conversión total, un cambio de estructuras vivenciales, mentales y hasta afectivas, para que el Espíritu de Cristo reine en el corazón humano y en todo el pueblo de Dios.

 El monje siente la  necesidad de salir de la sociedad envuelta por las tinieblas de la muerte, no para descansar, sino para realizar esta conversión o, mejor dicho, para permitir que el Espiritu, que renueva día tras día a su Iglesia, la realice en él.

En consecuencia, aunque el monje debe ser aquel cuyos ojos estén completamente abiertos al misterio del mal, también debe estar más dispuesto aún a contemplar la bondad de Dios en la muerte y resurrección de Jesús.

 Esto implica, a su vez, un conocimiento profundo del bien que existe en el mundo, el cual es creación de Dios, y en los corazones de los hombres, todos los cuales están hechos a imagen de Dios, redimimos por Jesús y llamados por él a la luz de la verdad y a la unión con él en el amor. El monje no pide que Dios tolere simplemente el mal o lo pase por alto, sino que enfrenta el valor de la vida resucitada de Cristo con la iniquidad del mundo. Esta es la perspectiva de la esperanza cristiana, que cree que el mal, por grande que sea, es vencido por la verdad y la bondad, las cuales pueden parecer de poca fuerza, pero en realidad no están sujetas a limitaciones cuantitativas.

 Pero, hay que pagar un precio. Si el monje debe ser, como Abraham, un hombre de fe, no se le permite simplemente establecerse en un nuevo dominio y desarrollar una nueva clase de sociedad para sí mismo, y allí asentarse para una existencia plácida y autocomplaciente. Paz y orden y virtud deben caracterizar siempre la vida de la familia monástica. Pero también hay sacrificio. Así como Dios exigió de Abraham una docilidad que prefiguró la obediencia de Cristo hasta la muerte (Fil 2,8), se le exige también al monje que corone su renunciamiento al mundo por una renuncia mucho más difícil: la del propio yo. Esta autorrenuncia se efectúa en primer lugar por la vida de los votos monásticos, especialmente por la obediencia; pero el sacrificio del yo se consume sobre todo en el secreto fuego de la tribulación interior. Ésta es la prueba real del monje que algún día le será requerida y lo despertará verdaderamente. Pero nadie puede predecir exactamente cuándo el fuego será encendido por el Señor. Puede ser que la prueba comience en toda su intensidad solamente al llevar el monje muchos años en el monasterio. No siempre el sacrificio es comprendido por el mismo monje, ni por aquellos que viven con él. Su sentido está escondido por el mismo monje, ni por aquellos que viven con él. Su sentido está escondido en el corazón de Cristo. Lo que importa es estar dispuesto a ofrecer todo, aun lo más querido, si Dios lo pide.

 

Sólo así se pueden apreciar las palabras de Juan XXIII acerca de la vida contemplativa en el Cister: “La  Iglesia, al paso que aprecia bastante el apostolado externo, tan necesario en nuestros tiempos, sin embargo, atribuye la más grande importancia a la vida dedicada a la contemplación, y precisamente en esta época demasiado empeñada en acentuado activismo. Pues el verdadero apostolado consiste en la participación en la obra de salvación de  Cristo, cosa que no puede realizarse sin un intenso espíritu de oración y sacrificio. El Salvador liberó al mundo, al esclavo del pecado, especialmente con su oración al Padre y sacrificándose a sí mismo; por esto el que se esfuerza por revivir este aspecto íntimo de la misión de Cristo, aunque no se dedique a ninguna acción externa, también ejercita el apostolado de una manera excelente”.

 << Dar lugar >> al reinado de Cristo es el significado verdadero de toda renuncia monástica. Pero aunque a veces se la pinta en términos dramáticos, por regla general no tiene nada de dramático. De hecho, aquellos cuya sensibilidad insiste en hacer una tragedia de todo lo que les ocurre, no pueden durar mucho en el monasterio. En la vida monástica se puede hallar una paz y un desapego que no son experimentados ni dichosos, ni como amargos. Son tranquilos, pacientes y en cierto sentido indiferentes. Porque la paz real de la renuncia monástica es a un mismo tiempo normal y más allá del alcance del sentimiento. Es algo que no se puede conocer antes que uno abandone cualquier intento de pesarlo o medirlo. Llega a ser evidente únicamente en la medida en que uno olvida sus propios deseos y no busca agradarse a sí mismo, sino al Señor. Entonces se descubre que Jesús es el secreto de la sociedad.

 

 

 


Vida Contemplativa Cisterciense (Parte 1)

Introducción: Un Hecho y su Secreto

 

Salí del Padre y vine al mundo.

Ahora dejo el mundo y voy al Padre.

(Jn 16,28)

Se llega al monasterio por distintos motivos. Puede ser debido al comentario de un amigo, o por que se leyó alguna vez sobre la vida de los monjes, o porque uno busca realmente una vida más plena.

La primera impresión es de paz. ¿De dónde les viene a los monjes esta paz? ¿Cuál es el secreto de esta vida? Y ¿Cómo explicarla, cuando parece ser algo del pasado y tan extraño a la sociedad actual?.

Francamente, los argumentos que se suelen aducir para responder a tales preguntas son muchas veces insatisfactorios y engañosos, debido a que se los fundamenta en razones de utilidad. Por el contrario, lo que interesa destacar acerca del Cister es su diferencia con respecto al mundo. El contrasentido aparente del monasterio a los ojos del mundo es lo que le confiere su verdadera razón de ser. En un mundo de ruido, confusión y conflicto, es necesario que haya lugares como  estos de silencio, disciplina interior y paz; no la paz de la comodidad, sino de la caridad interior y del amor basado en el seguimiento total de Cristo. En realidad, el monje no pregunta tanto el porqué de su vida. Lo intuye de una manera simple y directa en la persona de Cristo. No espera “librarse de problemas”, pues sabe por experiencia que la misma fe cristiana implica una cierta angustia y es una manera de confrontar e integrar el sufrimiento interior, no una fórmula mágica para hacer desaparecer todos los problemas. Tampoco es por aventuras espirituales extraordinarias o heroicas por lo que el monje cisterciense da sentido a su vida, sino que, a fin de cuentas, el monasterio enseña al hombre a comprender su propia medida y aceptarse como Dios lo ha hecho. En una palabra, le enseña la verdad sobre sí mismo, lo que suele llamarse la “humildad”.

Es cierto que el monje reza por el mundo; pero este modo de justificar el sentido de su vida sugiere una especie de bullicio espiritual que es muy ajeno al espíritu monástico. El monje no ofrece al Señor muchas oraciones y luego mira hacia el mundo y cuenta las conversiones que debieran resultar. La vida monástica no es “cuantitativa”. Lo que importa no es el número de oraciones, ni la multitud de prácticas ascéticas, ni el ascenso a varios “grados de santidad”. Lo que cuenta es no contar y no ser tenido en consideración, desaparecer para dar lugar al amor de Cristo.

“El amor – dice San Bernardo- no busca justificación fuera de sí mismo. El amor es suficiente en sí mismo, es agradable en sí mismo y para sí mismo. Es amor es su propio mérito, su propia recompensa, no busca una causa fuera de sí ni otro resultado que el amor mismo. El fruto del amor es el amor”. Y agrega que la razón de este carácter autosuficiente del amor es que viene de Dios como su origen y vuelve a Él como si fin, porque Dios mismo es Amor.

Por consiguiente, la existencia aparentemente gratuita del cisterciense está centrada en el sentido más hondo del mundo y en el valor más trascendental: amar la verdad por sí misma; abandonar todo para escucharla en su fuente, la palabra de Dios; dejar que esta palabra repercuta en las diversas dimensiones de la vida humana, para que todo el ser del hombre sea asumido en Jesús, la palabra hecha carne, y por Él conducido al Padre. El monje sirve a sus hermanos precisamente en cuento sale del mundo con Cristo y va al Padre.

Las presentes páginas están escritas a modo de meditación sobre lo que se puede llamar con franqueza “el secreto de la vida monástica”. Es decir, tratan de penetrar el significado interior de algo que está esencialmente oculto, una realidad espiritual que elude una explicación clara.

Enfrentarse con el secreto de la vocación monástica y asirse a la misma es una experiencia profunda. Es un don; un don no otorgado a muchos, pero que tiene una historia a la vez antigua y moderna. Desde los primeros años del cristianismo, en efecto, siempre ha habido discípulos de Jesucristo que se reunían en grupos, más o menos apartados de los pueblos y ciudades, para escuchar mejor la Palabra de Dios y vivirla más plenamente. En el siglo VI, san Benito redactó una regla para tales comunidades, que los monjes han tomado como interpretación práctica del Evangelio.

En estos primeros años del siglo XXI, lejos de ser una cosa del pasado, la vida monacal sigue siendo un hecho religioso ineludible. Ciertos hombres se encuentran inexplicablemente atraídos a ella y el árbol monástico está lleno de vida joven, desarrollándose en nuevas formas. Sin embargo el que entra, aunque abandone la sociedad para vivir una vida diferente de la del hombre común de nuestro tiempo, lleva inevitablemente al monasterio las complicaciones, los problemas y las debilidades del hombre contemporáneo, junto con sus cualidades y aspiraciones. Ninguna comunidad monástica puede evitar estar afectada por tal hecho.

Cada monasterio tiene un carácter muy propio. La “personalidad” de cada comunidad es una manifestación especial del Misterio de Cristo y del espíritu de la Orden monástica. Esta es la razón por la cual los monjes se consideran ante todo miembros de una comunidad particular aun antes que miembros de una Orden.

Así el monje cisterciense será siempre un hermano del monasterio donde hizo su promesa solemne de estabilidad, y puede ser que no vea en toda su vida otro monasterio de la Orden. Al entrar alguien en la vida cisterciense, su propósito es vivir y morir en ese único lugar elegido, en esa comunidad única, con sus gracias, ventajas, problemas y limitaciones especiales. Si llega a ser un perfecto discípulo de Cristo – es decir, un santo-, su santidad será la de aquel que ha encontrado a Cristo en una comunidad particular y en un momento particular de la historia. Estas páginas son un testimonio, a veces confuso e imperfecto, de la realidad de tal experiencia. Basándonos en algunos textos bíblicos y de los Padres del monacato cristiano, reflexionaremos juntos sobre lo más fundamental de una comunidad cisterciense.  

 


 

Síntesis de la doctrina espiritual de San Bernardo de Claraval (parte 15 – Final)

  Sea ya éste el final del libro, más no el de la búsqueda

 Comenzábamos esta síntesis de la doctrina espiritual de san Bernardo aludiendo a los tres últimos sermones de su comentario al Cantar de los cantares, que están dedicados a la búsqueda del Verbo por parte del alma. Después de la experiencia de unión, parecería que ya no habría más que hacer, pero no es así. Tras la experiencia continúa la búsqueda, porque ésta nunca termina. Se busca a Dios en el ímpetu del deseo, en una ascensión interminable: “El amor es causa de la búsqueda, y la búsqueda es fruto del amor” (Scant 84,I, 5).  Bernardo asume, pues, la doctrina de la epéktasis, de la perpetua superación, tal como la expuso san Gregorio de Nisa, que dice:

Encontrar a Dios es buscarlo sin cesar. En efecto, en esta vida no es una cosa buscar y otra encontrar. El premio de la búsqueda es seguir buscando. El deseo del alma queda colmado sencillamente por quedar insaciado, ya que ver a Dios no es otra cosa, propiamente, que no estar nunca saciado de desearlo.

 Cuando el alma, en tanto que le es posible, ha entrado a participar de los bienes de la Palabra, ésta le atrae nuevamente a la participación de su Belleza trascendental a través de la renuncia, como si todavía no tuviera parte alguna en esos bienes. Así, a causa de la trascendencia de los bienes que sigue descubriendo a medida que progresa, le parece siempre estar sólo al comienzo de la subida. Por eso la Palabra dice: “¡levántate!”, a la que ya está levantada; y: “¡ven!”, a la que ya ha venido. El que realmente se levanta, tendrá que estar siempre levantándose; al que corre hacia el Señor, no le faltará jamás un vasto campo. Así sube el que nunca se detiene, yendo siempre de comienzo en comienzo, a través de unos comienzos que nunca tienen fin.

             Por su parte, escribe Bernardo:

 Yo creo que ni aun cuando lo encontremos dejaremos de buscarlo. No se busca a Dios moviéndonos, sino deseándolo. Y el feliz encuentro no extingue los santos deseos, sino que los prolonga. ¿Acaso la plenitud del gozo adormece la añoranza? Es poner más aceite en la llama. Así es. Desbordará de alegría, pero no se agota el deseo ni la búsqueda. Imagina, si puedes, esta diligente búsqueda sin indigencia, ese deseo sin ansiedad (Scant 84, I,1).

             Esta doctrina toma como base las palabras de san Pablo a los Filipenses: olvidando lo que queda atrás, me lanzo a lo que está por delante ((Fil 3,13). En este estar siempre lanzado hacia lo que está por delante consiste la epéktasis:

 Caminemos, caminemos mientras tenemos luz, antes que nos sorprendan las tinieblas. Caminar es progresar. Caminaba el apóstol cuando decía: yo no creo haber llegado. Y añade: sólo una cosa me interesa: olvidando lo que queda atrás, me lanzo a lo que está por delante (SCant 49,7).

             De aquí procede el dicho: “no avanzar es retroceder”, tan clásico en la espiritualidad cristiana y que san Bernardo repite en más de una ocasión:

 Si se encuentra alguno remiso en avanzar de virtud en virtud, sepa ese tal… que permanece estacionado e incluso que retrocede. Porque en el camino de la vida, no avanzar es retroceder, ya quenada de cuanto existe permanece inmóvil. Nuestro progreso consiste… en no imaginarnos nunca que hemos logrado la meta. Nos lanzamos a lo que está delante, tratando de superarnos sin cesar, y exponemos de continuo nuestra imperfección a la mirada de la misericordia divina (Pur 3,3; Carta 91).

             En una carta a un monje que se había pasado a un monasterio más austero, le escribe:

 Veo realizadas en ti, hermano, aquellas palabras: cuando el hombre termina, está empezando (Ecclo 18,6, seg. ant. ver.)… Porque nadie es perfecto si no desea una perfección mayor, y el que tiende a una perfección mayor, más perfecto se muestra (Carta 34,1).

            Y al abad Guarino, del monasterio de los Alpes, le escribe en el mismo sentido:

No querer avanzar equivale a retroceder… Monje, ¿no quieres progresar? No. ¿Quieres entonces retroceder? Tampoco. ¿En qué quedamos? Quiero vivir tal como soy, dices, y permanecer en lo adquirido. No soporto ser peor, ni deseo ser mejor. Pues pretendes lo imposible… Si progresar significa correr, en cuanto dejas de avanzar has dejado de correr. Y si dejas de correr, comienzas a retroceder (Carta 254,5).

            Dada la distancia infinita entre la criatura y el Creador, ninguna experiencia de él lo agota. La posesión del bien infinito no lleva a la saciedad y al hastío, como ocurre con los bienes materiales, que nos hastiamos cuando nos llenamos de ellos, porque ofrecen una plenitud estática que no da más de sí una vez lograda. Dios es al mismo tiempo plenitud y continua novedad para alma, cuyo deseo siempre está colmado, mas nunca hartado. La Sabiduría ofrece un banquete que llena sin hastiar y sacia el deseo sin apagarlo, porque Dios nunca se queda chico ni insuficiente para él, sino que lo aviva más cuanto más le sacia. En esta vida el deseo indica carencia, inquietud que busca su descanso. En la otra, el deseo expresa un descanso activo, una plenitud que no se harta del bien amado. Así es el cuarto grado del amor, en su plenitud escatológica, desde la perspectiva de la epéktasis:

Comed, amigos míos y bebed; embriagaos, carísimos (Cant 5,1)… Con razón llama carísimos a los ebrios de caridad, y ebrios a los que merecen ser introducidos en las bodas del Cordero, para que coman y beban en la mesa de su Reino… Es saciedad sin hastío, curiosidad insaciable sin inquietud, deseo eterno que nunca se calma ni conoce limitación, sobria embriaguez que no se anega en vino ni destila alcohol, sino que arde en Dios. Ahora es cuando posee para siempre el cuarto grado del amor, en el que se ama solamente a Dios de modo sumo. Ya no nos amamos a nosotros mismos, sino por él, y él será el premio de los que le aman, el premio eterno de los que le aman eternamente (AmD XI, 33).

            Buscar a verdaderamente a Dios, dice san Benito, es el principio y el fin de la vida monástica. También de la vida cristiana sin más. Y en esta búsqueda se enmarca, como hemos visto, la doctrina espiritual de san Bernardo. En este sentido hay que entender también el hecho de que el sermón 86, el último de su comentario al Cantar de los Cantares, aparezca bruscamente inacabado. Esto se ha interpretado tradicionalmente como si la muerte hubiera sorprendido al autor en plena redacción y no le hubiera dejado concluirlo. Hoy se piensa más bien que se trata de un artificio literario: Bernardo ha querido dejar el final abierto, para significar que la búsqueda de la esposa no concluye en esta vida, como pudiera dar a entender un comentario concluido y cerrado.

            Después de hablar del matrimonio espiritual, que genera hijos para la fe, este sermón va dirigido a esos hijos, a los jóvenes que están comenzando su búsqueda del Verbo mediante la oración, que es el tema de que trata. Su oración será escuchada, les dice, el Verbo vendrá a ellos y pasarán de la noche a la luz. La verdadera búsqueda del Verbo se vive a través de una oración humilde y honesta. Y así les deja, con estas palabras de la Escritura: caminad como hijos de la luz. Con esta exhortación termina, no sólo el sermón, sino todo el comentario, que así queda, con un final abierto a una búsqueda sin fin, a una epéktasis, a una perpetua superación.

            Algo así querría también expresar la conclusión de su tratado Sobre la consideración, cuando dice al papa Eugenio: “Sea ya éste el final del libro, mas no el de la búsqueda” (Cons V, XIV, 32). 


Síntesis de la doctrina espiritual de San Bernardo de Claraval (Parte 14)

Fecundidad de la esposa: la acción contemplativa

Después de hablar de la imagen de Dios en el hombre y del retorno del alma a su condición e identidad original en la unidad de espíritu con Dios -SCant 80-83-, ocurre que el alma divinizada se vuelve fecunda en hijos, lo mismo a nivel de Iglesia que a nivel personal: la Esposa se transforma en Madre que engendra hijos para la fe mediante las obras de apostolado, la caridad fraterna o la maternidad-paternidad espiritual. Sólo desde la experiencia el apostolado es fecundo y la acción produce fruto espiritual.

 Al preguntarse en el sermón 85 sobre el Cantar de los Cantares por las razones que tiene el alma para buscar al Verbo, Bernardo enumera siete etapas hasta el matrimonio espiritual, que a semejanza del matrimonio interhumano, tiene dos dimensiones que son como un doble parto:

En el matrimonio espiritual se dan dos formas de parto, y por eso hay diversos linajes, aunque no contrarios. Porque las madres santas dan a luz almas por medio de la predicación e inteligencias espirituales por medio de la meditación. En este segundo caso a veces el alma es elevada (exceditur) y alejada de los sentidos corporales, de modo que no percibe nada de sí misma la que siente al Verbo. Esto sucede cuando la mente se sumerge en la dulzura inefable del Verbo y en cierto modo sale de sí misma o se siente arrebatada y liberada de sí para gozar del Verbo. De muy distinta manera es afectada el alma cuando fructifica para el Verbo. En el primer caso, urge la necesidad del prójimo; en el segundo invita la dulzura del Verbo (SCant 85,13).

            Comparando la alegría de la madre con la de la esposa -siendo ambas la misma- dice que es mayor esta última, aunque dura poco y se experimenta rara vez. Pues no sólo el alma busca al Verbo, sino que el Verbo mismo es el que busca al alma para transformarla en sí y gozarse en ella. La mente unida al Verbo genera en la Iglesia el verdadero trabajo apostólico, en las comunidades el servicio fraterno, y en las almas la alegría interior. Todo nace de la misma fuente.

En el fondo, lo que se da, o se debiera dar, es una alternancia equilibrada entre vida interior y acción, interioridad y servicio fraterno. La primera sin la segunda cae en el intimismo; la segunda sin la primera en el activismo neurótico, y ambas quedan estériles, porque el alma no es ni esposa ni madre. Marta y María has de estar bien equilibradas tanto en la iglesia, como en el alma y en la comunidad:

 El alma habituada a la quietud sólo se consuela con las buenas obras arraigadas en una fe no fingida… Siempre que cae de la contemplación se refugia en la acción, pero vuelve de nuevo confiadamente a ella porque ambas son compañeras y habitan juntas; al fin y al cabo Marta es hermana de María. Aunque cae desde la luz… se mantiene a la luz de las buenas obras. No olvides que las obras son también luz, según aquel texto que dice: alumbre vuestra luz a los hombres (Scant 51,I).

 El secreto de la vida benedictina es la perfecta conformidad entre el ora y el labora, y los cistercienses percibieron esto muy bien cuando introdujeron el trabajo manual en su reforma, que el monacato de entonces había abandonado. La vida benedictina es a un tiempo contemplativa y activa, ora et labora conjuntamente, oración al ritmo mismo de la acción, acción fecundada por la oración y la experiencia del Verbo, de la Palabra escuchada, leída, meditada y contemplada. Un difícil equilibrio, que sólo se alcanza cuando ambas dimensiones broten de la misma fuente, que es la unión con el Verbo. ¿No es esto que dice Bernardo nuestra experiencia cotidiana?

 Dichosa la casa y bendita la comunidad en la que Marta se queja de María. Y al contrario, sería una cosa muy rastrera y completamente injusta que María tuviera celos de Marta. Jamás leerás que María se queja de que Marta la deje sola en la contemplación” (Asunc 3,2).

 Por un lado, la alternancia entre las ocupaciones materiales y espirituales tiene una función psicológica, ya que el hombre es cambiante y no puede estar mucho tiempo dedicado a una misma cosa. Enseguida se cansa y le viene la desgana y el hastío. Pero también viene dada por la necesidad del servicio fraterno:

 Reconozco que no me entristezco por haber interrumpido mi entrega a la grata contemplación, al verme rodeado de las flores y los frutos de la compasión… Soporto con paciencia que me arranquen de los brazos de la infecunda Raquel cuando me desbordan los frutos de vuestro aprovechamiento… El amor, que no busca lo suyo, me  ha hecho ver con claridad que no debo anteponer a vuestro bien ninguna afición personal. Orar, leer, escribir, meditar y cualquier otra riqueza del esfuerzo espiritual, la considero como pérdida por vosotros (SCant 51, II,3).

 Para poder dar a otros, hay que recibir de Dios lo que de parte de Dios uno va a dar a los demás, pues nadie da lo que no tiene. Y esto sabemos que con frecuencia no se produce. La contemplación es necesaria para la acción, como lo expresa Bernardo en el sermón 18 de su comentario al Cantar:

 Pero hay que guardarse mucho de dar lo que hemos recibido para nosotros, o de reservarnos lo que se nos ha dado para distribuirlo. Te guardarías para ti lo que es del prójimo si, lleno de virtudes y dones de sabiduría y de palabra, por timidez quizá o desidia, o por una humildad sin discernimiento, con un silencio estéril y censurable, encadenases la palabra de edificación; serías maldito por acaparar el pan del pueblo. Y a la inversa: desperdigarías y echarías a perder lo tuyo, si antes de colmarte tú plenamente, lleno a medias, te apresuras a derramarte… Porque te privas de la vida y salvación que das a otro, si vacío de buena intención, te hinchas con el soplo de la vanagloria o te envenenas con la ponzoña del egoísmo terreno, para destrozarte en el tumor letal.

 Si eres sensato, preferirás ser concha y no canal; éste, según recibe el agua la deja correr. La concha no: espera a llenarse y, sin menoscabo propio, rebosa lo que le sobra, consciente de que caerá la maldición sobre el que malgaste lo que le ha correspondido… Hoy nos sobran canales en la Iglesia y tenemos poquísimas conchas. Parece ser tan grande la caridad de quienes vierten sobre nosotros las aguas del cielo, que prefieren derramarlas sin embeberse de ellas, dispuestos más a hablar que a escuchar, y a enseñar lo que no aprendieron. Se desviven por regir a los demás y no saben regirse a sí mismos (SCant 18, I, 2-3).

 Al hablar del orden de la caridad, en el sermón 50 de su comentario al cantar, Bernardo distingue una caridad activa y otra contemplativa. La primera está orientada a las buenas obras y al servicio al prójimo, guiada por la razón y los mandamientos de la ley de Dios. Está hecha para merecer. La segunda es el premio de la primera. Esta es superior, pero sólo verá realizada en la otra vida, dado que en ésta urge por todas partes la necesidad:

 Sin duda, una conciencia que ama rectamente antepone el amor de Dios al amor del hombre… Sin embargo, en una acción bien ordenada, encontramos el orden inverso. Porque nos urge más y nos absorbe casi siempre nuestra asistencia al prójimo; cuidamos mayor diligencia a los hermanos menos dotados; trabajamos más por la paz de la tierra que por la gloria del cielo… Y los afanes de los asuntos temporales apenas nos permiten entregarnos a los eternos. Casi continuamente atendemos más a las miserias de nuestro cuerpo, posponiendo la preocupación por nuestra alma…

¿Quién duda que el hombre habla con Dios en la oración? Pero ¡Cuántas veces, por exigencia de la caridad, nos arrancan y nos separan de él los que necesitan nuestra presencia y nuestra palabra! ¡Cuántas veces la paz santa tiene que ceder por piedad al tumulto de las preocupaciones! ¡Cuántas veces se dejan tranquilamente los libros para sudar en el trabajo manual! ¡Cuántas veces interrumpimos justísimamente la misma celebración solemne de la misa, para atender a los asuntos terrenos! Se invierte el orden, pero la necesidad no sabe de leyes (Scant 52, II,5).

 Este texto muestra veladamente que no siempre distinguimos bien entre la caridad activa, orientada a la verdadera necesidad, para la cual no hay ley, y el activismo y la preocupación neurótica por uno mismo.

 Sólo la caridad hace auténtica nuestra actividad y nuestra oración. Si ella, ninguna de las dos es real y son ilusorias, pura fachada. La caridad, como hemos visto, es de origen eterno porque es ley divina que se participa en affecus del alma bien ordenada, por el amor racional primero y el amor espiritual después. La caridad es, pues, la eternidad que se introduce en el tiempo para santificarlo y elevarlo a Dios. La acción es propia de este tiempo, y por tanto ha de estar fecundada por esa caridad eterna, esa misericordia y esa compasión que en Cristo ha venido a nosotros y se encarnado en nuestra historia. Si nuestras obras se unen a la gracia de la caridad eterna, serán resplandor de la eternidad en el tiempo y tendrán un papel en la reforma de nuestra vida personal y comunitaria. Por eso, el ora et labora benedictino serían los que ordenarían realmente en nosotros la caridad, nos irían simplificando y centrando en lo único necesario. Esta contemplación dará a la acción su unidad y simplicidad, a semejanza del Dios Uno y Simple:

 Marta, andas inquieta y nerviosa en muchas cosas. Sí, te afanas en mil quehaceres: los de tu propia continencia –en el sentido de dominio propio- y las necesidades ajenas. Para proteger la continencia practicas las vigilias, ayunas y castigas tu cuerpo (cf 1Cor 9,27). Y para ayudar a los otros trabajas sin descanso, con el fin de tener algo para el necesitado (cf Ef 4,8). Te afanas en mil cosas, cuando sólo una es necesaria. Si no estás unificada al hacer todo eso, no agradarás a Dios que es Uno (Asunc 5,9).

 

Y a María le dice:

Dedíquese María a contemplar y ver qué suave es el Señor. Procure sentarse con la conciencia fervorosa y el ánimo tranquilo a los pies de Jesús… Dichosa tú que percibes el murmullo divino en el silencio… Permanece en simplicidad, evitando por un lado el engaño y la falsedad, y por otro la multiplicidad de ocupaciones. Y escucharás las palabras de aquel cuya voz es dulce y cuyo rostro embelesa (Asunc 3,7).

 En la fiesta de la Asunción se leía entonces el evangelio de Marta y María. Ambas mujeres, acción y contemplación, has de darse en la misma alma, del mismo modo que estaban juntas en su casa, para recibir a Jesús. Además de las obras de caridad, Marta representa la vida ascética, cuya función es ordenar la casa de la conciencia, que prepara la contemplación: “A Marta le pertenece tener la casa ordenada. María, en cambio, la llena” (Asunc 2,7). Diríamos que María ha debido pasar antes por Marta, haberla integrado en sí, pues nadie puede ser buen orante si no ha ordenado antes en sí la caridad. Para hospedar al Señor, has que tener la casa bien ordenada y amueblada, el corazón limpio y puro.

 Y finalmente, María, la hermana de Marta, es un símbolo de María, Madre de Cristo, que acoge en su seno y da a luz la Palabra. La Virgen María es la síntesis de las dos hermanas, la verdadera hospedera del Señor en una casa al mismo tiempo bien ordenada y llena, a diferencia de las vírgenes necias, a las que se les terminó el aceite: En esta única y excelsa María encontramos la actividad de Marta y el ocio nada ocioso de María (Asunc 2,9).

 Es evidente que hoy día vivimos en una cultura de la acción, y no precisamente ordenada a la interioridad y la contemplación. Hemos caído de la imagen divina a la deformidad, de la contemplación, no ya a la acción, sino al activismo neurótico, al intelectualismo y a los mis escapes de una conciencia enajenada que no quiere ni a tiros volver a entrar en sí misma, a escuchar la voz de la conciencia, a conocernos a nosotros mismos, y a ser Martas diligentes que hoy ordenan la casa de la conciencia para mañana ser Marías que contemplan la Verdad en sí misma en el éxtasis de la conciencia y la unidad de espíritu con él.


 

Síntesis de la doctrina espiritual de San Bernardo de Claraval (Parte 13)

La experiencia personal de Bernardo

Hemos visto de modo genérico el movimiento evolutivo de la vida del amor, desde que emerge humildemente de la tierra bajo la forma de amor carnal  -pues nacemos del amor carnal- hasta su divinización en el Espíritu Santo. Ahora bien, en todo este ascenso, ¿dónde pone más el acento san Bernardo? Pues él mismo atestigua haber tenido cierta experiencia: “Aquello pude experimentarlo” (SCant 85,14).

 Ahora bien, en el único caso en que Bernardo nos habla de un éxtasis, de una experiencia de la presencia del Verbo en sí, no nos cuenta cosas extraordinarias, sino que pone la verificación del paso de Dios por nuestra vida, en un cambio real de costumbres, en el aspecto ético, en la integridad moral. Es como si dijera: si mi experiencia de Dios no me cambia, no corrige mis vicios ni hace madurar como persona, no es real. El texto es el siguiente:

 Os confieso que el Verbo ha llegado también hasta mí… y muchas veces. Y a pesar de esta presencia, no lo sentí cuando entró: sentí su presencia, recuerdo su ausencia; a veces incluso pude presentir su entrada, pero nunca sentirla, y tampoco su salida. De dónde venía a mi alma o adónde se fue cuando la dejó de nuevo, confieso que lo ignoro incluso ahora mismo, según lo escrito: no sabes de dónde viene ni adónde va. Y no es extraño, porque lo dice él mismo: Y no deja rastro de sus huellas.

 Está claro que no lo percibe la vista, pues carece de color; ni los oídos, porque no es un sonido; ni el olfato, porque no se transmite al aire, sino al espíritu; ni afecta la atmósfera, porque la creó; ni al paladar porque no se mastica ni se traga; ni lo descubrí al tacto, porque no se puede palpar. Pues, ¿Por dónde entró? ¿No será más exacto decir que ni siquiera entró? ¿Que no vino de fuera? Porque no es algo que esté fuera de nosotros. Pero tampoco me vino de dentro, porque él es bueno y yo sé que en mí no hay bondad alguna. Subí también por encima de mí mismo y allí estaba el Verbo en la cumbre. Bajé a mis propias profundidades como en curioso sondeo y allí lo encontré. miré fuera de mí y descubrí que estaba más allá de cuanto me rodea; miré dentro y él estaba aún más adentro. Entonces comprendí la verdad de lo que había leído: en él vivimos, nos movemos y existimos

 ¿Me preguntas entonces cómo conozco su presencia si sus caminos son totalmente irrastreables? Es vivo y enérgico, y en cuanto llegó adentro despertó mi alma dormida; movió, ablandó e hirió mi corazón que era duro, de piedra y malsano. También comenzó a arrancar y destruir, a edificar y plantar; a regar lo árido, iluminar lo oscuro, abrir lo cerrado, incendiar lo frío. Además se dispuso a enderezar lo torcido, a igualar lo escabroso para que mi espíritu bendijese al Señor y todo mi ser a su santo nombre. Así entró el Verbo esposo varias veces y nunca me dio a conocer las huellas de su entrada: ni en su voz, ni en su figura, ni en sus pasos.

No se me dejó ver ni en sus movimientos, ni penetró por ninguno de mis sentidos más profundos: como os he dicho, sólo conocí su presencia por el movimiento de mi corazón. Advertí el poder de su fuerza por la huida de los vicios y por el control de los affectus carnales. Admiré la profundidad de su sabiduría por el descubrimiento o acusación de mis más íntimos pecados. Experimenté la bondad de su mansedumbre por la enmienda de mis costumbres. Percibí de algún modo su maravillosa hermosura por la reforma y renovación del espíritu de mi mente, es decir, de mi ser interior… (SCant 74,56).